Capítulo 35 #2
—Maya, ahora, por favor.
El sonido firme de su voz me saca de mi estupor y le regalo un asentimiento tenso antes de encaminarme a toda velocidad hasta la estancia indicada.
Sin demorarme en nada, tomo el teléfono de la mesa de noche y corro de vuelta al pasillo justo a tiempo para ver cómo Harry arranca el pasamontañas de la cabeza de nuestro intruso.
Todo el mundo se detiene en ese momento.
«No, no, no, no, no». La traición quema en lo más profundo de mi pecho y se arraiga con tanta fuerza en mi sistema que temo que pueda desgarrarme por dentro.
Mi corazón, ya acelerado, se salta un latido y mi estómago se hunde con el peso de la mirada aterrorizada de la persona que me observa desde el suelo.
—¿Kim? —Mi voz suena temblorosa e inestable.
Mis manos temblorosas se cierran en puños y el aliento me falta. Un dolor profundo y desgarrador se apodera de mi cuerpo y me quedo inmóvil mientras la observo desviar la vista y hundir los hombros. La ira cruda y cegadora se cuela en mi torrente sanguíneo y avanzo a toda velocidad por el pasillo.
Harry trata de detenerme, pero no puede hacerlo sin liberar a Kim, así que me abalanzo sobre ella con una bofetada furibunda.
—¡Maya! —Harry me aparta como puede.
—¡¿En qué diablos estabas pensando?! —grito y el nudo en mi garganta hace que mi voz suene extraña a mis oídos.
Kim solo hunde la cara y solloza con intensidad. Su llanto desconsolado y desgarrador solo hace que mis propias ganas de llorar aumenten.
—¡¿Por qué?! —espeto—. ¡¿Por qué, Kim?! Yo nunca te… Yo…
—¡Dijo que me dejaría tranquila! —ella chilla. El sonido demencial de su voz me eriza la piel—. ¡Dijo que Will volvería! ¡Dijo…!
—¡¿Quién?! —grito, interrumpiéndola—. ¡¿Quién te dejaría tranquila?!
—¡Tyler!
El nudo en mi garganta es tan intenso ahora que apenas puedo respirar.
—Maya, llama a Tom —Harry ordena, en voz neutral, pero firme.
—¡Eres una estúpida! —escupo, ignorándolo por completo—. ¡Tyler nunca va a dejarte tranquila! ¡Te metiste en la boca del lobo!
—¡Maya! —La voz de Harry es dura y severa, y lo encaro con coraje. Él me sostiene la mirada antes de decir una vez más—: Necesito que llames a la comisaría ahora mismo.
Quiero escupirle en la cara que no tiene que decirme qué hacer, pero me trago la ira antes de ponerme de pie una vez más —ni siquiera me di cuenta del momento en el que me arrodillé en el suelo— y tomar el aparato para marcar el número de Thomas.
Hace un poco más de una hora y media que la policía llegó y tomó posesión del apartamento de Harry.
Hay oficiales por todos lados y cintas de «prohibido el paso» enredadas en todos los muebles.
Durante su estancia, he repetido la misma historia más veces de las que puedo contar y, a pesar de eso, cuantas más veces la pronuncio, menos puedo creerla.
El recuerdo de Kim tirada en el suelo con lágrimas en las mejillas y la mirada perdida en la nada es como una mala broma de mi cabeza.
Como una escena de una mala película de terror: sin sentido y absurda.
No logro comprender del todo qué diablos es lo que ha sucedido, pero se siente erróneo y equívoco.
Las cosas no deberían ser de esta manera.
—Maya. —La voz de Harry me saca de mi ensimismamiento, pero no es hasta que alzo la vista que me percato de que no está solo. Tom está justo detrás de él con la vista clavada en la pantalla de su teléfono celular—. Debo irme.
—Voy contigo. —Las palabras salen de mis labios sin que pueda procesarlas y noto cómo niega con la cabeza en el instante en el que las pronuncio.
—Necesito que te quedes aquí —dice, para luego rebuscar las llaves de su auto en el bolsillo trasero de los vaqueros. Hace rato que se vistió ya, pero no puedo evitar recordar con algo de humor el modo en el que salió completamente desnudo a enfrentar a Kim.
—No —respondo luego de alejar de mi cabeza la imagen que acaba de aparecer en ella.
—Maya, no seas terca. Quédate aquí, por favor —pide, exasperado.
—¿Para qué? ¿Para que muera de angustia mientras tú estás allá intentando resolver los problemas de todo el mundo? —suelto en un susurro enojado—. No voy a quedarme aquí, Harry. Lo siento.
Un suspiro cansado brota de su garganta y se aprieta el puente de la nariz con el dedo índice y el pulgar.
—¿Qué vas a hacer en la comisaría, Maya? —dice cuando me enfrenta de nuevo—. ¿Sentarte en una de las bancas de la recepción y esperar hasta que tengas noticias?
—No —digo con voz calmada—. Voy a buscar a un abogado para preguntar qué tengo que hacer para obtener la custodia temporal de Hayley. Alguien necesita cuidar de ella hasta que todo esto se aclare.
Una maldición se escapa de sus labios en el instante en el que el nombre de la niña sale de mis labios, y noto, por el brillo que adquiere su mirada, que ni siquiera le había pasado por la cabeza.
En ese momento saca el teléfono del bolsillo de los vaqueros y busca un número en la lista de sus contactos.
Acto seguido, se lo lleva a la oreja y espera.
—Kim tiene una hija —dice, sin siquiera saludar a su interlocutor—, pregúntale dónde está. No la dejes en las celdas hasta que te lo diga.
—¿No es caliente cuando se pone todo mandón? —Tom bromea hacia mí y, muy a mi pesar, sonrío un poco.
Harry parece haberlo escuchado, ya que lo mira con cara de pocos amigos.
—Sí —dice, pese a que parece como si quisiera golpear a su compañero—. Mantenme al tanto.
Una risita boba escapa de los labios de Tom y hace un gesto de cabeza en dirección a la puerta.
—Vamos —dice hacia mí y, por acto reflejo, miro a Harry. No es como si su gesto fuese a determinar si voy o me quedo; es, simplemente, que deseo ver su reacción.
El ceño del chico de las cicatrices se frunce al tiempo que finaliza la llamada.
—¿Esto es en serio? —dice mientras avanzo detrás de Tom, quien se gira para encararlo.
—No puedes obligarla a quedarse aquí, Stevens —dice, en mi defensa—. Además, si está cerca, no tendremos que preocuparnos por mantener un ojo sobre ella. No olvides que Tyler Lawson aún anda suelto por ahí y que está ansioso por vengarse de ti y todo lo que le has hecho.
Harry enmudece al instante, pero no luce feliz con la situación. A pesar de eso, se traga todas las protestas que sé que están arremolinándose en su garganta y se echa a andar para igualar mi paso y caminar a mi lado para salir del apartamento.
Douglas Schneider no llegó a la comisaría hasta después de las ocho de la mañana, pero, en el instante en el que puso un pie en el lugar, me indicó que le siguiera hasta una de las oficinas más apartadas de la delegación.
Ahora mismo nos encontramos sentados el uno frente al otro; sin embargo, no estamos hablando, ya que él atiende una llamada que suena importante.
Hace casi una hora que Paula salió del precinto acompañada por una mujer. Según escuché de boca de unos agentes, iban a ir a buscar a una niña. Quiero pensar que se trata de Hayley. De alguna manera, la idea me reconforta.
—Lamento eso. —La voz del abogado me saca de mis cavilaciones y trato de poner toda mi atención en él y olvidarme, por un segundo, de la desesperación que me trae pensar en la bebé de Kim—. ¿Qué es, exactamente, lo que quieres hacer?
No me pasa desapercibido el hecho de que me ha hablado de tú y no de usted, como siempre suele hacer.
—Quiero cuidar de Hayley hasta que la situación legal de Kim se resuelva —digo.
Él asiente.
—No quiero alarmarte, pero las cosas no pintan bien para tu amiga. Ahora mismo están haciéndole una valoración psiquiátrica, pero, sea cual sea el resultado, no cambia el hecho de que intentó matarlos a ti y a Stevens. Tampoco cambia el hecho de que colaboró con un narcotraficante.
—El tipo la estaba extorsionando. —Sé que no debo justificarla, pero, de todos modos, lo hago.
Douglas se encoge de hombros y el gesto que esboza me hace sentir miserable. Es de esa clase de expresiones que lo dicen todo. Del tipo de expresiones que dicen que, por más esfuerzo que se haga, la situación nunca va a terminar del todo bien.
—Tienes que pensar a futuro —dice, al tiempo que hace girar la silla en la que se encuentra, en un gesto distraído—.
No quiero ser pesimista, pero la chica no tiene muchas posibilidades de salir bien librada.
Incluso, aunque consiguiera alguna fianza o algo por el estilo, la niña quedaría en custodia del Estado hasta que una trabajadora social determine si puede o no hacerse responsable de ella.
—¡Pero es su mamá! —exclamo, con indignación.
—Es una mujer que podría atentar contra su vida —me corta de tajo—. Hasta donde tengo entendido, la chica ha estado en crisis nerviosa desde que abandonó el apartamento de Stevens. Ahora mismo su salud mental no es la mejor. Dile eso a un juzgado y ten por seguro que no volverá a ver a su hija.
Mi corazón se hunde al instante.
—¿Qué pasará con Hayley entonces?
—¿Ahora mismo? —dice—. Quedará bajo la custodia del Estado hasta que se determine la situación legal de la madre.
Si por algún milagro divino la mujer saliese bajo fianza o sin cargos, una trabajadora social se encargaría de hacer una investigación respecto al entorno en el que se desenvuelve la pequeña y, con base en eso, determinaría si es sano o no que su madre se haga cargo de ella.
—Hace una breve pausa—. En caso de que su madre resultase condenada, la niña pasaría a manos de alguna institución de protección infantil, se localizarían a las familias de los padres y se les daría la opción de hacerse cargo de ella.
En el caso de que ninguno de ellos pudiese hacerlo, la institución la pondría en adopción.
—Kim no ha hablado con sus papás en años —digo, en un susurro preocupado—. No creo que ellos quieran hacerse responsables de una bebé de la que ni siquiera conocen la existencia.