Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Durante unos instantes, me quedo quieta y trato de procesar lo que veo.

Jamás había visto a Harry así de… relajado.

Ni siquiera cuando vivimos juntos en su antiguo apartamento llegué a verlo de este modo.

Es como si hubiésemos llegado a un nuevo nivel de confianza.

Como si el viejo Harry, ese que era casi tan inseguro como yo, estuviese un poco más a gusto en su propia piel.

Una sonrisa se desliza en mis labios cuando lo escucho soltar una palabrota para luego meterse un dedo a la boca. Decido, entonces, que es tiempo de ayudarle un poco.

—¿Te encuentras bien? —digo, en medio de una risa burlona.

Él vuelca su atención hacia mí, aún con el índice entre los labios, y me dedica una mirada avergonzada.

—Lo tengo todo bajo control —dice una vez ha dejado ir el dedo que se ha lastimado.

—¿Te quemaste? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—No fue nada —masculla, pero agita la mano con brusquedad; como si eso fuese a ayudar a aminorar el dolor.

Acto seguido, me acerco y le quito la espátula que sostiene con su mano sana antes de darle un pequeño empujón con mi cadera.

Él masculla una protesta, pero le dedico una mirada condescendiente antes de remover el huevo que se cocina en la sartén.

Una vez que está listo, apago la hornilla y me giro para encararlo.

—Déjame ver —pido, pero suena más bien como una orden.

—No pasó nada —dice él, avergonzado, y disparo una mirada cargada de irritación hacia donde se encuentra.

—Déjame ver, Harry —repito, y él pone mala cara antes de extender su mano en mi dirección.

La punta de su dedo está completamente enrojecida, y una pequeña ampolla ha empezado a formarse debajo de su huella dactilar. Un bufido se me escapa.

—No puedo creer que puedas empuñar una pistola con una facilidad aterradora pero no puedas cocinar unos huevos sin quemarte —bromeo al tiempo que inspecciono la herida.

—Lo de la pistola se me da natural —bromea de vuelta y mi sonrisa vuelve. A pesar de eso, alzo la cara y entorno los ojos.

—No eres gracioso, Stevens.

—Tú tampoco, Bassi. —Me guiña un ojo y mi corazón hace un giro mortal hacia atrás. Entonces, se inclina hacia adelante.

Su cabello, aún húmedo por la ducha, cae hacia enfrente y roza mi mejilla y parte de mi cuello. Mi respiración se vuelve irregular.

—Deberíamos desayunar… —hablo en voz tan baja que apenas puedo escucharme.

—Comer —apunta él con el mismo tono que yo—. Ya son las tres de la tarde; así que, técnicamente, esto es ya una comida.

Se acerca un poco más.

—¿Tienes pendientes en el trabajo? —digo, y él se inclina un poco más.

Su aliento caliente golpea de lleno en la comisura derecha de la boca.

—Un montón. —Los dedos de su mano sana trazan un camino por mi brazo hasta llegar a mi hombro.

Entonces, empuja el cabello húmedo hacia mi espalda.

El fugaz pensamiento de la toalla que sostenía me atraviesa.

No recuerdo dónde la puse. Solo sé que ahora no la tengo entre los dedos y que mi cabello estila unas cuantas gotas sobre mi blusa holgada.

—¿Irás a la comisaría? —pregunto, a pesar de que sé que lo hará.

—No ahora mismo.

—¿No?

—No.

—¿Por qué no?

—¿De verdad estás preguntando eso? —Suena medio indignado y medio irritado—. No iré ahora mismo porque quiero pasar tiempo contigo. Además, aún no te he besado y era una de las cosas que se encontraban dentro de mi lista de cosas por hacer en nuestra fatídica cita. Muero por besarte, Maya.

Mi voz muere en mi garganta en ese momento.

Un brazo firme se envuelve alrededor de mi cintura y me atrae más cerca.

Mis pies descalzos y los suyos se tocan y estamos tan cerca que los vellos de sus pantorrillas me hacen cosquillas.

Me doy cuenta, en ese momento, de que su abdomen firme y caliente está pegado al mío, y que su aliento huele a menta y café.

Mi cuerpo se estremece de anticipación en ese preciso momento y mis manos se posan en sus hombros antes de deslizarse hasta su nuca. Nuestros ojos se encuentran una última vez y la determinación que veo en su rostro me hace anhelar el contacto más que cualquier cosa en el mundo.

—Bésame —pido, y él lo hace.

Me besa con fuerza. Me besa y el contacto es profundo, intenso y pausado. Su brazo libre se coloca en mi nuca y me atrae aún más. Su cabeza se inclina un poco luego de eso y un escalofrío me invade.

Sus labios, urgentes y desesperados, saquean absolutamente todo de mí y las caricias dulces de su lengua me aturden por completo y me dejen temblorosa y débil, como siempre suelen hacerlo.

Mis manos se deslizan hacia abajo, por su pecho desnudo, y se asientan sobre sus pectorales.

Él se aparta un segundo y mis ojos se abren para encontrar los suyos. Su nariz y la mía aún se tocan.

—No sabes cuánto extrañaba esto —dice en un susurro inestable.

Asiento, porque yo también lo echaba de menos.

—Se siente surreal estar de esta manera contigo otra vez —admito en un murmullo tímido.

Él desliza hacia abajo la mano que mantenía en mi nuca y me envuelve con ese brazo también.

—Soy un hipócrita de mierda —dice al tiempo que me aprieta contra su cuerpo—. Te dije que no quería que tuvieras miedo de esto y soy yo quien está aterrorizado.

Alejo el rostro un poco más, solo para mirar la expresión de su rostro. Mi ceño está ligeramente fruncido en confusión.

—¿Por qué estás aterrorizado? —Sueno preocupada. La sola idea de saber que él se siente dudoso acerca de esto me envía al borde del colapso.

—Porque no quiero arruinarlo —dice—. Me da miedo que algo suceda y esto se vaya al demonio una vez más. Me asusta la idea de volverme dependiente de ti y no ser capaz de manejarlo todo si esto se acaba una vez más. Me niego rotundamente a pasar de nuevo por el infierno que fue perderte.

Mi corazón se hincha y se estruja al mismo tiempo. El montón de emociones encontradas que me invaden me hacen querer abrazarlo y golpearlo al mismo tiempo.

—No tienes una idea de lo mucho que deseo que esto funcione —dice, y es entonces cuando me doy cuenta de que la parte de mí que quiere abrazarlo es más fuerte que la que quiere golpearlo.

Es entonces cuando me doy cuenta de que quiero aferrarme a su cuerpo y hacer promesas peligrosas.

Del tipo de promesas que calan y pesan porque no sabes si podrás cumplirlas.

No quiero ser negativa y pensar en que algún día esto se va a terminar; pero tampoco quiero decir que será para siempre.

Porque siempre es una palabra muy poderosa.

Siempre no está en mis manos. El destino y la vida tienden a burlarse de mí cuando pienso que todo puede funcionar.

El universo parece conspirar para conseguir que todo lo que pasa a mi alrededor sea un poco más jodido que antes. Es algo que no puedo controlar.

—No quiero hacer una promesa —admito con un hilo de voz—.

Tampoco quiero asegurarte que esto durará por el resto de nuestros días.

No quiero mentir y decir que todo será bueno y que ya no habrá más problemas…

Pero sí quiero que sepas que no voy a rendirme así de fácil.

No voy a dejarte ir, así esté aterrorizada.

Estoy cansada de huir de lo que siento por ti.

Estoy harta de mentirme a mí misma y decir que no significas todo para mí.

Estoy hasta el culo de correr lejos y volver a caer en tus brazos a la primera de cambios. No estoy dispuesta a huir más.

—Pero yo soy una mierda de persona, Maya —Harry habla tras un largo momento de silencio—.

Tengo un carácter del culo y nunca he sido bueno para hablar de lo que siento.

Llevo mucha basura sobre los hombros y no sé si algún día podré deshacerme de ella.

Soy un imbécil la mayoría del tiempo y, por si no lo has notado, tengo una tendencia patológica a meterme en problemas sin siquiera darme cuenta.

Es normal que quieras huir de alguien como yo.

Una sonrisa se dibuja en mis labios con sus palabras.

—Por si tú no te has dado cuenta, yo soy un manojo de nervios, miedos e inseguridades, digo solo una milésima parte de todo lo que me pasa por la cabeza, tiendo a ahogarme en un vaso de agua cuando tengo algún problema y también tengo una tendencia patológica a meterme en problemas.

En cualquier caso, tú también deberías querer huir.

Una risa corta brota de sus labios y une su frente a la mía.

—No quiero sonar como un pesimista hijo de puta, pero esto va a ser un jodido desastre —dice—. ¿No importa?

Tomo una inspiración profunda.

—¿Sueno como una completa idiota si digo que no?

—Un poco —bromea y golpeo su brazo con un puño. Él esboza una mueca de dolor y yo trato de apartarme. Entonces me detiene tomándome por la muñeca y tira de mí para quedar, de nuevo, dentro de su abrazo apretado.

—Déjame ir —forcejeo, pero en realidad no quiero que me suelte.

—Nunca —dice, pero el tono de su voz ha dejado de ser juguetón.

Una promesa no dicha cuelga entre nosotros y el miedo a arruinarlo todo regresa; pero él no me da tiempo de decir nada. No me da tiempo de reaccionar, ya que vuelve a besarme con vehemencia.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que nos separemos. Su aliento cálido golpea mi mejilla cuando recarga su frente en la mía y mi corazón se siente lleno y completo por primera vez en mucho tiempo.

—Te amo, Maya Bassi —susurra—, y me importa tres kilos de mierda si tú no sientes lo mismo.

Una carcajada se me escapa en ese momento y envuelvo mis brazos alrededor de su cuello.

—Te amo, Harry Stevens —susurro de vuelta—. Nunca he dejado de hacerlo.

Un puñado de miradas se posa en nosotros en el momento en el que entramos en la reducida oficina.

Mi vista barre la estancia rápidamente y, entre el montón de caras desconocidas, me encuentro con la familiar visión de Thomas y Paula —quien, por cierto, no ha dejado de mirar los dedos de Harry entrelazados a los míos.