Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

Sé, de inmediato, que piensa en Will. Mi pecho duele con el impacto de sus palabras, pero me las arreglo para mantener las emociones oscuras dentro de mí.

«Hoy no, Maya», digo para mis adentros y alejo las tinieblas que llevo a cuestas para guardarlas en lo más profundo de mi cabeza. «Esta noche no».

Mi mano se estira para tomar su brazo y trazo una caricia suave con mi pulgar en la piel que sobresale de su camisa, la cual está doblada de las mangas hasta los codos.

—No vayas ahí —pido, en voz baja—. Hoy no.

Harry aparta una mano del volante para tomar la mía y llevársela a los labios, para después depositar un beso en el dorso.

—De acuerdo —susurra, contra mi piel—. Hoy no. Lo prometo.

Una sonrisa cargada de tristeza se dibuja en mis labios, pero aparto la sensación de horrible malestar que trata de apoderarse de mí.

Sé que le duele. Sé que se tortura con eso a cada momento.

Se ha obsesionado tanto con la muerte de Will que ha pasado horas enteras leyendo la copia del informe que Tom escribió acerca de lo que ocurrió.

Estoy segura de que ya se lo sabe de memoria, pero no deja de echarle un vistazo cada vez que tiene oportunidad.

Se siente culpable. Él dice que no es así, pero sé que miente.

Harry se culpa por la muerte de Will, se culpa por el secuestro de Hayley y se culpa porque Tyler escapó de nuevo de la policía. No sé qué hacer para que deje de hacerlo. No sé qué hacer para que deje de lastimarse de ese modo.

—Hice una reservación en un restaurante bonito —dice al cabo de unos segundos de silencio.

—Ah, ¿sí? —Trato de sonar casual, pero la tensión aún no se va del ambiente.

Él hace una mueca.

—Me encantaría poder decir que va a encantarte. —Me dedica una mirada rápida. Una sonrisa se dibuja en mis labios—. Pero nunca he ido. Dice Thomas que los postres son deliciosos. Solía ir allá con su esposa todo el tiempo.

—No tenía idea de que estaba casado —digo con asombro. No puedo imaginarlo como el esposo de alguien. Luce demasiado joven para eso.

Algo en la actitud de Harry cambia, pero no me toma mucho tiempo averiguar el motivo.

—Es viudo —dice en voz baja. Puedo decir que siente pesar y algo de tristeza por la situación de su amigo—. No me sé bien la historia. No habla mucho al respecto, pero sé que ella falleció en un accidente de tránsito hace no más de un par de años.

—Oh, Dios… —Mi voz es un susurro ronco. Harry sacude la cabeza en una negativa.

—Todo el mundo dice que apenas tenían unos meses de haberse casado cuando ocurrió. —Deja escapar un suspiro—. Tiene un problema con la bebida y todo el mundo lo atribuye a eso. Dicen que no es el mismo desde entonces.

Una punzada me atraviesa el pecho. No puedo siquiera imaginar lo que ese hombre ha sufrido. La carne se me pone de gallina solo de pensar en lo espantoso que debió ser para él y en lo mucho que debió dolerle perder a su esposa de esa manera.

La pesadez amenaza con hundirme en ese momento y dejo que me embriague un poco antes de mirar al chico que conduce y que ahora tiene los ojos clavados en el espejo retrovisor. Llegados a este punto, su ceño está fruncido con profundidad y luce alerta.

Sus manos aferran el volante hasta que sus nudillos se ponen blancos y la alarma se detona en mí.

Entonces trato de mirar hacia atrás, al lugar que Harry observa con tanta tensión.

No encuentro nada fuera de lo común. Ahí afuera solo hay un par de vehículos que conducen a paso lento debido a la lluvia.

—¿Qué ocurre? —pregunto y poso mi vista en él una vez más.

La mandíbula de Harry se aprieta tanto que un músculo salta en ella.

—Creo que están siguiéndonos —dice con tranquilidad, pero hay un dejo tenso en su voz.

—¿Qué?

—El Sedán negro. —Cabecea en dirección al coche que tenemos detrás—.

Viene detrás de nosotros desde hace más de diez minutos.

—¿Estás seguro? —Mi voz suena insegura y débil ahora.

—No —musita al tiempo que vira en una calle.

Su vista pasa del camino al espejo retrovisor, y yo giro mi cuerpo solo para comprobar, con horror, que el coche gira igual que nosotros. El miedo comienza a lamer las paredes de mi cabeza, aunque no dejo que se apodere de mí.

—Pero vamos a averiguarlo —dice y, acto seguido, aparca.

—Harry, ¿qué estás haciendo? —Mi voz suena aterrorizada para ese momento.

No responde. Se limita a mirar hacia el espejo. Yo, por acto reflejo, miro hacia el parabrisas trasero una vez más. El Sedán ha aparcado también, a pocos metros de distancia de donde nos encontramos, en la acera de enfrente. En ese instante, el miedo se transforma en algo más oscuro. Denso. Pesado.

—Quédate aquí —dice al tiempo que lleva una mano a la manija del vehículo.

—¡Harry! —exclamo, con la voz llena de pánico, cuando abre la puerta.

De pronto, y casi por inercia, me abalanzo sobre él para detenerlo de hacer una locura. Me he arrodillado sobre el asiento del copiloto y me estiro en su dirección. Una de mis manos sostiene su camisa por el hombro y la otra se cierra alrededor de su antebrazo con mucha fuerza.

—¡Harry, no! —suplico entre dientes—. ¡Por favor, no!