Capítulo 30 #2
—Es que no lo entiendes, Maya —dice, en un tono que pretende ser suave, pero que está cargado de dureza—.
Después de que Tyler sea apresado va a seguir habiendo mierda.
Harry trabaja como encubierto. —Recalca la palabra, para que me quede clara—.
Va a haber gente que va a quererlo muerto por jugar al soplón.
Las cosas no terminarán con Tyler. ¿Estás dispuesta a correr el riesgo de levantarte un día por la mañana y averiguar que alguien lo ha encontrado? ¿Qué alguien lo ha matado?
Estoy a punto de responder, pero, en ese momento, Nick irrumpe en la habitación. Mi vista y la de Jeremiah se vuelcan hacia él.
—Hemos subido todo ya a la camioneta —dice el chico rubio sin percatarse de la tensión que se ha apoderado del ambiente—. ¿Hace falta algo más?
—Solo esto. —Señalo la ropa a medio doblar—. Denme unos minutos y estaremos listos para irnos.
El chico asiente y se recarga contra el marco de la puerta para esperarnos.
Es entonces cuando mi conversación con Jeremiah termina.
Ninguno de los dos desea hablar sobre esto delante de Nick, así que nos limitamos a doblar ropa en silencio y a tratar de ignorar las palabras que ha dicho.
Esas que ahora hacen eco en mi cabeza y reverberan hasta que no puedo hacer nada más que pensar en ella.
Me miro en el espejo por milésima vez y vuelvo a acomodar el mechón rebelde de cabello que cae sobre mi frente. Tengo el estómago revuelto y el corazón hecho una maraña de latidos irregulares. Me siento como una completa idiota, pero no puedo evitarlo. Estoy muy ansiosa.
Ni siquiera los quince minutos que pasé restregando las manchas de pintura blanca fuera de mi piel fueron suficientes para aminorar la sensación de pesadez que se ha instalado en mi cuerpo.
Ni siquiera pasar el día entero desocupando un apartamento ha podido tranquilizar el latir frenético de mi pulso acelerado.
Mi vista recorre la longitud de mi cuerpo en el reflejo del espejo y me detengo un momento en mi cara. Luzco aterrorizada, así que tomo una inspiración profunda y luego otra hasta que mi gesto se relaja casi hasta el punto de lucir normal. No hay nadie en el apartamento.
Anne comenzó a trabajar de nuevo hace casi una semana y Harry me envió un mensaje de texto hace horas donde decía que iría a la comisaría por un asunto urgente.
No he dejado de sentirme ansiosa por eso también.
Aún no se ha recuperado del todo y él ya anda a sus anchas, como si el médico no le hubiese ordenado descansar.
Empujo la preocupación lejos de mi sistema cuando comienzo a agobiarme y me giro sobre mi eje para recargarme contra el lavamanos del baño donde me encuentro alistándome. Mi cabeza no deja de darle vueltas a lo que dijo Jeremiah más temprano, y eso también me tiene con los nervios alterados.
No quiero dejar que eso me afecte, pero no ha dejado de zumbar en mis pensamientos como un depredador a la espera de un descuido de su presa.
Estoy tan sumida en ellos que ni siquiera noto que Anne ha llegado hasta que se asoma por la rendija de la puerta entreabierta.
Durante un segundo luce aturdida y confundida.
Sus ojos barren mi cuerpo y se detienen en mi rostro un segundo más de lo acostumbrado.
—¿Saldrás? —sonríe, pero el gesto no toca sus ojos. No me atrevo a apostar, pero podría jurar que luce como si estuviera asustada.
Muerdo mi labio inferior durante unos segundos. No tiene ni idea de que la persona con la que voy a salir es Harry y no sé si debo decírselo. Se siente incorrecto hacerlo. Si él no se lo ha mencionado, ¿qué me hace pensar que quiere que yo lo haga?
—Sí —digo, y esbozo una sonrisa. Trato de no sonar entusiasmada, pero el sonido de mi voz me traiciona.
—¿Con tu amigo, el chico de la férula en el brazo?
—¿Jeremiah? No, saldré con alguien más.
—Oh… —Ahora no disimula la mueca enojada y triste que se filtra en sus facciones—. Que te diviertas, entonces.
—Gracias —digo y muerdo la punta de mi lengua para reprimir la sonrisa idiota que me provoca su expresión. La encuentro extrañamente dulce.
Ella parece debatirse entre la idea de decir algo más y marcharse, pero no hace ninguna de las dos.
Solo se queda ahí, de pie, mirándome con aprehensión y angustia.
Sé que desea decir algo más y yo también deseo decirle que la persona con la que saldré es su hijo, pero ninguna de las dos hace nada por romper el hielo. Ninguna de las dos arregla nada.
El sonido de la puerta principal abriéndose hace que la tensión que se había instalado entre nosotras se disuelva. Harry está aquí. Anne vuelve su atención hacia afuera de la estancia y da un paso hacia el pasillo antes de detenerse y mirarme de reojo.
—No le digas que saldrás con un chico —pide—. Miéntele o le romperás el corazón.
Mi boca se abre para responder, pero enmudezco justo cuando Harry aparece justo a su lado y nos mira de hito en hito antes de esbozar una sonrisa titubeante.
—¿Pasa algo aquí? —dice, con aire divertido—. ¿Es que ahora se han adueñado del baño, también?
La expresión de Anne es cada vez más triste, pero trata de disimularlo. Harry frunce el ceño ligeramente, pero no deja de sonreír. Ni siquiera cuando clava sus ojos en los míos de forma inquisitiva.
—¿Estás lista? —pregunta y una oleada de culpabilidad me golpea. Mi vista se vuelca hacia la madre de Harry y esbozo una sonrisa cargada de disculpa.
El entendimiento parece apoderarse de ella luego de eso y, en lugar de encontrarme con una mueca enojada, veo de frente una sonrisa radiante y entusiasmada.
—¿Él es tu cita, cariño? —Su voz suena mucho más aguda de lo común.
Yo reprimo una risa idiota antes de asentir. Harry luce más confundido que hace unos instantes, pero cuando entiende lo que ocurre se dirige a su madre con aire severo.
—No te lo dije antes porque no quiero que te ilusiones —dice—. Veremos qué ocurre, ¿de acuerdo? Vamos a llevarlo lento. No quieras tener niños corriendo por todo el apartamento cuando apenas empezaremos a salir de nuevo.
Siento cómo mi cara se calienta debido a la vergüenza por lo que Harry ha dicho, pero me las arreglo para mantener mi expresión inescrutable. Anne no ha dejado de sonreír. Luce como una niña pequeña en Navidad y eso, de alguna manera, me hace sentir más nerviosa que antes.
—Nada de ilusiones —dice ella, pero ya suena más allá de lo encantada—.
Lo prometo. Vayan y diviértanse.
Entonces, su hijo me mira y me regala una sonrisa torcida.
—¿Nos vamos? —dice, y extiende una mano en mi dirección.
Yo dudo unos instantes, pero envuelvo mis dedos en los suyos de cualquier modo.
—Vámonos —asiento, y él tira de mí con suavidad para guiarnos a la salida del apartamento.
Ha comenzado a llover. Las calles, usualmente abarrotadas de autos, se encuentran relativamente vacías. Los pocos peatones que transitan por las calles huyen y se refugian bajo los toldos de las tiendas de la avenida por la que avanzamos.
El repiqueteo del agua en las ventanas, aunado al suave murmullo que emite la radio, es tranquilizante. Harry no ha dicho ni una sola palabra desde que salimos del apartamento, pero soy capaz de sentir su buen humor. Su ánimo relajado y desgarbado es contagioso y me siento ligera y alegre por eso.
Un semáforo nos hace detenernos y Harry aprovecha ese momento para mirarme. Puedo sentir el peso de sus ojos clavados en mi perfil, pero yo ni siquiera lo observo de vuelta. Me limito a alzar el mentón ligeramente al tiempo que reprimo la pequeña sonrisa que tira de mis labios.
—Carajo —murmura—, eres tan bonita…
Mi corazón aletea y la sensación deja un sabor dulce en la punta de mi lengua.
Mis ojos se dirigen al hombre que me mira con aire juguetón y una pequeña sonrisa se desliza en mi gesto.
Quiero decir que no es verdad. Que no soy bonita como él dice, pero, en su lugar, decido encogerme de hombros, como quien dice un simple «Lo sé» sin pronunciarlo.
El gesto es arrogante, osado, soberbio…, y está cargado de esa coquetería que sé que no poseo.
Es una expresión que le vi usar a Kim incontables veces con Will.
Un gesto que pintaba una sonrisa idiota en su rostro.
Una exactamente igual a la que esboza Harry ahora mismo.
Mi pulso ruge en señal de victoria cuando noto cómo su mirada toma un brillo extraño y excitante.
Las palabras «no soy bonita» se arremolinan en mi lengua una vez más, como una vieja y odiosa costumbre, pero las reprimo como puedo y vuelvo mi atención hacia el semáforo, justo a tiempo para verlo cambiar a verde.
A pesar de eso, Harry no deja de mirarme. Yo me regodeo en el efecto que mi pequeño encogimiento de hombros tuvo en él durante unos segundos más antes de carraspear y hacer un gesto hacia el camino para señalar la luz verde. Él mira hacia donde indico y, a regañadientes, echa a andar el vehículo.
Acto seguido, su vista se posa en el espejo retrovisor durante una fracción de segundo y su ceño se frunce de manera casi imperceptible; a pesar de eso, vuelve a ser el mismo al cabo de unos instantes.
—Estás muy callada esta noche —dice mientras giramos por una calle en dirección a no-sé-dónde.
—Y tú estás de muy buen humor —digo al tiempo que lo miro. Él esboza una suave sonrisa.
—Lo estoy —asiente sin apartar la vista de la calle.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros.
—Ha sido un buen día. Últimamente, todos mis días son buenos —dice, pero parece arrepentirse al instante de haber hablado.
Su sonrisa vacila y su expresión se ensombrece al instante—.
Quiero decir… —Sus manos aprietan el volante en un gesto ansioso—.
Sin tomar en cuenta toda la mierda que ha ocurrido.