Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Yo soy el afortunado. —Mi amigo sonríe como un idiota y mi pecho se llena de una emoción cálida.

Estoy tan feliz por él. Jamás lo había visto así de enamorado—.

A veces quiero estrangularla porque es terca como solo ella puede, pero no dejo de sentirme afortunado.

Emma es… —sacude la cabeza—. No es cualquier chica, ¿sabes? … Emma es «La Chica».

—Eres tan cursi… —me burlo y él me mira con cara de pocos amigos.

—Vete al demonio, Bassi —masculla y suelto una risita baja.

Avanzamos hasta mi puerta en silencio y, una vez que estamos ahí, rebusco las llaves en mi bolso.

—¿Maya?

—¿Sí? —digo antes de introducir la llave en la ranura.

—¿Puedo entrar a tu baño?

Una carcajada brota de mi garganta al tiempo que abro la puerta.

—Por supuesto que sí, torpe —digo y enciendo la luz—. Sabes que no tienes por qué pedir…

De repente me quedo congelada en mi lugar. El corazón se me cae a los pies en un abrir y cerrar de ojos y una oleada de terror me recorre el cuerpo en cuestión de segundos. Un escalofrío de horror me asalta y los vellos de mi nuca se erizan en el instante en el que me percato del estado de la sala.

—Oh, mierda… —La voz de Jeremiah a mis espaldas solo refleja lo que siento en este momento: pánico.

La sala está hecha un desastre. Las patas de la mesa del centro han sido quebradas, los sillones han sido destrozados, las bisagras de la puerta del baño han sido arrancadas, de modo que la madera está en el suelo, completamente destrozada, y las paredes están pintadas con aerosol rojo.

Me toma unos instantes descubrir que, en todas ellas, hay una frase grabada:

¡LA PRÓXIMA VEZ, TE MATARÉ!

Un nudo de angustia, miedo y desesperación se forma en la boca de mi estómago; mi corazón ruge contra mis costillas y un escalofrío de puro terror me recorre la espina dorsal.

Durante unos instantes no soy capaz de moverme. Ni siquiera soy capaz de escuchar lo que dice Jeremiah. El sonido de mi respiración dificultosa es lo único que percibo ahora mismo y absorbo, con horror, la perturbadora imagen que hay delante de mí.

—No toques nada. —La voz de Jeremiah suena más relajada que hace unos segundos, pero eso solo hace que el terror incremente.

—Sabe dónde vivo. —Mi voz sale en un susurro aterrorizado.

Mi cuerpo gira para encararlo y siento cómo el pánico se construye ladrillo a ladrillo en mi interior—.

Tyler sabe dónde vivo. —El temblor en mi voz aumenta con cada palabra que digo y mi respiración se convierte en un jadeo irregular—.

Estuvo aquí, Jeremiah. —Mis ojos se sienten húmedos con lágrimas, pero no puedo llorar.

No cuando estoy tan asustada—. Tyler estuvo aquí.

Jeremiah reduce la distancia que nos separa en dos zancadas y mi rostro es ahuecado por sus manos grandes.

—Necesito que te calmes, Maya. —Suena aterrorizado también, pero su rostro es una máscara de tranquilidad ensayada—. Vamos a llamar a la policía ahora mismo, ¿de acuerdo? Llamaremos a Harry. Él sabrá qué hacer.

Sacudo la cabeza en una negativa frenética.

—Harry aún está en reposo, no puede salir de la cama. Tiene que…

—Entonces contactaremos a alguien más, ¿de acuerdo? —Mi amigo me interrumpe para detener la diatriba desesperada y angustiada que me asalta—. Buscaremos a alguien más, pero ahora mismo te necesito tranquila.

Un asentimiento brusco es lo único que puedo darle como respuesta, pero es suficiente para él.

—Llamaré al número de emergencia —dice y, sin darme tiempo de decir nada más, sale al pasillo para realizar el reporte.

Pasa alrededor de media hora antes de que el apartamento esté lleno de policías.

Hay tanta gente dentro que debo salir para no sentirme asfixiada.

Un montón de personas revolotean por todo el espacio.

Unas toman fotografías, otras muestras de cabello, huellas y un montón de cosas más, y no puedo evitar sentirme abrumada y un tanto invadida; pero las arreglo para mantenerme serena en el pasillo del piso donde vivo.

Thomas y Paula, los compañeros de trabajo de Harry, fueron los primeros en llegar.

Ambos han mantenido una actitud impávida y controlada, pero no han dejado de moverse por el espacio en busca de respuestas.

No han dejado de hacer preguntas a la gente que trabaja minuciosamente en la reducida sala del lugar.

Hace unos minutos tomaron mi declaración y la de Jeremiah, así que ahora nos encontramos aquí, de pie en el pasillo, a la espera de noticias. Mis vecinos curiosos han salido de sus apartamentos para averiguar qué ocurre, pero no he tenido el humor, siquiera, de escuchar sus palabras de solidaridad.

No hay señales de Harry por ningún lado, pero no me sorprende. Debe guardar descanso hasta que se recupere por completo. No me extrañaría enterarme de que ni siquiera le han hablado del incidente. Al final, mi vida no estuvo en peligro. Esto solo ha sido un acto para amedrentarme.

Thomas sale del departamento al tiempo que retira un par de guantes de látex de sus manos. Su mirada barre el pasillo y, cuando nos localiza, se acerca.

—El bastardo fue cuidadoso —dice, sin ceremonia alguna—.

Encontramos solo tres tipos de huellas digitales.

Una de ellas debe ser tuya. Otra era diminuta, así que quiero asumir que es de la pequeña que vivía aquí, y la tercera debe pertenecer a la madre.

Van a llevarse las muestras para analizarlas, pero estoy casi seguro de que pertenecen a ustedes tres.

—Sacude la cabeza y deja escapar un suspiro fastidiado—.

Ese hijo de puta es inteligente. Sabe que podríamos haber añadido el allanamiento de morada a la larga lista de delitos que carga sobre la espalda.

Una punzada de miedo me invade, pero me las arreglo para mantener mi expresión estoica.

—¿Qué se supone que debo hacer ahora? —Sueno más serena de lo que espero.

—Irte de aquí. ¿Tienes un lugar donde quedarte los próximos días? — pregunta.

—Lo tiene —Jeremiah habla por mí y me regala una sonrisa tranquilizadora—. Lo tenemos todo controlado.

Thomas asiente con alivio.

—Perfecto. Va a ser bueno que te tomes un tiempo del trabajo y de la escuela, Maya —dice—.

Es bastante probable que Tyler siga de cerca cada uno de tus movimientos.

No me sorprendería en lo absoluto que intentara atentar contra tu vida.

Está desesperado. Se siente acorralado y eres la única carta que puede jugar ahora mismo.

Sabe que Harry sería capaz de dejarlo escapar con tal de mantenerte a salvo.

El peso de sus palabras se asienta sobre mi pecho y la frustración y el enojo no se hacen esperar. No puedo creer que tenga que renunciar a mi vida entera solo por un idiota que no es capaz de aceptar que no tiene escapatoria.

La policía tarde o temprano dará con él y que va a pagar por todo el daño que ha hecho.

Niego, en un gesto furioso. La desesperación y la impotencia crecen en mi sistema a toda velocidad.

Un montón de palabras se arremolinan en la punta de mi lengua, pero no llegan a ser liberadas porque me obligo a tragármelas todas.

Me obligo a acallar la angustia y el coraje que me invaden, porque no voy a solucionar nada si dejo que la oscuridad me ciegue.

—Todo estará bien, Maya. —Jeremiah envuelve su brazo sano sobre mis hombros en un gesto tranquilizador—. Ya verás que ese imbécil va a pagar por todo lo que ha hecho.

—¿Stevens? —Alguien dice en algún lugar cercano cuando estoy a punto de responder a mi amigo, y mi corazón se salta un latido al instante.

Mi vista se vuelca a toda velocidad hacia el corredor y una bola de nerviosismo se forma en mi pecho.

La visión de Harry me da de lleno y, de pronto, no puedo apartar la vista de la figura que avanza a toda velocidad por el pasillo.

Esa que pone mis rodillas a temblar y hace que mi corazón trabaje a marchas forzadas.

Está hecho un desastre. Su cabello largo luce más salvaje que nunca, su ceño está tan fruncido que se ha formado una arruga prominente entre sus cejas, sus ojos penetrantes lucen furiosos, casi demenciales, sus manos están cerradas en puños y, a pesar de que camina inclinado ligeramente hacia el lado derecho, luce más imponente que nunca.

Sus pasos son decididos y firmes, y hay un destello de pánico crudo en sus facciones.

—¡Maldita sea! —La voz de Thomas viene a mí, pero mis pies ya están moviéndose por inercia hasta donde él se encuentra.

Sus ojos me encuentran a medio camino en el corredor y acelera el paso solo para detenerse frente a mí y ahuecar mi rostro entre sus manos. El alivio se filtra en su mirada al instante, pero no deja de lucir angustiado y furioso.

—¿Estás bien? —Su voz está teñida con ira y preocupación y mi pecho se estruja con violencia.

—Deberías estar descansando —digo, casi sin aliento.

—¡Descansando, un carajo! —espeta y posa su atención en un punto a mis espaldas—. ¿Qué ha pasado?