Capítulo 26 #4
Nos quedamos en silencio otro largo momento. Trato de asimilar toda la información que acaba de darme, pero estoy tan abrumada que no puedo dejar de dar vueltas a lo que Harry acaba de decir.
—No puedo siquiera imaginar cómo debes sentirte en este momento — digo, en voz baja—. Todo esto es tan… estresante.
Él esboza una sonrisa.
—Te acostumbras con el tiempo —medio ríe.
Sé que trata de bromear, pero yo no puedo reír. No cuando hay un millar de sensaciones encontradas colisionando en mi interior.
—¿Por qué haces esto? —pregunto, en un susurro angustiado—. No deberías de estar pasando por esto. No después de todo lo que te ha tocado vivir.
—Por ti, Maya. —Me mira a los ojos y su sonrisa pierde fuerza hasta convertirse en un gesto triste—. Siempre ha sido por ti.
Mi corazón se estremece, mi cuerpo entero parece responder a esas palabras y mi pulso se acelera cuando nuestros ojos se encuentran.
—Y ya sé que lo nuestro no tiene remedio —dice, y hay dolor en su mirada, pero no deja de sonreír de manera dolorosa—.
Ya sé que no puedo pretender que nada ocurrió e intentar tenerte de vuelta porque te hice daño.
Porque te mentí y perdí tu confianza. Porque no fui capaz de hablarte con la verdad desde un principio… Pero esto no ha dejado de ser por ti.
—No lo merezco. —Sueno pequeña, vulnerable y torturada—. No merezco que hagas todo esto por mí. Deberías hacerlo por ti, por tu madre. No por alguien como yo.
—Lo hago por ti porque lo mereces, Maya —dice—. Porque, aunque me odies y no quieras saber nada sobre mí, sigues siendo quien me mantuvo a flote cuando sentía que no podía más.
Siento un agujero en la boca del estómago. Todo el cuerpo me duele con cada palabra que pronuncia.
—No te odio, Harry —digo, porque tengo la necesidad de aclarárselo.
—Pero tampoco me amas.
Una risa corta y amarga brota de mi garganta.
—Ni siquiera sé por qué estamos teniendo esta conversación —digo.
Sueno agotada.
—Porque necesitamos aclarar esto también, Maya —Harry responde, con la voz enronquecida—. Porque necesito saber qué va a pasar entre nosotros ahora que lo sabes todo.
—Harry, tú mismo lo has dicho: esto está roto.
No tiene remedio. No podemos pretender que el tiempo no pasó y que las heridas no existen.
Las cosas no funcionan de esa manera. —Mi voz suena cada vez más inestable—.
Ya no siento nada por ti. Ya no sientes nada por mí.
Esto es solo… —Niego y trago para aminorar la presión que ha comenzado a formarse en mi garganta—.
¡Dios! Ni siquiera sé qué es lo que es. Solo sé que nos hace daño.
Nos lastima… No podemos estar juntos, Harry. No es sano.
—¿Entonces esto es todo? —La mirada de Harry es serena y dura al mismo tiempo—. ¿Vas a rendirte, así como así? ¿Después de todo lo que ha pasado?
Sus palabras me hieren y me escuecen hasta lo más profundo del alma, pero me las arreglo para no dejar de mirarle.
—No puedo rendirme a algo que nunca ha sido lo suficientemente fuerte para ser real, Harry.
—El aliento se atasca en mi garganta, pero continúo—: Yo necesito paz, tranquilidad, calma; y tú eres tempestad, tinieblas, peligro…
Yo solo soy ceniza. Cimientos caídos, destrozados y rotos de algo que nunca llegué a conocer del todo.
De pronto, la mano de Harry abandona la mía. Mi vista baja a mi mano vacía y vuelve a subir para mirar al chico que se encuentra recostado frente a mí, pero lo único que soy capaz de ver cuando lo hago es la cercanía de sus impresionantes ojos verdes.
No soy capaz de procesar lo que ocurre hasta que sus dedos se enredan en mi nuca y sus labios chocan con los míos. Su lengua se abre paso en mi boca sin pedir permiso y mi corazón da un vuelco en ese preciso instante.
Un sonido ahogado brota de mi garganta y trato de apartarme, pero él no me lo permite.
Trato de empujarlo lejos, pero mis manos traicioneras terminan aferrándose al material de su playera dentro de mis puños.
No se supone que esto debería ocurrir. No se supone que debería corresponder a sus caricias ávidas, urgentes y desesperadas de la forma en la que lo hago…
El sabor de su beso es dulce, mentolado y trae mil y un recuerdos a mi sistema, y no soy capaz de apartarme. No soy capaz de apartar mis dedos de sus mejillas ásperas por el vello afeitado…
No sé cuánto tiempo pasa antes de que sus labios abandonen los míos con brusquedad y su frente se una a la mía.
—Está bien, Maya —susurra, casi en un gruñido—.
Lo acepto. Si quieres marcharte…, si quieres irte…
, no voy a impedir que lo hagas. Solo… —Su voz suena temblorosa, ronca y débil—.
Solo déjame amarte una vez más. Déjame fingir que aún soy el tipo del que te enamoraste y hacerte mía una última vez, Maya. Por favor, déjame…
No le permito continuar. Mis labios se unen a los suyos con ansias desesperadas y mis dedos se enredan en las hebras largas de su cabello.
Un gruñido brota de su garganta en ese momento y, sin más, las palabras acaban.
El sonido de nuestras voces se detiene y somos caricias.
Somos suspiros. Somos urgencia, fuego y ardor.