Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Will también se cuela en mis palabras y, cuando me doy cuenta, no puedo dejar de hablar sobre mi falta de valor de ir a visitarlo al cementerio. La última vez que estuve ahí fue el día del funeral. Desde entonces, no he podido poner un pie en ese lugar.

Mis pláticas sin sentido continúan y, cuando me doy cuenta, me encuentro hablándole acerca de los planes que tengo de mudarme a un apartamento más pequeño, porque sé que no podré pagar los gastos del lugar donde vivo durante mucho tiempo.

Estoy a punto de comentarle que Jeremiah me ha ofrecido compartir el alquiler del apartamento en el que vive con Nick cuando la puerta de la habitación se abre. Mi atención se vuelca hacia ella y todo mi cuerpo se tensa en el instante en el que Paula Sanders aparece en mi campo de visión.

Ella se congela cuando me mira y noto cómo sus facciones se endurecen cuando el aturdimiento se va de su rostro.

Ninguna de las dos dice nada. Solo nos observarnos fijamente en un reto implícito.

Es ella quien aparta la mirada primero. Es ella quien adopta una postura defensiva al cruzarse de brazos y tensar la mandíbula.

—Ya te ibas, ¿no? —suelta y pasa el peso de su cuerpo de una pierna a otra con impaciencia. Una punzada de coraje me invade al instante.

—Acabo de llegar —miento.

Una risa carente de humor brota de su garganta en ese momento.

—Siempre haces esto —me reprocha sin dejar de verme a los ojos. No me atrevo a apostar, pero creo que hay lágrimas humedeciendo su mirada—. Vienes, te apoderas de la habitación y no dejas que nadie más esté con él.

Mi ceño se frunce en confusión.

—Tom viene todo el tiempo —digo, con toda la calma que puedo imprimir en la voz—. Anne, su madre, también lo hace. Incluso Luke, su mejor amigo, ha venido a verlo muchísimas veces. No le he impedido a nadie que venga a visitarlo.

Ella niega.

—Sabes que no me refiero a eso.

—No voy a dejar de venir a diario, si es eso lo que te molesta. —Sueno más irritada de lo que me gustaría.

—Eres una hipócrita de mierda —sisea y se gira sobre sus talones para salir.

El destello furibundo en mi pecho se enciende a toda velocidad.

—¿Cómo me llamaste? —escupo y me pongo de pie.

Ella se detiene en seco. El coraje incrementa poco a poco y calienta mi pecho de forma desagradable. Entonces, me encara.

—He dicho que eres una hipócrita —espeta—. Primero lo tratas como basura, ¿y ahora estás aquí velando por él? Eso es ser una perra hipócrita, si es lo que preguntas.

Mis puños se aprietan.

—Yo no sabía que…

—¡Y aun así debiste confiar en él! —Me interrumpe, casi en un grito—.

¡Que no supieras nada no era pretexto alguno para tratarlo como lo hiciste!

¡No lo mereces! ¡No te mereces a alguien como Harry!

—Su rostro se ha contorsionado con la ira que la invade, pero se las arregla para negar la cabeza y decir, con voz más tranquila—: Él se merece a alguien mejor que tú.

Sus palabras me calan y escuecen porque sé que tiene razón. Sé que Harry merece a alguien mejor que yo en todos los sentidos.

—Tienes razón —digo con la voz entrecortada por las emociones—.

Harry merece a alguien mejor que yo. Merece a alguien que cuide de él, porque él no ha sabido hacerlo por sí mismo.

Merece a alguien que se preocupe, que lo escuche, lo aconseje, le demuestre cuán valioso es y le recuerde cuán fuerte y maravilloso puede llegar a ser.

—Mi pecho duele—. Merece una mujer que esté dispuesta a darlo todo.

Que sea valiente, dedicada y que esté dispuesta a andar con él en este camino tan mierdero que ha elegido para sí mismo.

— Una sonrisa tensa se dibuja en mis labios—.

Sé que no soy todo eso que él merece en la vida…

Y, de todos modos, no pienso marcharme. Estoy dispuesta a quedarme a su lado hasta que encuentre a la persona indicada.

— Trago duro—. Es más… Estoy dispuesta a apartarme del camino cuando esa persona aparezca porque, Paula, él es el amor de mi vida; y aunque me odie y no quiera estar más conmigo por todo lo que le he hecho pasar, voy a seguir queriéndolo con todas mis fuerzas.

Voy a seguir pidiéndole al cielo que le permita ser feliz. Así sea al lado de alguien más.

—Te ha engañado todo este tiempo —suelta en un susurro venenoso—.

Se acuesta conmigo. Le dice a todo el mundo que te ha olvidado.

Se enredó en mi cama y susurró mi nombre sin cesar mientras me follaba…

¿Aún sigues creyendo que le importas? ¿Que eres el amor de su vida?

¿Que querrá estar contigo cuando toda esta pesadilla termine?

Se siente como si me hubiesen abofeteado. Como si me hubiesen golpeado en el pecho y no existiese oxígeno suficiente en el mundo para recuperar el aliento. Los ojos de Paula siguen fijos en los míos y sé que busca un destello de dolor en mi mirada.

—Él ya no está conmigo, Paula —me las arreglo para decir y le regalo un encogimiento de hombros, en un gesto desdeñoso y despreocupado—.

Creo que deberías tenerlo en cuenta. No puedes decir que me engañó cuando hace mucho tiempo que él y yo ya no somos nada.

Además, creo que ni siquiera te has dado cuenta de cuál era mi punto al decirte todo esto.

—Tu punto —bufa—. ¿Cuál era tu punto? ¿Declararme la guerra? ¿Decirme que no vas a alejarte de Harry? Porque, si es así, quiero que sepas que no voy a dejar de luchar por él.

Suena temblorosa y furiosa. Una pequeña sonrisa se desliza en mis labios y niego con la cabeza porque realmente no ha entendido absolutamente nada.

No ha entendido que estoy diciéndole que prefiero anteponer la felicidad de Harry a cualquier clase de sentimiento egoísta o posesivo que yo pudiese tener hacia él.

—La diferencia entre tú y yo, Paula, es que yo no voy a pelear por él, porque el amor no se pelea ni se gana.

El amor nace y crece por sí solo y no se obliga de ninguna manera.

Si Harry quiere estar contigo al final del día, voy a aceptarlo —la miro a los ojos—; pero si él quiere mi compañía, así sea como simples amigos, te juro por lo más sagrado que tengo que no voy a dejarlo ir.

Y tampoco voy a dejar que nadie me aparte de su lado.

La mirada de la chica frente a mí se llena de algo irreconocible, pero ni siquiera me inmuto.

—Solo espero que Harry se dé cuenta de que no vales la pena.

—Y yo solo espero que sea feliz.

Su mandíbula se aprieta, pero no dice nada más.

Se limita a girar sobre sus talones y echarse a andar por el corredor del piso del hospital.

Cuando desaparece, mi cuerpo entero comienza a temblar.

El eco de sus palabras aún retumba en mi cabeza como una horrible tortura, pero me obligo a tomar una inspiración profunda y girarme para mirar al chico inconsciente que está en la cama de la habitación.

Una punzada de dolor me recorre el cuerpo solo de pensar en que estuvo con ella cuando yo me lamentaba por su partida, pero me obligo a empujar los pensamientos perturbadores lejos de mi sistema.

Sé que no puedo recriminarle nada porque no somos nada. Si él estuvo o no con Paula durante ese lapso en el que no tuve noticias sobre su paradero no es algo que deba afectarme. No es algo que deba dolerme como lo hace.

Así pues, trato de alejar el hilo de mis pensamientos de ese lugar tan oscuro. Trato de deshacerme de la opresión de mi pecho, pero no lo consigo. No consigo dejar de imaginarlo besándola y tocándola como lo hacía conmigo. No puedo dejar de torturarme con la imagen de él en una cama con ella…

El aliento me falta y el dolor en mi caja torácica es cada vez más fuerte y asfixiante. Las paredes de la habitación se sienten cada vez más estrechas y el aire en mis pulmones es denso y pesado. No puedo soportarlo más. No puedo estar ni un minuto más aquí dentro. Simplemente, no puedo.