Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

—No estoy segura de recordar cuándo fue la última vez que comí algo — me sincero, y mi estómago ruge en respuesta al sonido de mi voz.

—¿Has dormido algo?

El silencio es lo único que puedo regalarle a manera de contestación.

—Oh, Maya… —El tono pesaroso de Anne me hace sentir como una pequeña niña regañada—. Debes ir a casa a descansar un poco y comer algo. Vas a enfermar si no lo haces.

—Estoy bien —mascullo, pero sé que no es así. Mi cuerpo entero exige descanso. Mi cabeza se siente como si estuviese a punto de estallar, mi estómago ruge y se retuerce debido a la falta de alimento y mis párpados pesan debido al cansancio.

—Por supuesto que no lo estás. —Suena ligeramente indignada—. Yo sé que no quieres marcharte, pero, si no haces algo por ti, quien va a necesitar estar en una de esas horribles habitaciones serás tú. Ahora yo estoy aquí.

Puedo estar al pendiente de Harry. Ve a casa a reponerte de todo este infierno y regresa más tarde.

Niego.

—No puedo irme —digo con la voz enronquecida—. Él nunca se fue. No me abandonó ni un segundo cuando estuve en el hospital. Ahora soy yo quien no se irá. Quiero quedarme aquí hasta asegurarme de que esté bien.

Un suspiro cansino brota de sus labios.

—Ve aunque sea a comer algo, entonces —dice, con aire derrotado—. Tu cuerpo no va a aguantar mucho tiempo si no te alimentas.

—Iré a las máquinas expendedoras a conseguir algo —digo segundos antes de ponerme de pie.

—No, Maya. —Ella me detiene—. Necesitas una comida real. Ve a la cafetería del hospital y come algo que de verdad te dé fuerzas.

—Hay una cafetería cruzando la calle. —Jeremiah, que había estado callado todo este tiempo, interviene—. Si no te gusta la comida del hospital, Emma y yo podemos acompañarte ahí.

Me siento dudosa. No quiero irme mucho tiempo.

—Ve —Anne me alienta—. Te llamaré si ocurre algo.

Dejo escapar el aire con lentitud. «Ve», me insta mi cabeza. «No tardarás demasiado. Es cruzando la acera». Dudo unos instantes.

—No lo pienses tanto —la madre de Harry insiste—. Cuanto más pronto te vayas, más pronto estarás de regreso.

Otro suspiro se me escapa, pero, finalmente, asiento.

Lo único que le ruego al cielo es que no haya necesidad de que me llame. Lo único que le pido a Dios es que las cosas estén tal cual las dejé cuando regrese.

La baguette de pollo y el jugo de naranja me saben a gloria. Trato de convencer a Jeremiah y a Emma de comer algo conmigo, pero ambos declinan mi ofrecimiento con el argumento de que almorzaron hace apenas unas horas y que no tienen hambre todavía.

Cuando termino de comer me siento un poco más animada. El dolor de cabeza ha disminuido considerablemente y mi cuerpo se siente un poco menos cansado. La pesadez provocada por el exceso de comida hace que mis ganas de dormir aumenten un poco, pero no es nada que no pueda soportar.

Trato de ignorar las ganas que tengo de correr de vuelta al hospital, y por eso avanzo al paso que mi mejor amigo y su novia imponen cuando salimos del pequeño restaurante.

La charla que mantienen es casual. Hablan acerca de la universidad y de la forma en la que mi jefe les dijo que no había problema alguno si tenía que ausentarme varios días.

Al parecer, les ha parecido un hombre bastante amable.

En realidad, lo es. No ha sido otra cosa más que considerado y atento conmigo.

Hoy en día no muchas personas son capaces de ofrecer un acto de buena fe.

Estamos tan acostumbrados a recibir cosas a cambio de lo que hacemos que no nos damos cuenta de lo bien que se siente ayudar a alguien sin esperar retribución alguna.

Entramos al edificio principal del hospital sin hablar demasiado y nos encaminamos hasta las escaleras que conducen al piso de cuidados intensivos.

Jeremiah habla acerca de lo incómodo que es el parche en su nariz y Emma se burla de su aspecto aparatoso y, sin que pueda evitarlo, una sonrisa se dibuja en mis labios con su pequeña interacción.

Estoy a punto de hacer un comentario acerca de lo feliz que me hace saber que han arreglado sus diferencias cuando lo veo…

Tom baja las escaleras a toda velocidad.

Su rostro ha palidecido y luce descompuesto en formas incomprensibles.

Es en ese instante que todo mi cuerpo se estremece y la sangre se agolpa en mis pies.

El detective se detiene en seco cuando nos mira y su expresión horrorizada se acentúa en cuestión de segundos. Luce como si quisiera echarse a correr en dirección contraria a donde nos encontramos. Luce como si quisiera huir de lo que sea que ha venido a hacer.

Como un acto reflejo inmediato a su gesto, rebusco el teléfono celular en los bolsillos de los vaqueros y echo un vistazo a la pantalla luego de presionar el botón de desbloqueo. Un agujero se instala en mi estómago cuando me doy cuenta de que nada sucede. Está apagado. Se ha quedado sin batería.

Mis ojos se alzan de forma abrupta y miro al hombre frente a mí. Luce cada vez más afectado y todo mi cuerpo se estremece debido al miedo y la anticipación.

Sus labios se abren…

—Está muerto, Maya.