Capítulo 22 #2
Las lágrimas se me escapan lentamente, pero las limpio como puedo con dedos temblorosos.
Emma y Jeremiah se quedan conmigo un rato más antes de decidir que quieren ir a conseguir algo para comer.
Insisten en que les acompañe, pero declino su oferta todas y cada una de las veces que tratan de convencerme.
Ninguno de los dos parece estar dispuesto a dejarme sola, pero, ahora mismo, siento que un momento de soledad podría caerme mejor que nada en este mundo.
Finalmente, tras un largo rato de insistencias, se marchan. Jeremiah promete que volverán en un rato para hacerme compañía y sé que así será. Sé que no me dejarán sola.
El pasillo es silencioso, a pesar del tránsito de enfermeras que va y viene por todo el lugar.
No sé cómo es que conseguí instalarme aquí sin que ningún guardia de seguridad me obligara a ir a la sala de espera.
A decir verdad, lo agradezco. Agradezco estar aquí y no en ese lugar.
No quiero mirar a los hombres que convivieron con Harry durante meses, y tampoco quiero mirarla a ella…
Sé que Paula está aquí y lo último que necesito es tener que enfrentarla.
No tengo la fuerza suficiente como para preocuparme por algo tan irrelevante como la presencia de una chica preocupada por Harry.
Simplemente, no me apetece hacerlo. Es por eso que he decidido no poner un pie en la sala de espera si es necesario.
El sonido de unos pasos rápidos y decididos me hace girar el rostro. Mi cuerpo entero se tensa en el instante en el que veo al hombre que apuntó a Jeremiah con una pistola, pero no me muevo.
Él ralentiza su marcha cuando está a un par de metros.
En estos momentos no luce tan determinado como hace unos instantes.
Su expresión es dudosa, interrogante. Aun así, se obliga a avanzar y acortar la distancia que hay entre nosotros.
Por un segundo, me da la impresión de que espera que le pida que se marche, pero, muy a su pesar, no lo hago.
Tom continúa su camino y, una vez que está de pie a mi lado y que tengo que alzar la cara para mirarlo, se deja caer sobre el suelo, de modo que ahora se encuentra sentado junto a mí.
No he dejado de estudiarlo, pero él ni siquiera se inmuta.
Se limita a clavar la vista en la puerta por la que se llevaron a Harry.
Mis ojos se posan en ella también, y nos quedamos aquí, en silencio, a la espera de que algo pase.
Algo, lo que sea, que deje de extender los minutos de esta forma tan tortuosa.
—Soy Thomas Nichols —dice, en voz neutral, al cabo de unos minutos.
Yo vuelco mi atención hacia él—. Soy agente especializado en la investigación de delitos contra la salud.
—Debe notar la confusión en mi rostro cuando me mira, ya que se apresura a pronunciar—.
En pocas palabras, investigo a presuntos narcotraficantes y su modo de operar.
—Maya Bassi —digo y, con algo de humor, añado—: Soy recepcionista en una clínica privada.
Una sonrisa se desliza en los labios del chico.
—Lo sé —asiente—. Lo sé absolutamente todo de ti, Maya Bassi. —Hace un gesto de cabeza hacia la puerta—. Dale las gracias al hijo de puta que está con la espalda abierta por una herida de bala.
Mi corazón se detiene un segundo.
—¿Han sabido algo nuevo? —susurro, con un hilo de voz—. Nadie ha venido a decirme cómo va todo.
—No. No sabemos nada —suspira—; pero, puedo asegurarte que todos estamos bastante preocupados por él.
Aprieto los puños.
—Lo sé…
—Va a estar bien —me asegura—. Monstruo es terco hasta el infierno. No va a dejarse vencer así de fácil.
Mi ceño se frunce.
—¿Monstruo? —pregunto, con curiosidad—. Bestia, querrás decir.
—No. —Me regala una negativa—. Monstruo, he dicho.
Él debe notar la confusión que me embarga, ya que se encoge de hombros.
—Es una larga historia.
—Tengo tiempo para ella… Un suspiro largo se le escapa.
—El tipo era un cobarde, ¿de acuerdo? —dice—.
No se atrevía a empuñar un arma por el terror del daño que podía hacerle a alguien con ella.
Entonces, un día, en práctica de tiro, le dije que, si no lograba dominar su miedo, lo único que conseguiría sería que lo mataran.
—Una sonrisa tira de las comisuras de sus labios—.
Él me espetó que no quería siquiera intentarlo porque disfrutaba del empuñar armas y dispararlas.
Dijo que no quería convertirse en un monstruo y fue, precisamente, en lo que le dije que debía convertirse.
—La sonrisa pierde fuerza—. Hay que aprender a dominar a nuestros monstruos para que nada ni nadie nos detenga.
Hay que aprender a aceptar la oscuridad que llevamos dentro para así no temernos a nosotros mismos.
Un silencio se hace presente luego de eso.
—Le llamo Monstruo porque sé el peso que tiene esa palabra en él —dice, al cabo de un largo rato—. Le llamo Monstruo porque deseo, de todo corazón, que deje de ver como algo malo ese lado oscuro que lleva dentro. Porque todos somos, en parte, oscuridad. Y la suya no es tan mala.
—¿De verdad no es tan mala? —pregunto con un hilo de voz. Tom niega con la cabeza.
—Creo que es mala cuando no la dominas. Cuando no la conoces —dice—.
Creo que Harry está a punto de conseguir ese equilibro, ¿sabes?
El equilibrio entre lo que quiere ser y la mierda interna que lleva a cuestas.
— Suena algo así como orgulloso—. Estoy seguro de que lo conseguirá.
Cada vez lo veo más centrado en su objetivo.
—¿Y cuál es? —hablo, pero sé que ya conozco la respuesta.
—Enmendar lo que hizo —dice, en voz baja—. Dejar sus demonios atrás. Purgar sus culpas y vivir en paz.
—¿Y crees que pueda hacerlo? —La preocupación se filtra en mi tono—. ¿De verdad crees que puede purgar sus culpas?
—¿Emocionalmente? No lo sé… —responde—. ¿Legalmente? Lo está haciendo ahora mismo.
Sacudo la cabeza y mi ceño se frunce aún más.
—Aún no puedo creer que trabaje para la policía —digo—. No puedo creer que colaborar con ustedes sea suficiente para acabar con sus antecedentes penales.
—No acaba con ellos —Tom me aclara—. Colaborar con la policía no lo exenta de cumplir una condena, Maya. No te confundas. La situación legal de Stevens es bastante complicada.
—¿Qué tanto?
—Esa es otra historia bastante larga de contar.
—Quiero saberla de todos modos.
Silencio.
—No me corresponde contártelo —Tom insiste.
—Si no lo sé ahora mismo voy a explotar —digo, porque es cierto—. Ya no puedo más con todo esto; así que, por favor, dímelo…
Otro silencio se apodera de la estancia y solo se rompe cuando Tom suspira una vez más.
—Harry hizo un trato con el comandante, ¿de acuerdo? —comienza—. Hace más de un año, cuando fue a entregarse a la Jefatura de Policía, el jefe le ofreció algo a lo que legalmente se conoce como auxilio policíaco a la captura de terroristas o, en este caso, narcotraficantes.
Toda mi atención está fija en él.
—Básicamente, se comprometió con nosotros a ayudarnos a capturar a los distribuidores de droga más importantes de San Francisco —Tom explica—. Si el operativo es exitoso, nos comprometemos a hacer todo lo posible para retirar los antecedentes penales de su historial.
—¿Hacer todo lo posible? —pregunto—. ¿Quiere decir que colaborar con ustedes no lo exenta de un proceso penal?
Tom me regala una negativa.
—No, lamentablemente no —dice—. Su cooperación con las autoridades va a ayudar mucho a su caso, pero no sabemos hasta qué grado.
No sabemos si va a eximirlo de poner un pie en la cárcel; pero, si su colaboración con nosotros no fuese suficiente, de todos modos, podríamos conseguirle la libertad bajo reserva, que es algo muy similar al arresto domiciliario, solo que en este caso Harry sería libre de vagar por la ciudad, siempre y cuando no salga de ella o del país.
Pero todo esto tendrá que ser determinado por un fiscal.
Es por eso que es de suma importancia para él que toda esta mierda funcione.
Mientras mejor salgan las cosas, más probabilidades tiene de salir bien librado de todo esto.
La información se asienta en mi cabeza poco a poco y trato de digerirla. El panorama ahora es mucho más claro que hace un rato, pero aún tengo muchas preguntas.
—¿Por qué nunca me dijo nada sobre esto? —Mi voz sale en un hilo tembloroso—. ¿Se lo prohibieron?
Tom asiente.
—El comandante lo quería concentrado en su objetivo, es por eso que le prohibió contárselo a nadie —dice—.
Todo esto sin contar que ustedes, su madre y tú, quiero decir, lo hacen vulnerable.
Él siempre va a elegir su seguridad por encima de todas las cosas.
Es por eso que no creímos conveniente que alguien de su entorno se enterara.
—Pero Will lo sabía… —digo, y Tom ríe por lo bajo.
—No se te escapa nada, ¿eh? —El rubor se extiende por mis mejillas al tiempo que lo escucho explicarme—.
El amigo de Harry lo descubrió a las pocas semanas, cuando fue a la delegación a preguntar por el lugar al que sería trasladado.
No pudimos ocultarle la verdad después de eso.
Además, que no le vimos objeto a hacerlo.
El tipo tiene pinta de no tragarse cualquier cuento.
Aunque le dijéramos la mentira más elaborada iba a descubrirnos.
Es mi turno para sonreír. La imagen de Will viene a mi cabeza en ese instante y mi preocupación por él y por su familia regresa a mi sistema.
—No he podido comunicarme con ellos.
—Precisamente por eso había venido a buscarte —dice—. Todos están a salvo. Han pasado las últimas horas en una delegación. Estaban haciendo la denuncia formal en contra de Tyler Lawson por el secuestro de su hija, pero ya vienen para acá.
Una montaña de alivio cae sobre mí y dejo que me aplaste. Dejo que me haga trizas porque es lo que más necesito en estos momentos.
—¿Cómo está la niña?
—En perfectas condiciones. Estaba algo nerviosa y sucia cuando la encontramos, pero no hay nada de qué preocuparse en lo que a su salud y bienestar se refiere.
Casi puedo jurar que estoy a punto de gritar del alivio.