Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Harry parece notar mi cambio repentino de ánimo, ya que su ceño se frunce en señal de preocupación y avanza hacia mí a paso decidido.

En cuatro zancadas acorta la distancia entre nosotros y se detiene abruptamente cuando se encuentra de pie frente a mí.

No sé qué era lo que pretendía hacer, pero parece haberse arrepentido en el proceso.

—Hey… —Sus ojos buscan los míos y todo el aliento que contenía escapa de mis pulmones. Me quedo quieta, procesando la seguridad y la fuerza con la que se mueve, y su mirada estudia mi gesto. Hay tanta intensidad en su expresión que me siento cohibida e intimidada—. ¿Qué ocurre?

Niego con la cabeza y bajo la vista hacia el suelo. No quiero llorar. No de nuevo. No cuando no he hecho otra cosa más que gimotear y lamentarme por lo ocurrido.

—Maya… —Un dedo calloso se coloca en mi barbilla y eleva mi rostro, de modo que tengo que verlo a la cara una vez más—. No vuelvas ahí —pide, en un susurro—. No te tortures de ese modo. Estamos haciendo todo lo posible por recuperar a Hayley. Déjalo en mis manos.

La impotencia se arraiga en mi sistema y las lágrimas nublan mi vista.

—Ese es el problema, Harry —digo, con la voz entrecortada—. Estoy cansada de no poder hacer nada. Ni siquiera puedo hacer algo para ayudarte a recuperar a Hayley.

—Es que ya no está en tus manos hacer nada, Maya —Harry responde, en tono tranquilizador.

—¿Lo ves? —digo, frustrada—. A eso me refiero. Estoy harta de tener que depender de otros para todo. Quiero ser capaz de defenderme y defender a quienes me importan. Quiero dejar de ser este manojo de miedos en el que me estoy convirtiendo.

La mano libre de Harry aparta un mechón de cabello lejos de mi rostro y lo coloca detrás de mi oreja con mucho cuidado.

—¿A qué te refieres con «defenderte»? —inquiere.

—Quiero aprender a desarmar a alguien, a inmovilizar a mis atacantes…

—Las palabras salen arrebatadas de mis labios—. Quiero aprender a defenderme de verdad, no esas estupideces que estuvieron enseñándome en las jodidas clases de defensa personal que tomé hace mucho tiempo.

La mirada de Harry es dubitativa, pero eso no impide que asienta con lentitud.

—De acuerdo —dice, pero no suena muy convencido de querer pronunciar eso que está por salir de sus labios—. Yo puedo enseñarte a hacer todo eso. Si es necesario, estoy dispuesto a enseñarte a usar un arma; pero debo decirte, Maya, que eso no va a exentarte de ser atacada o herida.

Aprieto la mandíbula y desvío la mirada.

—Debes entender que nadie, en una posición como en la que estuviste, hoy habría salido bien librado —Harry continúa, pese a mi renuencia a escucharlo—.

Saber defenderte no quiere decir que seas estúpida y te arriesgues a recibir un tiro en el cráneo.

Saber defenderte es saber actuar con inteligencia, Maya.

No voy a enseñarte nada si no entiendes eso primero.

—Pero…

—Pero nada —me corta de tajo—. Tienes que meterte en esa cabeza terca que tienes que nada ni nadie hubiese impedido que se llevaran a Hayley. Deja de hacerte daño con eso. Olvídate de toda esa mierda que ocurre en tu cabeza y enfócate en cómo vamos a actuar de ahora en adelante.

Mis ojos se cierran con fuerza.

—Estoy tan asustada…

—Yo también lo estoy, amor —susurra, con la voz enronquecida.

—¿Qué va a pasar si no logramos recuperarla a tiempo? —El pánico se detona en mi voz—. ¿Cómo diablos vamos a poder seguir adelante si algo así sucede?

—Vamos a lograrlo, Maya —Harry habla con seguridad y firmeza—.

Tenemos que hacerlo.

Un suspiro entrecortado abandona mis labios y me obligo a tomar una inspiración profunda para aminorar el repentino temblor que ha comenzado a invadirme.

Harry también se queda quieto durante unos instantes y, sin que pueda evitarlo, pongo atención a la forma en la que sus manos me sostienen por los brazos.

No sé en qué momento llegamos a esta posición, pero no es desagradable.

No me está abrazando, pero, desde aquí, soy capaz de percibir el aroma fresco que despide su cuerpo. El calor que emana… Finalmente, después de unos momentos en absoluto silencio, se aparta, y me deja con una sensación extraña en el pecho.

—Debes ir a descansar —dice, y no me pasa desapercibido el tono ronco y profundo que utiliza. Suena como si estuviese luchando contra algo con todas sus fuerzas.

—No voy a poder dormir —me sincero, al tiempo que lo miro y le dedico una sonrisa cargada de dolor—. No sin tener pesadillas.

Harry avanza hasta el sillón para tres personas y se deja caer con pesadez. Yo lo sigo, pero me siento con cuidado en el sofá individual que se encuentra a su lado.

—A veces se siente como si el mundo estuviese a punto de tragarme vivo —susurra tras unos instantes, y me toma unos segundos darme cuenta de que es a mí a quien le habla—.

Como si no hubiese nada en mí que valiera la pena y estuviese decidido a acabar conmigo.

—Un suspiro entrecortado lo abandona—. Siempre ha sido así.

Siempre me he sentido de esta maldita manera.

Creía que, por primera vez en mucho tiempo, las cosas estaban saliéndome bien.

—Hace una pausa—. Supongo que me equivoqué…

Mis ojos están fijos en un punto en el suelo, pero mi corazón no deja de estremecerse con sus palabras.

Me aterroriza darme cuenta de cuán similares somos en muchos aspectos.

Yo también me he sentido a punto de caer al vacío.

También me he sentido miserable después de estar en la cima de todo.

Ni siquiera puedo contar las veces que me he sentido como él lo hace ahora mismo.

—Mi mamá me decía que… —comienzo a hablar, con un hilo de voz—, que el mundo está hecho para las personas que son fuertes. Que es por eso que la vida te prueba día a día, para que le demuestres tu fortaleza y te permita seguir adelante.

«Y también decía que por eso ustedes eran pisoteadas. Por ser unas malditas cobardes», susurra la insidiosa voz en mi cabeza, pero trato de empujarla lejos.

Siento la vista de Harry clavada en mí, pero no me atrevo a mirarlo.

—Nunca habías hablado de tu madre —observa, en un susurro. No logra ocultar el asombro que tiñe su tono.

Un puñado de recuerdos se agolpa en la parte posterior de mi cabeza y lo empujo al rincón oscuro del que tratan de salir. No me gusta hablar de ella. No me gusta pensarla. Ni siquiera me gusta el hecho de saber que llevo su nombre y que, físicamente, es muy parecida a mí.

No hablo ni pienso en ella porque me hace daño. Porque me lastima hablar de todas las cosas que puso sobre mis hombros, y de cómo vivir con ella me hizo convertirme en lo que soy ahora.

Mi mamá nunca fue una madre ejemplar, es por eso que prefiero pretender que nunca existió. Que nunca formó parte de mi vida.

—No me gusta hablar de ella —digo, con un hilo de voz.

—¿Por qué? —La curiosidad tiñe su voz.

Mis ojos se posan en las manos entrelazadas sobre mi regazo y una sonrisa amarga se dibuja en mi boca.

—Porque mi madre era una mujer muy… perturbada —digo y, por primera vez en mi vida, siento lástima por ella—.

Mi papá decía que estaba enferma, pero de niña nunca quise creerlo.

No fue hasta que entré a la secundaria que empecé a darme cuenta de las anomalías en su comportamiento.

—Niego con la cabeza para ahuyentar un recuerdo particularmente doloroso, pero este no se va.

Me aplasta y me aprisiona hasta dejarme sin aliento.

Hasta destruir esa barrera que he construido entre los horribles episodios que tienen el nombre de «Maya Jiménez», mi madre—.

Intentó suicidarse cuando yo tenía doce —digo, sin siquiera procesar la información que suelto sin cuidado alguno—.

Fue cuando nos dijeron que padecía un trastorno de la personalidad que la hacía estar deprimida todo el tiempo. Tenía miedo de todo y de todos…

Mi vista se alza solo para comprobar que Harry sigue escuchándome. Es la primera vez desde que se marchó que hablo de ella. Es la primera vez en mi vida que hablo con alguien acerca de lo que hizo…

—Vivíamos en un suburbio bastante bonito —digo, con aire ausente, pero el nudo en mi garganta ha vuelto—.

Teníamos una casa amplia, en un barrio agradable…

—Trago duro, en un intento de aminorar la quemazón de mi tráquea—.

Aún puedo recordar mi vieja habitación, ¿sabes?

—Una sonrisa triste y nostálgica tira de mis labios—.

Papá tenía un buen trabajo y todo era… bueno.

—Mi corazón duele. Los recuerdos lo estrujan y lo escuecen con violencia—.

Entonces, ella intentó quitarse la vida —mi voz se quiebra ligeramente—, y todo se vino cuesta abajo.

El tratamiento era muy caro y los medicamentos de prueba lo eran más.

Mi papá apenas podía trabajar y cuidar de nosotros tres…

—¿Tres? —La voz de Harry me interrumpe y el peso de los recuerdos me aplasta y me deja sin respiración.

—Tuve un hermano pequeño. Su nombre era Leonel —digo, con la voz completamente deformada por el dolor—.

M-Mi mamá lo… —No puedo continuar. No puedo seguir hablando sobre eso porque se siente como si algo dentro de mí estuviese desgarrándose con cada palabra que sale de mi boca; sin embargo, me obligo a terminar—: Mi mamá lo asfixió durante una crisis. Tenía tres años.

—Oh, jodido infierno…

En ese momento el llanto me alcanza. No hay sollozos, ni sonidos lastimosos, solo… llanto.