Capítulo 14 #2
Una pequeña sonrisa se dibuja en las comisuras de sus labios. La tristeza no se va de su rostro cuando el gesto se apodera de sus facciones, y eso me lastima. Me hiere a pesar de que no debería hacerlo.
—Estaré al pendiente —dice, con la voz enronquecida, y se gira hasta avanzar hasta la puerta.
Se detiene en seco. Mira por encima de su hombro y vuelve a mirarme con esa expresión aprehensiva de hace unos instantes.
—Por favor —suelta, en un susurro ronco—, mantente alerta, Maya. Y así, sin más, desaparece por el umbral.
Han pasado casi cinco semanas desde la última vez que supe algo acerca de Harry Stevens.
No lo he visto desde aquella mañana en mi apartamento en la que le pedí que le pusiera fin a lo que sea que estuviese haciendo con nosotros y, desde entonces, mi vida ha vuelto un poco a la normalidad.
El abogado Douglas Schneider se comunicó conmigo a la mañana siguiente de que Harry desapareció de mi vida solo para informarme de que el juicio contra mi padre se llevaría a cabo ese fin de semana.
Dijo, también, que no esperaba contar con mi presencia, pero que deseaba de todo corazón que pudiese presentarme.
No estaba muy segura de ir, debido a todas las mentiras y las intrigas a las que fui sometida por parte de él y de Harry, pero Kim y Jeremiah se encargaron de convencerme de ir a testificar en contra de Leandro Bassi.
El juicio no fue en una gran corte ni nada por el estilo.
Fue en un salón grande en el recinto de San Francisco, en el cual solo estuvimos el juez, el jurado, el abogado defensor, Leandro, Douglas, el fiscal y la madre de la niña agredida.
La pequeña solo fue llevada al lugar para declarar y después fue retirada por petición de su mamá, quien, por cierto, resultó no estar casada con mi padre.
Al parecer, solo vivían juntos y se habían conocido en unas reuniones de alcohólicos anónimos.
Así, pues, cuando el juicio inició y la niña apareció en el estrado sentí que el mundo entero se caía a pedazos a mi alrededor. Me sentí tan culpable. Tan miserable…
Sé que no fui yo quien la violentó. Sé que no fui yo quien obligó a Leandro a abusar de ella; sin embargo, no he podido dejar de pensar en que, si yo hubiese hablado a tiempo, si yo hubiera tenido el valor de denunciarlo, nada de esto habría ocurrido.
Sé que, de cierta forma, yo tengo la culpa de lo que ocurrió y eso nunca va a dejar de atormentarme.
Nunca voy a poder olvidar el miedo en el rostro de la niña, porque lo vi una y mil veces en mi reflejo en el espejo.
Pude ver el pánico que yo misma sentí en la forma en la que observaba al hombre que nos desgració la vida para siempre.
Jamás voy a olvidar, tampoco, el rostro de Leandro cuando me miró después de tanto tiempo. Una mezcla de pánico y horror llenó su expresión, y la retorcida satisfacción que me invadió en ese momento fue más allá de lo soportable.
Apenas si puedo recordar lo que dije cuando estaba ahí, declarando en contra de ese cerdo; sin embargo, cuando terminé de hablar, estaba llorando como tenía mucho que no hacía.
Fue un proceso tedioso, largo y cansado; pero, cuando terminó, el resultado fue bastante agradable. No fue lo que esperaba que le diesen de condena, pero no pude evitar sentirme ridículamente feliz de saber que va a pasar más de veinticinco años en prisión.
Después de que el juicio ocurrió, le pedí a Douglas Schneider que nunca más volviera a llamarme y, desde entonces, he perdido el contacto con él. Intentó comunicarse conmigo un par de veces después de aquel día en la corte, pero cuando vio que no iba a responder dejó de insistir.
Una semana después del juicio de Leandro, Will apareció en casa. Kim lo enfrentó por no haber aparecido en mucho tiempo; yo, sin embargo, ni siquiera me molesté en preguntarle algo acerca de Harry.
Debo confesar que mi primer impulso fue encararlo y obligarlo a darme una explicación acerca del motivo por el cual ocultó el asunto de Harry durante tanto tiempo; pero, luego de pensarlo a detalle, decidí no hacerlo.
Me dije una y otra vez que ya no tenía caso darle más vueltas al asunto y lo dejé pasar.
Él, al ver que no estaba dispuesta a abordar el tema, intentó hablarme al respecto, pero le pedí que no lo hiciera.
Que no quería hablar de eso nunca más. Que había entendido a la perfección que él y yo no somos amigos y que, debido a eso, prefería que se limitara a visitar a su hija y a dejarme tranquila.
Por otro lado —y en acontecimientos un poco más amables—, hace tres semanas finalmente entré a la universidad.
De no haber sido por Jeremiah habría estado completamente perdida. Me ayudó bastante a ubicar mis aulas de clase durante la primera semana y, por fin, después de semanas escuchando hablar de ella, conocí a Emma.
La chica también es estudiante de psicología, justo como yo; sin embargo, ella está varios cursos más adelante, a pesar de que yo soy un año mayor que ella.
No me sorprende en lo absoluto, ya que dejé la universidad hace mucho tiempo.
Si mi madre no se hubiese marchado y las cosas en casa no se hubieran ido al caño probablemente habría tenido la oportunidad de seguir estudiando y ahora mismo estaría dos cursos más adelantada que ella.
Debo confesar que no encontraba la relación entre la carrera de Jeremiah y la de Emma; sin embargo, mi amigo me contó que ambos comenzaron a tomar un curso de psicología criminal o algo por el estilo.
Él por su carrera y ella porque es una chica que tiene una seria obsesión con un par de sociópatas asesinos.
Emma es una persona bastante peculiar. Es muy centrada y tiene muy claro qué es lo que quiere en la vida. A simple vista, puede lucir intimidante y un poco hostil; pero, una vez que empiezas a tratarla, es fácil darte cuenta de cuán dulce y noble es.
Es el tipo de chica con la que puedes tener una conversación seria sabiendo que vas a recibir una respuesta cruda —y a veces sarcástica— y, al mismo tiempo, es del tipo de persona con la que puedes abrirte y hablar de sentimientos sin sentirte recriminado o ridiculizado por tus vulnerabilidades.
Puedo entender por qué Jeremiah está loco por ella.
Ella también está loca por él. Puedo notarlo a leguas. No sé qué demonios hay entre ellos. No sé si son pareja o no; sin embargo, todo el tiempo están juntos. Jeremiah la espera después de cada módulo afuera de su aula y la lleva a casa, aunque ella se queje todo el tiempo sobre eso.
Nunca los he visto tomados de la mano o besándose, pero no hay que ser un genio para saber que tienen algo.
Es como si se hablaran con la mirada todo el tiempo. Como si hubiesen creado una especie de idioma que nadie excepto ellos entiende. A veces, cuando estoy a su alrededor, me siento como si fuese una intrusa; incluso cuando son ellos quienes insisten en invitarme a dar la vuelta de vez en cuando.
Las cosas no han cambiado para nada además de eso: sigo trabajando en el consultorio, Kim sigue en el Joe’s Place y, debido a nuestro nuevo horario — ahora que yo he entrado a la universidad—, deja a la pequeña Hayley en casa de Will durante las tardes.
Por las mañanas es ella quien se queda con la bebé y, a mediodía —la hora a la que tiene que irse a trabajar— la lleva donde Will para que no se quede sola.
Yo paso a recogerla cuando salgo del trabajo —que es, ahora que he pedido un ajuste de horario, por lo regular después de las ocho de la noche—y la llevo a casa.
De hecho, ahora mismo, me encuentro caminando en dirección al apartamento de Will. He tenido un día bastante agotador y lo único que quiero es tomar a Hayley para poder ir a casa.
La noche está a punto de caer, sin embargo, esta zona es bastante segura y transitada. Hay un parque a pocas calles de distancia de aquí, así que no es raro ver a gente en ropa deportiva a todas horas.
Al llegar al edificio donde Will vive, me apresuro a subir las escaleras. Una vez en el piso indicado, me encamino hacia el corredor hasta llegar al último apartamento de la derecha.
El padre de Hayley no tarda demasiado en abrirme cuando llamo a su puerta.
—Dame un segundo —murmura unos instantes antes de volver al interior para traer a la pequeña. Ya ni siquiera se molesta en saludarme. Yo tampoco he hecho muchos intentos de conversar con él desde que supe acerca de la mentira que él y Harry mantuvieron durante más de un año.
No pasa mucho tiempo antes de que aparezca de nuevo en mi campo de visión con la pequeña Hayley entre los brazos y la maleta que Kim prepara cada mañana colgada en el hombro.
La bebé suelta un chillido gustoso en el instante en el que me mira y yo sonrío mientras extiendo mis brazos en su dirección para tomarla. Hayley estira sus pequeñas extremidades hacia mí y se aferra a mi cuello con tanta fuerza que me provoca una pequeña risa.
Cada día es lo mismo. Me recibe como si no me hubiese visto en años, y eso es tan dulce que a veces deseo con todas mis fuerzas tener una hija como ella para poder tener todo ese amor que Kim recibe por parte de su pequeña.
Amo tanto a esta niña que no puedo imaginar cuán duro será para mí cuando Kim conozca a un buen tipo y se case. No sé cómo voy a acostumbrarme a la ausencia de este pequeño bulto de amor que lo único que conoce son las risas y el amor de su madre y su padre.
—Comió demasiado esta tarde —Will advierte—. Si le vuelves a dar, probablemente vomitará.
—No te preocupes —digo, al tiempo que tomo la pañalera y la cuelgo sobre mi hombro—. Procuraré no darle más comida hasta que llegue Kim.
—Ve con cuidado. —El hombre frente a mí me regala una sonrisa amable, pero soy capaz de percibir la tensión en sus facciones. Sé que no se siente cómodo con nuestra pequeña interacción diaria, pero ambos sabemos que no tenemos otra opción.
—Te mandaré mensaje en cuanto estemos en casa —aseguro—. Tomaré un taxi en la avenida. Ayer el autobús venía bastante lleno y fue horrible para Hayley.
Will asiente.
—¿No quieres que te lleve?
Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios y niego con la cabeza.