Capítulo 10 #3
El silencio se apodera de todo el lugar en ese momento, pero no es incómodo. Al contrario, es familiar. Es tranquilo. Como aquel que solía instalarse entre nosotros cuando vivíamos juntos.
Harry nunca ha sido un chico expresivo. Su lenguaje corporal siempre se ha encargado de decir todo lo que siente. Al principio, interpretarlo era una proeza; pero con el paso del tiempo, aprendí a leer qué había detrás de todos y cada uno de sus gestos.
Ahora mismo, puedo jurar que se encuentra cómodo y nervioso al mismo tiempo. La manera en la que muerde la parte interna de su mejilla y el modo en el que su espalda se encorva hacia adelante lo delatan.
—¿Puedo confesarte algo, Maya? —Su voz suena baja y tímida, y me trae de vuelta al aquí y ahora.
Su atención está fija en la pequeña entre sus brazos, pero sé que puede sentir mi mirada sobre él.
—Claro —digo en voz baja.
—Soy yo quien desea comprarte el apartamento de Bayview-Hunters Point. —Suena avergonzado y temeroso.
—Lo sé —digo al cabo de unos segundos.
Una risa corta lo asalta y luce como si quisiera enterrar la cara en la tierra de la vergüenza.
—Soy un idiota, ¿no es así? —sonríe, pero hay un destello de tristeza en su expresión—. Sigo aferrándome a todo aquello que me lleva de vuelta al pasado. A los recuerdos… —Su mirada encuentra la mía y la inquietud aletea en mi pecho.
—Harry… —comienzo, pero él ni siquiera me da tiempo de terminar de formular la oración.
—La otra noche me di cuenta de muchas cosas, Maya…
Aparta la vista de mí y niega con la cabeza. Yo enmudezco por completo.
—Recuerdo todo lo que dije, ¿sabes? —susurra—. Recuerdo cada palabra de nuestra conversación.
No respondo. Me limito a mirarlo fijamente a la espera de lo que va a decir ahora.
—Voy a ser honesto contigo, ¿de acuerdo? —dice—. Voy a decirte la verdad, porque estoy cansado de tener que fingir que todo esto me importa una mierda. Voy a contarte la verdad de las cosas porque prefiero que me odies por ser un cobarde a que me odies por ser un hijo de puta.
Silencio.
—Nunca me entregué, Maya —dice tras un largo momento—.
No tuve las agallas para hacerlo. Creí que si me marchaba y tú creías que me había entregado me olvidarías y reharías tu vida.
—Niega con la cabeza, pero sigue sin mirarme—.
No pasaron más de tres meses antes de que los jefes de Rodríguez me localizaran.
Me dieron a elegir entre morir o hacerme cargo.
— Su voz suena cada vez más ronca—. Supongo que ahora que estoy aquí debes saber qué fue lo que escogí.
—Moja sus labios con la punta de la lengua, pero hay algo que no se siente correcto en su historia.
No creo ni una sola palabra de lo que dice y no sé por qué. Todo suena bastante lógico, pero todavía no le creo.
«¿Por qué?».
—Estuve trabajando para esta gente en New Jersey hasta que, eventualmente, me dieron la orden expresa de hacerme cargo del negocio aquí en San Francisco.
—Su voz suena casi mecánica. Como si hubiese practicado esas palabras una y otra vez frente a un espejo, para así no tener que estrujarse el cerebro en busca de algo para decir llegado el momento de hablar—.
Sabía que, si volvía, te enterarías de alguna u otra manera; es por eso que decidí que, cuando ese momento llegara, me comportaría como el más grande de los idiotas para que me odiaras y te alejaras de mí para siempre.
Noto cómo su manzana de Adán sube y baja cuando traga duro, y me mira. Hay algo erróneo en su mirada. Hay algo extraño en la manera en la que me observa y sé, desde lo más profundo de mi ser, que está mintiendo. Que algo está mal con lo que me está diciendo.
«¿Por qué demonios está mintiendo? ¿Será acaso que estoy desesperada por escuchar otra cosa y es por eso que no soy capaz de aceptar lo que dice?».
—¿Por qué se siente como si no estuvieses siendo honesto del todo? —Mi voz suena más ronca que de costumbre—. ¿Por qué no creo ni una sola palabra de lo que has dicho, Harry?
De pronto, luce como si hubiese sido golpeado en el estómago.
—Estoy diciéndote la verdad. —Se las arregla para decir, pero suena ansioso y nervioso.
Niego con la cabeza.
—Sé que ocultas algo —suelto, con determinación—. Te conozco lo suficiente como para saber cuándo mientes. ¿Qué es eso que no me estás diciendo?
—Lamento mucho que las cosas no sean como deseas, Maya; pero no hay más —replica—. Lo siento mucho, pero no soy el Harry valiente que siempre creíste que era. La verdad es que solo soy un maldito cobarde. Lo siento.
Mi vista se posa en él y siento cómo las lágrimas se agolpan en mis ojos.
—Sé que estás mintiendo. Estoy cansada de que siempre mientas —susurro con la voz entrecortada por el nudo que tengo en la garganta. Con la obstinación haciéndose cargo de mis emociones—. Estoy harta de que pretendas que crea todo lo que dices.
—Maya…
—Detente, Harry —suplico, con un hilo de voz—. Deja de hacerme estas cosas de una maldita vez. Por favor, deja de lastimarme.
Su vista se posa en mí y noto cómo sus facciones se contorsionan en una mueca cargada de dolor y angustia y, antes de que pueda registrarlo, coloca a Hayley sobre el pequeño portabebés que se encuentra sobre la alfombra.
Acto seguido, se yergue sobre su cuerpo y se gira para encararme. Todo pasa tan rápido que ni siquiera me doy cuenta de en qué momento avanza en mi dirección. Ahora se encuentra acuclillado delante de mí, y me mira con angustia y tristeza.
—¿Cómo? —La desesperación que le escucho al hablar hace que las lágrimas nublen mi vista—.
Por favor, dime cómo puedo dejar de lastimarte.
Dime cómo demonios hago para dejar de herirte —niega una vez más—.
Explícame cómo hacer las cosas bien, porque cada vez que intento hacer algo bueno por ti termino arruinándolo todo.
—Sus ojos esmeralda se clavan en mí. Luce más allá de lo angustiado y, por un doloroso instante, creo que él mismo es quien va a echarse a llorar en cualquier momento—.
Haré lo que sea, Maya, pero por favor, no llores.
No llores más por un hijo de puta que no vale la pena.
Cubro la boca con mis manos para ahogar el sonido que amenaza con abandonarme.
«¿De verdad está siendo honesto? ¿Soy yo quien no puede aceptar el hecho de que él volvió a elegir de manera equivocada? ¿Acaso puedo culparlo por no haberse entregado a la policía?».
—¿Por qué no te quedaste conmigo? —Las palabras salen de mis labios en un susurro entrecortado y las lágrimas, finalmente, me vencen.
Soy patética. Soy una completa idiota. No puedo creer que siga siendo esta persona.
Esta chica que aún no logra superar al hombre que se marchó y la abandonó.
Sigo siendo esa chiquilla estúpida que lo anhela a pesar de todas las cosas.
Esa Maya idiota que no entiende que amar no significa aceptar las migajas que el otro quiere darte.
—No llores —suplica, con la voz entrecortada, y siento cómo sus manos temblorosas se posan sobre mis mejillas.
Trato de decir algo, pero no puedo hacerlo. Las lágrimas no ceden y la quemazón provocada por el nudo que tengo en la garganta apenas me permite respirar.
El aroma a perfume y desodorante de hombre llena mis fosas nasales y, sin más, siento cómo la frente de Harry se pega a la mía. Su aliento caliente golpea mi mejilla derecha y siento cómo sus dedos se enredan en las hebras de cabello que hay en mi nuca.
No me aparto. No trato de empujarlo lejos de mí. Al contrario, me quedo aquí, quieta, mientras las lágrimas caen a raudales por mi rostro.
—Por favor, Maya, no llores —ruega y trato, desesperadamente, de calmarme.
Un balbuceo ininteligible es lo único que consigo arrancar de mis labios y él acaricia mis mejillas con sus pulgares.
—No llores, amor —susurra, y besa mi pómulo—. No soporto verte así. Besa mi mejilla.
—Por favor, Maya. Por lo que más quieras, no llores.
Sus labios se unen a los míos.