Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Otro suspiro lo asalta y noto cómo sus manos se aprietan en el volante del vehículo, a pesar de que este sigue aparcado; los músculos de sus brazos lucen tensos y apretados y sé, por la manera en la que su mandíbula se tensa, que está a punto de perder los estribos.

Jamás lo había visto así de angustiado. Luce completamente diferente al tipo desgarbado que yo conozco y eso me descoloca por completo.

En automático, mis sentimientos hacia la chica en cuestión se oscurecen.

Sé que no debería ser de esa manera, pero la verdad es que he entrado en un conflicto interno hacia ella.

Por un lado, se siente como si pudiese detestarla por hacer que mi mejor amigo se sienta miserable; y, por otro, simplemente me siento intrigada.

Intrigada por su actitud. Por desconocer el motivo de su rechazo.

—Hay… rumores sobre ella rondando en la universidad, pero nunca quise saber nada sobre eso porque no es algo que me importe, ¿sabes? —Se encoge de hombros—. Lo que la gente pueda o no decir acerca de ella me importa una jodida rebanada de tocino…

—¿Pero?

Una inspiración entrecortada es inhalada por sus pulmones.

—Pero ayer, que fui a buscarla para hablar, me abordó una chica y me dijo cosas…

—¿Qué clase de cosas?

Jeremiah duda y muerde su labio inferior antes de bajar la mirada. De pronto, luce como si estuviese a punto de echarse a llorar. No hay lágrimas en sus ojos, pero su expresión luce tan abatida que temo que pueda quebrarse en cualquier momento.

—Dicen que… —Traga duro y se detiene en seco. Silencio.

—¿Qué dicen, Jeremiah? —pregunto, en un susurro.

—Dicen que Emma es VIH positivo.

Por un segundo, no logro conectar los puntos. Me toma unos instantes darme cuenta de que Emma es el nombre de la chica que le gusta y me toma unos momentos más darme cuenta de lo grave de la situación.

—Oh, mierda…

—No quiero creerlo, ¿sabes?, pero todo encaja.

No tiene amigos en la universidad, es solitaria, hostil y siempre está a la defensiva.

Cuando recién la conocí no dejaba de decir que no es buena para mí y siempre está haciendo todo lo posible por alejarme.

—Niega con la cabeza y una risa amarga brota de sus labios—.

Todo tiene sentido ahora que lo pongo en perspectiva.

Ella trata de alejarme porque padece… —Se detiene abruptamente y noto cómo aprieta la mandíbula.

Su mirada encuentra la mía.

El brillo ansioso, angustiado y desesperado que hay en sus ojos me quiebra por completo. Sé que busca consuelo, pero no puedo dárselo. No sé qué decir. No sé qué hacer. Ni siquiera puedo imaginar cuán miserable debe sentirse en este momento.

¿Qué demonios haría yo en su lugar? La verdad, no lo sé.

No sé de qué manera reaccionaría si la persona de la que estoy enamorada me ocultara algo así, y la sola idea de él involucrándose con una persona así hace que mi estómago se revuelva.

No quiero que esté cerca de ella porque desde que era una pequeña me dijeron que una persona con VIH era una persona con la que no debía estar; sin embargo, tampoco quiero alentarlo a alejarse sin saber la verdad sobre las cosas.

No quiero alentar un prejuicio que el mundo se ha encargado de ponernos.

Después de todo, no sabemos si esto es cierto y, si así fuera, no soy nadie para juzgar a alguien por su condición.

Todo esto sin contar que, hasta donde yo tengo entendido, el virus de inmunodeficiencia adquirida no es el SIDA en sí.

La gente suele llegar a confundirlos y asumir que una persona con VIH es una persona que padece de SIDA, cuando la realidad es otra.

Una persona puede tener VIH sin tener SIDA.

La chica es portadora del virus que transmite la enfermedad; sin embargo, no está enferma.

—¿Qué piensas hacer? —susurro, con la voz entrecortada.

—No lo sé. —Su voz suena ronca y derrotada—. No sé qué mierda pensar ahora mismo, porque eso no es todo lo que dicen acerca de ella. —Su ceño se frunce en un gesto angustiado—. Dicen que contrajo el virus porque es…, tú sabes…, activa, con muchas personas.

—¿Y tú crees eso?

—No —dice, con seguridad—. Ella no es así. Si lo fuese, se habría acostado conmigo a la primera oportunidad, ¿no?

Asiento, porque tiene razón. Cuando una chica gusta de pasar el rato con los chicos no deja escapar la oportunidad de hacerlo.

Jeremiah tiene ya tiempo intentando cortejarla.

Es un hecho que, si las intenciones de esta chica fueran solo pasar el rato, habría accedido a todo con él casi de inmediato.

—¿Qué, si todo lo que dicen es mentira? ¿Qué, si todas esas habladurías fueron inventadas por alguien que desea destruir su reputación?

—digo, porque de verdad creo que existe esa posibilidad, y estiro mi mano para posarla sobre su hombro en un gesto conciliador—.

Tienes que hablar con ella respecto a esto.

Es tiempo de que sea sincera contigo y te hable con la verdad acerca de todo.

Si ella realmente es portadora, tienes derecho a saberlo.

Un músculo salta en su mandíbula debido a la presión que ejerce en ella, pero asiente en acuerdo.

—Tenía pensado ir a buscarla esta noche a su casa —dice. Suena asustado hasta la médula—. ¿Crees que sea una buena idea?

—Creo que es lo correcto —digo, en el tono más tranquilizador que puedo imprimir—. Ya verás que todo saldrá bien.

—Eso es lo único que espero —dice en un suspiro entrecortado y enciende el auto.

No necesita hacer más para hacerme saber que la conversación ha sido finalizada y que, por más que quiera consolarlo, no va a permitirme hacerlo—.

Tengo hambre. Después de entregar tus papeles, vamos a comer algo. Yo invito.

Una pequeña sonrisa triste se dibuja en mis labios, y asiento.

—Será un placer desfalcarte, como siempre —bromeo y él sonríe de vuelta, antes de que nos enfilemos hacia el tráfico.

—¡Ya llegué! —medio grito en dirección al pasillo cuando entro al apartamento.

Lo primero que hago luego de haber cruzado el umbral es lanzar los zapatos altos fuera de mis pies. No sé en qué momento se me ocurrió que era buena idea ir en zapatos altos al trabajo. Apenas sé andar con ellos.

Supongo que mirar cuán formal se viste la asistente personal del doctor Watson me hizo ser un poco más consciente de lo poco que cuido mi aspecto en la oficina. No es como si fuese en pantalones de chándal al trabajo, pero, si me comparo con ella, soy un vago.

Tampoco es como si me importara demasiado verme un poco menos arreglada que esa mujer; sin embargo, no puedo evitar sentir que desentono un poco con el lugar cuando llevo balerinas o pantalones de vestir.

Avanzo a paso lento al tiempo que deshago los primeros tres botones de la camisa que llevo puesta y despeino el moño que hice en la cima de mi cabeza esta mañana antes de salir de casa. Entonces, llego a la sala y me congelo en mi lugar.

Toda la sangre parece agolparse en mis pies en cuestión de segundos y mi pecho se contrae con violencia en el instante en el que mis ojos se encuentran con los suyos… Harry Stevens lleva a Hayley entre los brazos y la imagen que me otorga es tan dolorosa como maravillosa. Apenas puedo soportarla.

Una antigua fantasía invade mi cabeza en ese momento y un agujero se abre en mi tórax.

En ese momento, todas aquellas veces en las que fantaseé con un futuro a su lado y con uno o dos pequeños corriendo por los pasillos de una casa, lejos de toda la mierda en la que estuvimos envueltos, me invaden la cabeza.

Me invaden los pensamientos y me llenan el pecho de emociones contradictorias y dolorosas.

Mi cuerpo entero se estremece con la mera idea de todo eso que pudimos ser y que nunca fuimos y, de pronto, lo único que quiero hacer es torturarme con la imagen de Harry cargando a una bebé que no es nuestra entre sus brazos.

Él posa su atención en ella y todo en mi interior duele porque luce hipnotizado por la belleza inocente de la hija de Will y Kim. Hayley, por su parte, duerme como si estuviera segura de que, en los brazos protectores de ese hombre, absolutamente nada malo pudiese pasarle.

—¿Qué estás haciendo aquí? —digo, casi en un susurro.

Los ojos de Harry se demoran unos instantes más en el semblante de la pequeña y, durante un fugaz instante, me pregunto cómo demonios consiguió que Kim le permitiera cargarla cuando es tan sobreprotectora con ella.

Su vista me encuentra luego de unos segundos y barre la extensión de mi cuerpo con lentitud. Mi pulso se acelera cuando nuestros ojos vuelven a encontrarse.

Una media sonrisa se desliza en sus labios y un hoyuelo se dibuja en su mejilla en el proceso.

—Vine a ver cómo te encontrabas. —Su voz es tímida y baja. Sé que trata de no despertar a la niña—. Lamento no haberme reportado ayer. Estuve rastreando el paradero de Tyler y tuve que salir de la ciudad de improviso. A pesar de eso, dejé a alguien cuidando de ti, ¿pudiste notarlo?

Yo niego con lentitud, al tiempo que me acerco al sillón más cercano. Necesito sentarme. Mis piernas tiemblan demasiado y no quiero que él lo note.

—¿Lograste averiguar algo? —Sueno insegura y vacilante.

—No demasiado. —El pesar en su expresión es sincero—. Sé que contactó a uno de los clientes más allegados a Rodríguez y que ambos están trabajando juntos, pero sigo sin entender por qué demonios no ha hecho ningún movimiento. A estas alturas, era para que hubiese intentado asesinarme.

—¿Crees que sabe dónde te encuentras?

—Es lo más probable —asiente, pero no luce nervioso en lo absoluto.

—¿Crees que sabe dónde me encuentro yo? —Sueno más nerviosa que antes y toda la tranquilidad se va de sus facciones al instante. A pesar de eso, niega una vez más.

—Si lo supiera, ten por seguro que ya habría intentado hacerte algo. Él sabe que la única forma que tiene de hacerme alguna clase de daño es lastimándote a ti. —La facilidad con la que pronuncia eso me descoloca.