Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Mi teléfono ha dejado de vibrar y la pantalla ilumina el reducido espacio con su resplandor blancuzco.

Mis ojos se entrecierran cuando tomo el aparato y lo miro directamente.

El icono que indica las llamadas perdidas brilla en la parte superior izquierda de la pantalla y mi ceño se frunce en respuesta.

Son las tres de la madrugada. «¿Quién, en el infierno, llama a alguien a esta hora?». Estoy a punto de ingresar el código de seguridad para revisar el registro de llamadas cuando el aparato empieza a vibrar una vez más.

El teléfono casi cae de mis manos debido a la impresión que ha causado en mí, pero, a pesar de eso, lo detengo un segundo antes de que impacte contra el suelo alfombrado.

Un número sin registrar danza entre distintas tonalidades de verde, y lo miro fijamente mientras decido si debo responder o no.

El miedo repentino que me invade forma un nudo en la boca de mi estómago.

Me repito una y otra vez que no pasa nada, que no es Tyler quien me busca a esta hora y que estoy a salvo ahora mismo; luego deslizo mi dedo sobre la pantalla, antes de colocar el teléfono contra mi oreja.

—¿Sí? —Mi voz suena ronca, insegura y asustada.

—Me has arruinado. —La familiar voz arroja una oleada gigantesca de alivio y ansiedad a mi cuerpo.

—¿Harry? —Sueno casi feliz de que se trate de él, pero no me importa demasiado.

—Tú y solamente tú, Maya Bassi, eres la culpable de que esté completamente jodido. —La forma en la que arrastra las palabras hace que me dé cuenta de que ha bebido en exceso.

—¿Estás borracho? —Sueno más molesta de lo que pretendo.

—¡Por supuesto que no! —La fingida indignación en su tono casi me hace querer rodar los ojos al cielo.

No puedo creer que esté haciéndome esto. No se supone que yo deba lidiar con todo esto. No se supone que deba buscarme cuando ha dicho que solo fui una carga para él.

—Buenas noches, Harry —me despido. Sueno derrotada y cansada.

—¡No me cuelgues! —exclama, en el otro lado de la línea—, ¡por el amor de Dios, no me cuelgues!

¿Tienes idea del trabajo que me costó conseguir tu teléfono?

¿Tienes una idea del trabajo que me costó conseguir un teléfono en tan poco tiempo, en primer lugar, luego de haber destrozado el anterior?

Por favor, por lo que más quieras, no me cuelgues.

—Harry, mañana tendré un día largo; sin contar que me levanto temprano para ir a trabajar.

—Yo solo… —De pronto, suena como un pequeño niño indefenso—. Por favor, no me dejes, Maya. Estoy aquí afuera.

—¿Afuera? —La incredulidad tiñe el tono de mi voz y mi corazón se detiene durante una dolorosa fracción de segundo.

—¿Puedes salir? —Su pregunta solo hace que mis entrañas se retuerzan con ansiedad y nerviosismo.

—¿Estás aquí afuera? —susurro, con un hilo de voz. Me rehúso a creerlo—. ¿Afuera del edificio donde vivo?

El silencio se apodera del ambiente durante un par de segundos.

—Sí —dice, finalmente.

—Oh, mierda, Harry… —Mis párpados se cierran una vez más y me aprieto el puente de la nariz con mi mano libre, mientras trato de poner en orden mis pensamientos.

—Por favor, ven —suplica en tono lastimero y yo no puedo creer que esté haciéndome esto.

—Harry, lo mejor es que vayas a casa.

—No puedo. —Casi juraría que puedo notar el pequeño puchero que lleva en el rostro con base en la manera como se oye su voz—. El taxi ya se fue. No recuerdo dónde dejé mi auto. ¿Podrías, solo…, venir?

—No voy a hacerlo. No quiero. —Mis propias palabras calan en lo más profundo de mi ser. No quiero ser cruel, pero sé que estoy siéndolo.

—Solo quiero verte. —El dolor que tiñe su voz me saca de balance y un viejo recuerdo viene y me inunda por completo.

Él en el apartamento de Kim aporreando la puerta y exigiendo verme, él pidiéndome que lo escuche, él en estado de ebriedad, intentando llevarme de vuelta a su departamento…

—Voy a pedirte un taxi —resuelvo. Él guarda silencio unos instantes.

—De acuerdo, pero, por favor, ven… —ruega.

No sé qué hacer. Por una parte, ansío correr escaleras abajo para encontrarlo, y por otra solo deseo que desaparezca de una vez por todas. Solo deseo que mi vida vuelva a ese estado de cómoda tranquilidad en el que se había sumido.

Finalmente, lo decido. No puedo dejarlo en la calle a su merced. Es cruel y despiadado, incluso para mí. Es por eso que, luego de pensarlo otro poco, me pongo unas viejas sandalias y me enfundo un suéter tejido.

—Espera ahí —digo, a regañadientes—. Ya bajo.

Al salir del apartamento, me aseguro de cerrar bien la puerta y me apresuro por el pasillo silencioso hasta llegar a las escaleras.

Todo está en penumbra y lo único que soy capaz de distinguir es la altura de los escalones debido a la iluminación que se filtra a través de las pequeñas ventanas que dan hacia la calle.

Al llegar a la recepción del edificio tomo la llave del enrejado y abro la puerta. La calle frente a mí está completamente desierta y eso solo consigue que un pinchazo de preocupación me llene el pecho. «¿Dónde está?».

Barro la extensión de terreno con mucha lentitud. Mi corazón ha acelerado su marcha debido a la inquietud, pero no quiero entrar en pánico a pesar de que se siente como si pudiese hacerlo en cualquier instante.

«¿Me habrá mentido o solo estoy haciendo el ridículo?». Estoy a punto de tomar mi teléfono para regresarle la llamada cuando me percato de la figura que se encuentra tirada en el suelo, justo en la entrada del edificio.

—¿Harry? —Mi voz suena más temblorosa que nunca y doy un paso más cerca. El rostro de la persona sentada en la acera se eleva y no necesito mirarle de cerca para saber que se trata de él—. ¿Qué estás haciendo ahí?, leván… Oh, Dios mío.

Toda la sangre se drena de mi rostro en ese instante y un extraño dolor se apodera de mi pecho.

Con la poca iluminación de la calle, apenas soy capaz de distinguir las curvas de su rostro inflamado. Su ojo derecho está tan hinchado que su párpado se ha cerrado; un camino de sangre seca viaja desde su nariz hasta su cuello y pecho, y hay una enorme herida sangrante en su labio inferior.

Rápidamente, me arrodillo frente a él y, sin siquiera pensarlo, ahueco su rostro entre mis manos temblorosas para inspeccionarlo mejor.

—¡¿Qué demonios te pasó?! —suelto en un susurro tembloroso y angustiado.

Mis dedos tantean sus sienes y la parte trasera de su cabeza, en busca de alguna contusión o algún indicio de sangre, pero ahí no hay nada. Él hace un gesto desdeñoso con la mano y me regala una sonrisa que más bien parece una mueca de dolor.

—Nada especial. —La forma en la que habla me hace saber que está ahogado en alcohol—. Si te sirve de consuelo, yo me lo busqué.

—Necesitamos llevarte a un hospital. —Trato de sonar decidida y autoritaria, pero no lo consigo. No cuando ambos sabemos que no soy capaz de estar a su alrededor sin perder la compostura. Sin volver a ser ese ratón asustado del pasado.

Él niega una y otra vez antes de soltar una risita ahogada y corta.

—Estoy bien —asegura, sin dejar de reír del todo. Mi ceño se frunce en señal de frustración y enojo.

—No entiendo qué es tan gracioso —mascullo, al tiempo que tanteo sus brazos y su torso, todavía en la búsqueda de heridas graves.

—Tú eres graciosa. —El tono juguetón que utiliza hace que mi corazón se detenga una fracción de segundo—. Quiero decir: tu preocupación es graciosa.

—Bueno, gracias —suelto, con más aspereza de la que pretendo.

—También eres exasperante —observa.

—Es muy dulce de tu parte que menciones mis cualidades más brillantes. Ni siquiera se inmuta con mi sarcástica declaración.

—A veces eres un poco irritante —continúa y la irritación me pica las costillas.

—Tú no eres un encanto, si puedo ser sincera —río, sin humor.

Él se encoje de hombros y me regala una media sonrisa torcida. Un hoyuelo se marca en su mejilla en el proceso.

—También eres hermosa… —suspira y me congelo de inmediato.

Mi vista se alza de golpe en ese instante y, de pronto, me encuentro mirándolo a los ojos, o algo así. Mi exhaustiva revisión de su cuerpo ha sido abruptamente interrumpida por su comentario y no sé qué diablos debo responder a eso.

—¿Qué?

De pronto, su sonrisa se desvanece y me mira con una mezcla de dolor, angustia, frustración y desesperación.

—Me has arruinado para siempre. —Su voz suena más ronca que nunca—.

Me has arruinado porque ya nada ni nadie puede hacerme sentir lo que tú…

El aliento se atasca en mi garganta y un nudo comienza a formarse en la boca de mi estómago; al tiempo que me quedo aquí, quieta, y trato de digerir sus palabras.

—Tú me odias. —Sueno inestable y temblorosa.