Capítulo 6 #2
—Bien. Ahora, si me lo permite y está dispuesta, me encantaría saber qué es lo que ese hombre le hacía —dice; y yo, sin mirarlo a los ojos, comienzo a hablar.
El bonito automóvil del abogado aparca fuera del edificio en el que vivo. No puedo evitar sentirme avergonzada hasta la médula. El hombre, después de haberme hecho revivir los acontecimientos más tortuosos de mi vida, se ofreció a traerme a casa.
Perdí la cuenta de cuántas veces me negué a aceptar que me trajese, pero, de cualquier modo, no me dejó poner un pie fuera del restaurante en el estado en el que me encontraba. No lloré. No derramé ni una sola lágrima a pesar de que quería hacerlo, pero estaba visiblemente alterada.
De hecho, aún lo estoy. Aún no he podido dejar de temblar. No puedo arrancar del todo la sombra de los recuerdos que he evocado esta tarde.
—¿Se encuentra mejor? —La voz amable del abogado llega a mis oídos y me saca de mi ensimismamiento.
Mi respuesta es un asentimiento duro y rápido.
—Sí —digo, en voz baja y ronca—. Gracias por traerme. No era necesario, pero lo agradezco.
—No iba a dejar que se marchara así de alterada, señorita Bassi —dice, y me obligo a mirarlo.
Una sonrisa suave se dibuja en sus labios y me obligo a corresponder su gesto.
—Es usted muy amable, señor Schneider —digo, porque en verdad lo creo—. De verdad, muchas gracias.
—Deje de hablarme por mi apellido —sonríe, con diversión—. El señor Schneider es mi padre. Llámeme Douglas.
El rubor calienta mi rostro y ni siquiera sé por qué. Debe ser el brillo acogedor de su mirada. Quizás es solo el hecho de que hacía mucho tiempo que no pasaba el rato con un chico que no fuese Jeremiah.
Cuando bajo del auto, Douglas baja la ventanilla eléctrica de su auto y se inclina para mirarme.
—Gracias por tomarse el tiempo de atenderme —dice—. La mantendré al tanto de todo. Espero tener la fecha exacta del juicio a más tardar el miércoles de la próxima semana. Le llamaré cuando lo tenga todo resuelto.
—Esperaré noticias, entonces —respondo y doy un paso hacia atrás.
Él se despide con un asentimiento y enciende el auto antes de echarse a andar por la calle vacía.
Yo me quedo aquí, en la banqueta, mientras observo cómo vira en una esquina y desaparece de mi vista. Solo hasta ese momento, me atrevo a entrar al edificio.
Al llegar al apartamento me encuentro de frente con Kim, quien luce como si no hubiese dormido en años. Las pronunciadas bolsas debajo de sus ojos solo son acentuadas por la delgadez insana de su cuerpo, y su cabello enmarañado y su ropa sucia no hacen mucho por mejorar su aspecto.
Hayley consume su energía de formas que ni siquiera ella misma es capaz de comprender y el trabajo en el Joe’s Place es bastante agotador. No puedo ni imaginar cuán cansada debe sentirse en estos momentos.
Una sonrisa se dibuja en mis labios al ver cómo Hayley, quien apenas sostiene su cabeza y su pequeño cuerpo, se estira lejos de los brazos de su madre para mirarme. Me acerco a mi amiga y tomo al bebé entre mis brazos mientras susurro palabras dulces solo para ella. Luego de eso, miro a Kim.
—Ve a dormir un rato —digo, al tiempo que le guiño un ojo—. Lo necesitas. Yo me encargo de Hayley y de la cena.
—No quiero abusar —dice, pero luce esperanzada.
—Ve —le sonrío—. De verdad lo necesitas. Te ves como la mierda.
Ella me muestra el dedo medio de su mano derecha y una sonrisa se dibuja en mis labios al instante.
—Tú tampoco luces como una jodida modelo, si me lo preguntas —masculla, a manera de broma, pero ya ha comenzado a encaminarse hacia su habitación.
Yo niego con la cabeza en ese momento y poso toda mi atención en la pequeña, quien ha empezado a jugar con las hebras sueltas de mi cabello.
Los zapatos abandonan mis pies al tiempo que trato de apartar los mechones de sus manos, ya que ha comenzado a tirar de ellos.
De pronto, un golpeteo resuena en la puerta principal. Me las arreglo para cambiar a Hayley de posición para así recargar su peso en mi cadera, y me encamino hacia la entrada para abrir la puerta.
La pequeña en mis brazos hace un ruido agudo mientras sonríe como si le hubiese contado el chiste más mono de la vida y una carcajada se me escapa mientras le abro a quien sea que ha llamado.
Echo un vistazo fugaz a la entrada, de forma distraída, y toda la sangre se me agolpa en los pies en cuestión de segundos… Mi atención vuelve al umbral a toda velocidad, y mi cuerpo entero se estremece en el instante en el que me topo de frente con la figura imponente de Harry Stevens.
Su mirada penetrante se posa en mí y luego en Hayley, y una tormenta de emociones se apodera de su rostro. De pronto, luce como si hubiese sido golpeado con fuerza en el estómago.
Una parte de mí se permite fantasear un poco e imaginar, solo por un segundo, lo que habría sido de nosotros si hubiésemos podido continuar.
¿Seguiríamos juntos? No lo creo. Él apenas me toleraba. Era cuestión de tiempo para que nuestra historia terminase.
—¿Qué haces aquí? —suelto, en un susurro inestable—. ¿Cómo, en el infierno, supiste cuál es mi departamento?
De pronto, su expresión cambia y vuelve a ser esa inescrutable y dura de hace unos instantes.
—El tipo que te trajo tiene un auto bonito —dice, sin responder a mi pregunta—. ¿Es tu novio?
—¿Qué? —La indignación tiñe mi voz.
Una sonrisa lobuna y burlona se desliza por sus labios, pero el gesto no toca sus ojos.
—Luce como el tipo de hombre con el que siempre te visualicé, ¿sabes?
—dice, con aire casual, pero algo se siente erróneo en su manera de hablar—. ¿A qué se dedica?, apuesto a que es maestro o algo por el estilo. Tiene pinta de no saber cómo usar las manos para trabajar.
—¿Qué estás haciendo aquí? —escupo, y me deleito con la forma en la que se contorsiona su rostro en una mueca frustrada.
Él se encoje de hombros.
—¿No puedo venir a saludar a una vieja amiga? —Trata de sonar casual, pero fracasa terriblemente.
—Tú mismo dijiste la otra noche que me querías fuera de tu vida, que te habías marchado porque ya no soportabas estar cerca de mí; ¿por qué me buscas, entonces?
—No te busco —refuta y su ceño se frunce con indignación. Mis cejas se alzan con incredulidad.
—Ah, ¿no? ¿Entonces qué haces aquí?
Su vista se posa en la pequeña que hay en mis brazos y da un paso dentro del apartamento. Luego, se inclina ligeramente para que su rostro quede a la altura de ella. Sigue sin responder a mis preguntas y eso me irrita sobremanera.
—¿Es la hija de Will? —El tono dulce y bajo que utiliza hace que mi pecho se contraiga—. Nunca mencionó que era así de bonita.
Sus palabras caen como balde de agua helada sobre mí y, cuando estira su mano para tocarla, la aparto de su alcance. Su vista se alza y noto el atisbo de confusión en su mirada. Por un doloroso momento, luce herido.
—No voy a hacerle nada. —Su voz suena ronca y molesta.
—¿Has hablado con Will? —suelto, en un siseo furioso.
De pronto, su expresión cambia de la indignación al entendimiento, y todo su cuerpo se tensa cuando se da cuenta de lo que acaba de ocurrir.
—¿De qué hablas? —dice, y sé que trata de hacerse el tonto.
—Dijiste: «Nunca mencionó que era así de bonita».
¿Eso quiere decir que has hablado con él en los últimos meses?
—Espero un segundo, pero él no dice ni una sola palabra, así que hablo de nuevo—: ¿Él sabía que habías vuelto?
¿Sabía que no te entregaste? —El coraje aumenta con cada palabra que pronuncio y el pánico en la mirada de Harry solo confirma que mis conjeturas son correctas.
La traición, la decepción y el coraje se mezclan en mi sistema y crean un monstruo de resentimiento, enojo y frustración.