EPÍLOGO
AURORA
Seis meses después…
Me seco el sudor de la frente con una sonrisa mientras escucho el último chiste de Alice. Las luces del carnaval parpadean a nuestro alrededor y proyectan largas sombras sobre el recinto ferial mientras cerramos el puesto de comida.
—Te juro que si tengo que oler otro perrito caliente, me va a dar algo —se queja Lily mientras tira una bolsa de basura al contenedor.
Me río y niego con la cabeza.
—Venga ya, sabes que te encanta.
—Tiene razón —interviene Alice con los ojos brillantes—. Te he pillado dándole un mordisco cuando crees que nadie te ve.
—¿Cómo te atreves? Yo no como esas cosas.
Se lleva una mano al pecho con una sonrisa en los labios.
La indignación fingida de Lily nos hace estallar en carcajadas.
Doblo los últimos manteles y no puedo evitar asombrarme de lo natural que me resulta todo esto ahora.
Hace nueve meses, jamás habría podido imaginarme aquí, rodeada del caos caprichoso de la vida del carnaval.
Y ahora, no me imagino viviendo en ningún otro lugar.
Gage me ha dado una libertad auténtica, más allá de lo que jamás hubiera soñado.
Cuando me ayudó a obtener justicia y acabar con la vida de mi padre, fue un punto de inflexión para mí.
Ojalá hubiera alguna forma de darle la misma liberación a él, pero el hombre responsable de su oscuridad ya está muerto.
Sin embargo, después de animarlo mucho, he conseguido que dibuje más. Su boceto de mí era buenísimo, y tiene un talento increíble, uno que Tyson está aprovechando para que diseñe pancartas para el carnaval.
Dan y Charlotte ya nos han visitado un par de veces. Hablo con ellos todas las semanas, y aunque los echo muchísimo de menos, he encontrado dos amigas increíbles: Lily y Alice.
—Tierra llamando a Aurora —Alice agita la mano frente a mi cara—. ¿Te has ido otra vez a las nubes?
Parpadeo al darme cuenta de que me había perdido en mis pensamientos.
—Perdona, es que... estaba absorbiéndolo todo, ¿sabes?
La expresión de Lily se suaviza.
—¿Todavía no te crees que ahora eres una de nosotras, una feriante, eh?
—A veces —admito, mirando a mi alrededor las luces parpadeantes y las carpas de colores—. Pero no lo cambiaría por nada del mundo.
Mientras terminamos de limpiar, nos envuelven los sonidos del carnaval al cerrar por la noche. Las risas lejanas de los rezagados, el chirrido de las atracciones al apagarse y la música amortiguada de los últimos puestos de juegos se han convertido en una sinfonía reconfortante para mí.
—¿Echamos una carrera hasta las caravanas? —sugiere Alice.
—¡Hecho! —coreamos Lily y yo, y salimos corriendo mientras nuestras risas resuenan en el aire nocturno.
Corro hacia las caravanas con el corazón rebosante de alegría.
Los sonidos moribundos del carnaval se desvanecen a mi espalda mientras corro, con los pies golpeando la tierra compactada.
De repente, un par de manos enormes me agarran por detrás.
Antes de que pueda gritar, una se cierra sobre mi boca y me silencia al instante.
Mi cuerpo se tensa y la adrenalina inunda mi sistema. Observo impotente cómo Lily y Alice desaparecen en la noche, ajenas a todo. El miedo me invade al darme cuenta de que estoy sola, a merced de quien me tenga en su poder.
Pero entonces percibo su olor, esa mezcla inconfundible de almizcle, grasa y algo que solo es suyo. Gage. Mi corazón acelerado se ralentiza un poco.
Lucho contra su agarre férreo, más por instinto que por un deseo genuino de escapar. Su aliento cálido me roza la oreja y me envía escalofríos por la columna. A pesar del miedo, siento una emoción familiar que crece dentro de mí.
Me arrastra hacia atrás, lejos de las luces, hacia las sombras entre las caravanas.
El agarre de Gage se afloja y sus labios me rozan la oreja.
—Corre, pequeña —gruñe con la voz amortiguada por la máscara—. Corre y no mires atrás.
El corazón me late con fuerza en el pecho mientras me suelta, y tropiezo hacia adelante con las piernas temblándome de adrenalina.
Miro hacia atrás por encima del hombro y vislumbro su silueta imponente, la máscara de calavera brillando a la luz de la luna.
Una emoción me recorre y salgo corriendo hacia el bosque, con los pies llevándome sobre el terreno irregular.
Los árboles se cierran a mi alrededor, con las ramas extendidas como manos que intentan atraparme. Los pasos pesados de Gage resuenan a lo lejos, detrás de mí.
Me abro paso entre los árboles, respirando en jadeos cortos. El aire nocturno está fresco contra mi piel y la adrenalina me inunda las venas.
Irrumpo en un claro donde la luz de la luna se filtra a través del dosel. Me detengo un momento, con el pecho agitado, y aguzo el oído en busca de alguna señal de Gage. El bosque está en silencio, salvo por los sonidos distantes del carnaval y los latidos de mi corazón.
De repente, una ramita cruje detrás de mí y me giro con los ojos muy abiertos. Gage emerge de las sombras, su silueta masiva cerniéndose sobre mí. Retrocedo con los labios entreabiertos.
Avanza hacia mí con movimientos depredadores, los ojos brillándole detrás de la máscara. Acorta la distancia entre nosotros y levanta las manos para agarrarme, lo que me obliga a dar otro paso atrás.
Al instante me doy cuenta de mi error cuando algo me iza en el aire por las piernas y quedo colgada boca abajo de una cuerda atada a un árbol. Mierda. No puedo creer que haya vuelto a caer. No es la primera vez que usa una trampa conmigo.
Gage empezó a ponerse creativo hace unos meses. Creo que Cade le dio algunos consejos. Lily mencionó que a Cade siempre le ha encantado atraparla con trampas. Y a Gage le encanta usar una trampa de lazo para atraparme.
—Te atrapé —dice con voz retumbante mientras avanza hacia mí, que estoy suspendida boca abajo de la cuerda.
La máscara oculta su expresión, pero puedo ver el hambre oscura en sus ojos azules. El corazón se me acelera cuando extiende las manos y me recorre los costados con gesto posesivo.
Sus manos grandes me agarran los muslos mientras se acerca más, con las caderas presionando contra mi cara. Cierro los ojos y la respiración se me acelera. Su toque es rudo y me envía chispas de placer por todo el cuerpo.
—Sabes lo que pasa cuando te atrapo —murmura—. Eres mía.
Sus dedos se clavan en mi carne y gimo, incapaz de contenerme. De repente, se baja la cremallera y su polla dura me golpea la mejilla. Un escalofrío me recorre. Lo deseo, anhelo la liberación que solo él puede darme.
—Abre bien, pequeña —gruñe, con el puño cerrado en mi pelo.
Abro la boca de par en par y lo recibo entero, grueso y enorme, hasta el fondo de mi garganta. En esta posición tiene acceso total, y me encanta. Me usa, se da placer con mi boca y mi garganta. Y yo estoy indefensa, cabeza abajo y atada, reducida a un juguete.
Sus embestidas se vuelven más insistentes, su agarre en mi pelo se tensa. Gimo con él en mi boca, cierro los ojos con fuerza mientras me concentro en la sensación de su dominio.
—Eso es, tómalo —dice entre dientes, con la voz ronca de deseo—. Siente lo duro que me pones, cuánto deseo hacerte mía por completo.
Gimo, incapaz de responder con su polla llenándome la boca. Mi garganta se contrae en torno a él, y gruñe, sus caderas vacilan mientras busca su propio placer.
Se retira de golpe, dejándome sin aliento. Entonces me arranca las bragas; la falda se me ha subido hasta las caderas por estar colgada cabeza abajo. Siento su lengua en mi punto más sensible. Mi espalda se arquea por instinto, mi cuerpo ansía más, pero estoy atada.
Estar atrapada e inmovilizada intensifica las sensaciones. La excitación de sentirme indefensa, de estar a su merced, me acerca al límite.
—Abre bien —ordena.
Abro la boca, entra de nuevo en mi garganta y me relajo para recibirlo hasta el fondo. He mejorado en esto; he aprendido a controlar las arcadas en los últimos meses.
La lengua de Gage se mueve cada vez más rápido sobre mi clítoris hasta que veo estrellas. El placer crece y crece, tensándose cada vez más dentro de mí. Su polla entra y sale de mi boca mientras pierdo el control y grito mi orgasmo en la noche.
Mi cuerpo tiembla por la fuerza del orgasmo. Con la vista nublada, veo a Gage apartarse. Se quita los pantalones, saca el cuchillo y me libera de la trampa.
Caigo al suelo y aterrizo de golpe, hecha un ovillo.
Pero no hay tiempo para recuperarme: Gage ya está sobre mí. Veo el destello del acero bajo la luz de la luna y siento el escozor del cuchillo mientras me corta la ropa, haciéndome trizas la falda y las bragas.
Se cierne sobre mí con los ojos brillantes de intenciones oscuras, y entonces sus manos me rodean el cuello, apretando lo justo para que chispas de placer me recorran el cuerpo. Mi espalda choca contra el suelo del bosque y siento la aspereza del terreno clavándose en mi piel.
Su gruesa polla me roza la entrada e inclino las caderas hacia él, invitándolo en silencio a tomar lo que quiera. Quiero que sepa que soy suya, que anhelo su dominio y su poder.
Como si leyera mis pensamientos, gruñe y se hunde en mí, haciéndome suya con una embestida brutal. Grito y mi cuerpo tiembla ante la fuerza de su posesión.
Grito mientras la gruesa polla de Gage me estira al límite. Lo siento duro e implacable, llenándome. Me agarra el pelo con fuerza, me toma la boca en un beso brutal y nuestras lenguas se enredan en una danza salvaje de dominio.
Forcejeo debajo de él, no en protesta, sino para acercarme más, para sentirlo más. Rompe el beso y arrastra los labios por mi cuello; sus dientes me rozan la piel sensible. Me sujeta las muñecas por encima de la cabeza, manteniéndome cautiva mientras sus caderas se mueven en un ritmo implacable.
—Por favor... más fuerte —jadeo, arqueando la espalda para ir al encuentro de sus embestidas. Quiero que me tome con toda la intensidad salvaje de la que sé que es capaz.
Obedece; sus movimientos se vuelven más salvajes, más indomables. Siento la fuerza de sus embestidas en la boca del estómago, la punta de su polla alcanzando lo más profundo de mí con cada golpe. Su agarre en mis muñecas se tensa, recordándome su fuerza, su poder sobre mí.
El áspero suelo del bosque me raspa la espalda con cada embestida brutal.
Gage se inclina y su aliento caliente me roza el oído.
—Eres mía —gruñe con la voz espesa de deseo—. Toda mía.
Asiento frenéticamente con los ojos cerrados con fuerza.
—Sí, tuya. Por favor, más fuerte.
Deja escapar un sonido gutural, entre gruñido y gemido, y su ritmo se vuelve aún más frenético. Siento la sangre latir en mis venas, el cuerpo al borde de algo explosivo.
Sus embestidas se vuelven más intensas y urgentes, y sé que él también está cerca. Me muerdo el labio, decidida a aguantar, deseando correrme con él. Sus dedos se clavan en mi carne y dejan marcas que sé que seguirán ahí mañana, recordatorios de este momento.
Y entonces, con una embestida final y brutal, llega al clímax; su cuerpo se tensa mientras me llena con su descarga. Mi orgasmo llega después, arrasándome con una intensidad que me roba el aliento.
Por un momento, ambos nos quedamos quietos, con los cuerpos enredados, los corazones latiendo al unísono. Siento su aliento caliente contra mi cuello, su pecho agitado contra el mío.
Poco a poco se desploma sobre mí y todo su peso me presiona contra el suelo. Lo rodeo con los brazos, lo estrecho contra mí mientras disfruto de su cercanía.
—Aurora —susurra con voz ronca, cargada de emociones que no logro identificar.
Lo abrazo con más fuerza, hundo el rostro en su cuello e inspiro su aroma.
—Lo sé —susurro—. Estoy aquí.
Gage rueda de costado y me lleva con él. Nuestros cuerpos siguen unidos. El aire fresco de la noche me hace estremecer y él me acerca más, rodeándome con los brazos en gesto protector.
Yacemos en la quietud del bosque mientras nuestros corazones se calman, con los cuerpos aún unidos. Siento el latido constante de su corazón contra mi pecho, su aliento suave sobre mi piel.
Sé que esta quietud no durará. Nuestro tiempo juntos siempre está salpicado de explosiones de intensidad, pero saborearé estos momentos de paz mientras duren.
Sé que la oscuridad nunca está lejos para ninguno de los dos.
Pero por ahora, en este espacio íntimo y tranquilo, solo estamos nosotros dos, entrelazados, libres de las sombras que nos persiguen del pasado.
Yazgo en los brazos de Gage y siento el calor de su cuerpo contra el mío. El bosque que nos rodea está en silencio, salvo por el suave susurro de las hojas en la brisa nocturna. Recorro con los dedos las cicatrices de su pecho, palpando los surcos que cuentan la historia de su pasado.
—Te quiero —susurro con la voz apenas audible—. Cada parte de ti. La oscuridad, la luz, todo lo que hay en medio.
Me abraza con más fuerza y sus labios me rozan la frente.
—Yo también te quiero, Aurora. Más de lo que jamás creí posible.
Hemos recorrido un largo camino desde aquel primer encuentro en el carnaval. No ha sido fácil, ha estado lleno de momentos de miedo, duda y dolor. Pero hemos enfrentado nuestros demonios juntos y hemos aprendido a abrazar nuestra oscuridad mientras alimentamos la luz que hay en cada uno.
—Sabes —digo, incorporándome sobre el codo para mirarlo a los ojos—, nunca pensé que encontraría a alguien que me entendiera como tú. Que aceptara todos mis pedazos rotos.
Gage me acaricia la mejilla y desliza el pulgar suavemente por mi piel.
—Nos estamos curando el uno al otro, pequeña. A nuestra manera retorcida.
Me río bajito y asiento.
—No es convencional, pero nos funciona. Me has enseñado a aceptar mis deseos, a encontrar fuerza en la vulnerabilidad.
—Y tú me has demostrado que soy capaz de amar —responde con la voz cargada de emoción—. Que no soy solo un monstruo.
Lo beso, volcando todo mi amor y mi aceptación en el gesto. Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya.
—Los dos somos un poco monstruosos —admito esbozando una sonrisa—. Pero somos perfectos el uno para el otro. Me haces sentir viva, Gage. Me desafías, me entusiasmas y me haces sentir segura, incluso en medio del peligro.
Me rodea con los brazos y me atrae contra su pecho. No dice nada, pero sus ojos hablan por él.
Nos quedamos allí, abrazados, con los cuerpos y las almas entrelazados. El carnaval, con sus luces y su ruido, parece estar a años luz. Aquí, en este momento, solo existimos nosotros: dos personas rotas que encuentran plenitud en los brazos del otro.
Gracias por leer Carnival Monster.