Moldeándola (Serie Pasiones profesionales) CAPÍTULO 1
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Moldeándola (Serie Pasiones profesionales)

Moldeándola (Serie Pasiones profesionales)

Por Sasha Simpson

© inepub.com

CAPÍTULO 1

El gimnasio estaba en silencio a esta hora del día, justo como a Riley le gustaba. Nada de esa mierda de hora punta con tíos gruñendo en el press de banca y tías haciéndose selfies junto a los espejos. Solo ella, música de fondo decente y el golpazo satisfactorio de las pesas al caer al suelo.

Vanessa Hartley. El nombre le llevaba dando vueltas en la cabeza desde que lo vio en el sistema de reservas esa mañana.

Nueva clienta, recomendada por su asistente personal, lo que normalmente significaba dinero, actitud y expectativas poco realistas sobre transformar el culo en tres semanas.

El formulario de admisión estaba prácticamente vacío también.

Sin lesiones, sin historial médico, solo «entrenamiento de fuerza» escrito con letra pulcra.

O esta mujer era aburrida a más no poder, o estaba ocultando algo. Riley apostaba por lo segundo.

Las puertas de cristal se abrieron de par en par como si le debieran dinero a alguien, y Riley levantó la cabeza de golpe. Mierda, pensó, porque la mujer que entraba parecía sacada de la portada de alguna revista de negocios pija.

Alta, rubia y arreglada de esa forma que gritaba dinero.

Llevaba el pelo recogido tan tirante que podría haber estado pintado, y vestía el tipo de ropa de gimnasio que probablemente costaba más que el alquiler de Riley.

Mallas de marca, top a juego, una especie de abrigo de cachemira echado sobre los hombros como si fuera a la ópera, no a una sesión de gimnasio sudorosa.

Y estaba con el puñetero móvil, por supuesto.

—No, el jueves no. Dije el viernes, y quise decir el viernes —estaba diciendo, con voz seca y tajante—. Las proyecciones trimestrales no se ajustan a tu conveniencia, Marcus.

Riley se quedó donde estaba, con los brazos cruzados, observando todo el numerito.

Ya había visto a este tipo de gente antes: la clase que trataba a todo el mundo como si fueran empleados, incluso cuando eran ellas las que pagaban por un servicio.

Normalmente, o eran pesadillas totales o sorprendentemente majas una vez que conseguías romper la coraza de reina de hielo.

La mujer —Vanessa, tenía que ser— ni siquiera echó un vistazo alrededor al entrar. Se quedó ahí plantada como si fuera la dueña del lugar, terminando la llamada con un cortante «Encárgate» antes de colgar a mitad de conversación.

Sus miradas se cruzaron desde extremos opuestos del gimnasio, y Riley sintió un pequeño escalofrío. Joder, esta mujer tenía unos ojos intensos: gris azulado pálido, como cielo de invierno. El tipo de ojos que te hacían sentir evaluada, catalogada, archivada para referencia futura.

—Hartley —dijo Vanessa, acercándose con el tipo de zancada que dejaba claro que nunca había tenido que esperar por nada en su vida—. Siento llegar tarde.

No sonaba arrepentida. Ni lo más mínimo.

Riley se despegó de la pared.

—Riley. Y tranquila, ya me imaginaba que acabarías apareciendo.

El apretón de manos fue breve y profesional. La mano de Vanessa estaba fría, su agarre firme sin necesidad de demostrar nada. Profesional, pero con un matiz que hizo que a Riley se le erizara ligeramente la piel.

—Venga, vamos a ponerte en marcha —dijo Riley, señalando hacia la zona de esterillas—. Tenemos unos cuarenta minutos para ver de qué vas. Nada demasiado bestia para ser tu primera vez.

Vanessa asintió, pero Riley veía que no estaba escuchando de verdad. Tenía la atención dispersa: mirando el móvil, echando vistazos a las ventanas, en cualquier sitio menos en el aquí y ahora.

Comportamiento clásico de ejecutiva estresada. Riley había tratado con muchas así. Normalmente tardaban unas cuantas sesiones en dejar de tratar el gimnasio como otra reunión que tachar de la lista.

—Empezaremos suave —dijo Riley, haciendo unos círculos básicos con los brazos—. Solo para ir moviendo todo, ¿vale? Que el cuerpo se vaya despertando.

Vanessa la imitó, pero era como ver a alguien rellenando la declaración de la renta. Técnicamente correcto, cero entusiasmo. Cumpliendo el trámite porque tocaba, no porque quisiera.

Riley mantuvo la cháchara al mínimo. No tenía sentido presionar cuando alguien claramente no estaba de humor. Mejor dejarles que fueran entrando a su ritmo.

—Vale, vamos a probar unas sentadillas con copa —continuó Riley, cogiendo una mancuerna ligera—. Movimiento básico, pero me va a decir mucho de cómo te mueves.

Le mostró a Vanessa la técnica: peso a la altura del pecho, bajar en sentadilla, volver a subir. Pan comido, salvo cuando no lo era.

Vanessa cogió el peso con el mismo entusiasmo que había mostrado con todo lo demás: es decir, ninguno. Pero Riley estaba atenta, y podía ver la tensión trepando por la columna de aquella mujer como hiedra por una pared.

A la tercera repetición, las grietas empezaban a asomar.

La respiración de Vanessa se volvía entrecortada, la técnica yéndose a la mierda a pesar del peso patético que estaba usando.

La coleta perfecta se le estaba soltando, y Riley pilló un atisbo de algo que podría haber sido emoción humana real en aquellos ojos helados.

Cuando pasaron a las planchas, la cosa se puso interesante de verdad.

—Aguanta treinta segundos —dijo Riley, observando cómo Vanessa se colocaba en posición.

A los veinte segundos, Vanessa temblaba como un flan. La mujer que había entrado como si fuera la dueña del mundo no podía aguantar una plancha básica ni medio minuto. Le temblaban los brazos, el sudor le perlaba la frente, y aquella compostura perfecta se estaba resquebrajando por la mitad.

—Puedes apoyarte en las rodillas si lo necesitas —ofreció Riley en voz baja.

—No lo necesito —masculló Vanessa, pero las caderas se le subían hacia el techo, la técnica completamente perdida.

Riley no dijo nada, solo esperó. Efectivamente, diez segundos después, Vanessa se dejó caer sobre las rodillas con un resoplido frustrado que sonaba peligrosamente parecido a un gruñido.

Por un instante, la máscara cayó del todo. Riley vio la sorpresa, la inseguridad, quizá incluso un destello de algo parecido a la vergüenza. Y luego desapareció, las murallas volvieron a alzarse como si alguien hubiera pulsado un interruptor.

—Sigamos —dijo Vanessa con brusquedad, como si no hubiera pasado nada.

Trabajaron el resto de la evaluación, y Riley fue tomando nota de todo: cómo Vanessa acumulaba tensión en los hombros como si le pagaran por ello, el movimiento restringido de las caderas, el control férreo que mantenía incluso cuando su cuerpo le gritaba a voces que lo soltara.

Al repasar la sentadilla con copa, Riley se colocó detrás de ella para corregirle la postura.

—Baja esto —dijo, colocando dos dedos suavemente entre los omóplatos de Vanessa.

La reacción fue inmediata. Vanessa se quedó completamente inmóvil —no una simple pausa, sino como si alguien le hubiera dado al pause en toda su existencia—. Dejó de respirar, y Riley sintió la tensión recorrerla como una descarga eléctrica.

El contacto duró quizá tres segundos, pero pareció más largo. Lo bastante para que Riley notara el calor de la piel de Vanessa a través de la camiseta, lo bastante para percibir cómo su cuerpo reaccionaba al contacto, lo bastante para que algo cambiara entre ellas.

—Entendido —dijo Vanessa por fin, con voz contenida.

Pero no se apartó. No puso distancia. Se quedó ahí, con los dedos de Riley aún en su espalda, y de pronto ambas fueron conscientes de que aquello parecía algo más que entrenamiento profesional.

Riley apartó la mano y carraspeó.

—Venga, terminemos con los estiramientos.

La última parte de la sesión tuvo otra energía. No el silencio distraído de antes, sino algo más intenso. Como si alguien hubiera reconectado a Vanessa con su propio cuerpo y por fin estuviera prestando atención.

Durante los estiramientos de isquiotibiales, Vanessa no aguantó la posición más de diez segundos. Riley la vio forcejear, con la frustración pintada en la cara, y no pudo evitar reírse.

—Estás más tensa que una puta goma elástica —dijo, meneando la cabeza—. ¿Qué haces todo el día, sentarte en reuniones y apretar el culo?

Las palabras quedaron flotando en el aire, y por un segundo Riley se preguntó si se había pasado de la raya. Tenía la boca muy suelta, siempre la había tenido, y no siempre sentaba bien a los estirados del mundo corporativo.

Pero entonces lo vio: un leve tic en la comisura de los labios de Vanessa. No era una sonrisa, apenas una mueca, pero algo. Como si hubiera pillado la broma y hasta le hubiera hecho gracia.

Vanessa se incorporó, cogió la toalla y se secó a pesar de apenas haber sudado.

—¿El miércoles a la misma hora? —preguntó, de vuelta al modo profesional.

Riley asintió mientras recogía el equipo.

—Claro. Pero intenta no llegar tarde, jefa.

La palabra se le escapó antes de poder frenarla, medio desafío, medio broma. Observó la reacción de Vanessa, lista para echarse atrás si había ido demasiado lejos.

Pero Vanessa se limitó a arquear una ceja perfectamente perfilada, y esos ojos claros le sostuvieron la mirada un largo momento. No sonrió, pero algo cambió en su expresión. Algo que parecía casi interés.

—El miércoles —confirmó Vanessa. Se colgó el bolso de marca al hombro y se envolvió en aquel abrigo como si fuera una armadura.

Riley la observó caminar hacia la salida, pura precisión controlada y poder a duras penas contenido. En la puerta, Vanessa miró atrás un instante, y sus ojos se cruzaron desde un extremo al otro del gimnasio.

Otra vez esa sacudida. Más intensa esta vez.

Y entonces se marchó, y Riley se quedó sola en el gimnasio en silencio, con el corazón latiendo más deprisa de lo que debería tras una sesión tan suave.

Se miró las manos, aún sintiendo el calor fantasmal de la piel de Vanessa bajo los dedos.

—¿Qué coño ha sido eso? —murmuró, meneando la cabeza mientras empezaba a recoger.