Modelo a seguir (Game Changers 5)
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Capítulo 1
—A ver, prueba sin sonreír.
Troy Barrett asintió mirando a la fotógrafa —una joven con el pelo corto y canoso y acento francocanadiense— y se guardó su torpe intento de sonrisa. Lo sustituyó por su típica mirada fría y ausente.
—Mejor —dijo la fotógrafa.
Era la primera vez que traspasaban a Troy y posar para la cámara con el jersey rojo y negro de los putos Ottawa Centaurs, que, la verdad, era bastante feo, se hacía raro.
Hasta el día anterior, Troy había sido un delantero estrella en los Toronto Guardians, el mejor equipo de la división.
Hasta esa semana, había tenido amigos, posibilidades de ganar la Copa Stanley y un ático precioso con vistas a la Torre CN .
Ahora Troy vivía en una habitación de hotel en las afueras de Ottawa con vistas al aparcamiento de un Costco.
Desde luego, no era la zona guay de la ciudad.
¿Acaso Ottawa tenía alguna zona guay? Toronto tenía los partidos de los Raptors y conciertazos y fiestas alucinantes. Ottawa tenía edificios del gobierno y ríos.
Y el peor equipo de hockey de la NHL .
—Creo que con esto servirá —dijo la fotógrafa y salió de detrás de la cámara—. Y oye. Te felicito por haberte encarado con Dallas Kent.
Troy se estremeció al oír ese nombre. Tal vez ahora le ocurriera siempre.
—Es complicado —murmuró.
Era una expresión que había utilizado mucho últimamente.
—Pues para mí quedó bien clarito.
La fotógrafa le dedicó una sonrisa cálida y algo bromista.
Troy no le respondió con otra sonrisa, aunque ella tenía razón.
No había habido nada ambiguo en lo que Troy le había gritado a la cara a Kent durante un entreno.
Todos los que estaban en la pista lo habían oído y todos los que habían visto el vídeo que se había filtrado luego también.
«Eres un violador de mierda, Dallas».
No había mucho que interpretar…
Ojalá a la liga le importara una mierda que una de sus mayores estrellas fuera un monstruo, pensó Troy. Ojalá no hubiera conocido nunca a aquel tío. Ojalá nunca hubiera sido su compañero de habitación durante los viajes, su compañero de línea en la pista. Su mejor amigo.
Ojalá se hubiera fijado más en lo que había estado haciendo Dallas todos aquellos años. En qué clase de persona era.
Enterarse de la verdad sobre su amigo había sido el primer golpe. Enterarse de que el equipo del que tanto se había esforzado por formar parte —es más, del que tan orgulloso estaba de formar parte— estaba decidido a proteger a Dallas había sido la estocada final.
Dio las gracias a la fotógrafa y luego, en un torpe intento de ser amable, le preguntó:
—Perdona, ¿cómo has dicho que te llamas?
—Gen.
—Encantado, Gen. —Pensó qué otra pregunta educada podía hacerle—. ¿Haces casi todas las fotos del equipo?
Ella empezó a sacar la cámara del trípode.
—Suelo encargarme de lo que se hace fuera de la pista. Retratos y fotos promocionales. Trabajo con Harris. ¿Lo conoces?
A Troy le habían presentado a quienes se encargaban del equipamiento, a entrenadores, preparadores físicos y al médico del equipo, pero supuso que Harris no era ninguna de esas personas.
—Creo que no, pero se me da fatal acordarme de la gente.
—Es quien lleva las redes sociales del equipo. Y, confía en mí, te acordarás de él.
Troy no tenía la menor idea de qué quería decir eso. ¿Sería Harris un capullo? ¿Un bicho raro? ¿Un tío bueno? Además, Gen estaba subestimando su capacidad para olvidarse de la gente.
Y, si las cosas iban como él deseaba, tendría la menor interacción posible con el jefe de redes sociales del equipo. A Troy no le interesaban nada esas chorradas.
Dejó que Gen recogiera el material y se dirigió al vestuario. A primera hora, cuando había llegado al entreno, la sala estaba casi vacía, pero sabía que ahora debía de haberse llenado bastante.
La primera persona en la que se fijó al entrar fue Wyatt Hayes, el único del equipo que había jugado con Troy en Toronto.
Wyatt había sido el portero de reserva de los Guardians hasta dos temporadas antes.
Ahora era el portero titular de Ottawa y era un puto crac.
En realidad, era un buen tipo, aunque lo más seguro era que odiase a Troy, y no porque Troy hubiera gritado a Dallas Kent.
Sino porque, para empezar, Troy había sido amigo de Dallas.
Y también porque Troy había dedicado toda su carrera a ser un capullo integral.
No había sido simpático con Wyatt cuando este era el portero suplente, así que no merecía hacerse amigo suyo ahora que él era una estrella de la NHL .
Wyatt lo miró desde el banco en el que estaba atándose los cordones del patín.
—Entonces ¿es verdad?
—Me temo que sí —dijo Troy con intención de parecer gracioso.
La sala, en la que había un barullo tremendo cuando había entrado Troy, se había quedado en silencio.
Wyatt se puso de pie.
—¿Estamos ante el nuevo y mejorado Troy Barrett?
Troy se obligó a aguantarle la mirada a Wyatt.
No había nada serio ni intimidante en él, pero Troy siempre había considerado que su bondad incondicional era algo inquietante.
Troy tendía a gravitar hacia hombres que estaban en el extremo opuesto del espectro.
Hombres que despreciaban y se burlaban de tipos simpáticos como Wyatt.
Troy le contestó con tanta sinceridad como pudo.
—Eso intento.
Wyatt le dedicó una sonrisa algo cautelosa, pero sin duda más cálida que los amagos anteriores de Troy ante la cámara.
—El enemigo de mi enemigo es…, bueno, no voy a decir «mi amigo» aún, pero te daré una oportunidad.
Troy bajó la mirada al suelo.
—Gracias.
Aliviado de haberse quitado eso de encima, buscó su taquilla y empezó a desvestirse.
La sala volvió a llenarse de cháchara y él dejó de notar las miradas de sus compañeros de equipo clavadas en él.
Mientras se ponía los calcetines rojos y negros nuevos, le llegó una voz con un acento ruso que le resultaba familiar y que se hizo oír por encima del jaleo del vestuario.
—¿Aún no ha llegado Harris?
El capitán del equipo, Ilya Rozanov, repasó la sala con la mirada como si el tal Harris con el que todo el mundo parecía estar obsesionado se hubiera escondido por alguna parte entre los jugadores.
—Creo que no —respondió Evan Dykstra, un defensa contra el que Troy había jugado, pero con quien no había hablado nunca—. Pero sí está el tío nuevo, Barrett.
Movió la cabeza y la visera de su gorra de camuflaje señaló en dirección a Troy.
Rozanov miró un momento al jugador recién llegado y luego dirigió la atención hacia Wyatt.
—Harris dijo que hoy traería un cachorro.
A Troy se le calentó la nuca de la vergüenza. Así serían las cosas si quería seguir jugando al hockey: habría compañeros de equipo que lo odiarían por haberse juntado con Dallas Kent en algún momento y otros que lo odiarían por ser un traidor. No existía la opción de hacer amigos.
Probablemente fuera mejor así. A veces los amigos resultaban ser monstruos.
—Seguro que llega enseguida —dijo Wyatt—. Y tienes que saludar a tu compañero nuevo, Roz. Forma parte del pack cuando eres capitán del equipo.
—Vale.
Rozanov fue dando zancadas hasta donde estaba sentado Troy. Se quedó un momento de pie ante él, con el ceño fruncido. Rozanov era mucho más alto que Troy, que solo medía uno setenta y cinco, y a Troy le costó no encogerse ante la mirada dura del capitán.
—¿Se supone que ahora tienes que caerme bien? ¿Tengo que pensar que eres un buen tío porque por fin te has dado cuenta de que tu mejor amigo es un puto cabrón?
Troy consiguió aguantarle la mirada.
—Solo he venido a jugar al hockey.
Era una respuesta tímida, pero también era cierta. No podía prometer más que eso.
Rozanov lo analizó otro momento y luego por fin le dio la mano.
—Bienvenido a Ottawa. Confío en que te gusten los museos aburridos.
Más que un apretón de manos fue una palmada, y, en cuanto acabó el gesto, Rozanov se dio la vuelta y se alejó.
No era una bienvenida cálida, pero tampoco era tan mala como podría haber sido.
Los antiguos compañeros de Troy de Toronto se habían cabreado con él y le habían llamado de todo, desde traidor hasta… mucho peor.
«¿En serio te crees lo que dicen esas putas que quieren llamar la atención?».
«Está claro que mienten, Barrett. Las mujeres son unas mentirosas de mierda».
«Pensaba que podía confiar en ti».
Mientras Troy tiraba del jersey de entrenamiento, se formó un revuelo cerca de la entrada del vestuario. Oyó una voz fuerte que no reconoció, seguida de la exclamación de Rozanov:
—¡Joder, sí! Por fin.
En medio de la sala había un cachorrito negro.
Era adorable en todos los sentidos, desde sus pies grandotes a sus orejitas suaves y caídas y la cola que se movía emocionada sin parar.
El cachorro había convertido al instante una sala llena de jugadores de hockey que se las daban de machotes en un puñado de emoticonos cuquis con corazones en los ojos.
Pero, mientras los nuevos compañeros de Troy solo tenían ojos para el cachorro, él centró la atención en el hombre que lo acompañaba.
Era atractivo. Robusto y fuerte, con el pelo rubio oscuro bien peinado y la barba corta.
Llevaba una cazadora vaquera encima de una camisa de cuadros y Troy se fijó de inmediato en que lucía por lo menos tres pines relacionados con el Orgullo en la cazadora.
Troy se sintió como si acabaran de inyectarle agua helada en las venas. Más allá de las Noches del Orgullo oficiales de rigor, nunca había visto a nadie que mostrara de forma tan descarada símbolos con el arcoíris en un vestuario.
Sabía que no era el único jugador queer de la NHL —Scott Hunter, por ejemplo, no paraba de repetirlo—, pero le daba pavor salir del armario. O hacer algo que pudiera indicarle a alguien que era gay. Que tenía novio.