Libro VI #2
El momento central del ritual era la presentación del nuevo faraón ante los dioses del Alto y el Bajo Egipto.
En la ciudad de Menfis, en el templo de Ptah, y en la ciudad de Heliópolis, en el templo de Ra, el nuevo rey realizaba los ritos que lo conectaban con las tradiciones religiosas de ambas mitades del país.
Cada rito era una afirmación: yo soy Horus, yo soy hijo de Ra, yo soy el que Amón ha engendrado.
Los dioses, representados por sus estatuas y por los sacerdotes que las animaban con sus rituales, reconocían al nuevo faraón y le transferían la autoridad que necesitaba para gobernar.
Los Textos de las Pirámides incluyen himnos de coronación que son también cosmogonías: el nuevo faraón que ocupa el trono es como el sol que sale por primera vez, como Atum que emerge de las aguas de Nun, como el cosmos que se organiza desde el caos.
Cada coronación es un comienzo del mundo, una renovación de la creación, una prueba de que el orden no se ha roto sino que continúa bajo una nueva forma.
El faraón que se corona no hereda un estado: hereda un cosmos.
El festival Sed, celebrado después de treinta años de reinado y luego a intervalos más frecuentes, era la renovación ritual de la coronación: una reafirmación de que el faraón seguía siendo capaz de portar la divinidad, de que su cuerpo no había cedido al desgaste de la humanidad hasta el punto de ya no poder contener la fuerza de Horus.
Los relieves que representan el festival Sed muestran al faraón corriendo un circuito ritual que demostraba su vitalidad física y espiritual ante los dioses y ante su pueblo.
El rey que no podía correr ese circuito era un rey cuya capacidad para sostener el cosmos estaba en duda.
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Cuando una mujer fue Horus: Hatshepsut
Hatshepsut fue faraona de Egipto durante aproximadamente veinte años, entre el 1479 y el 1458 antes de nuestra era.
No como regente de su hijastro menor de edad, papel que también ejerció, sino como faraona de forma plena, con los cinco títulos reales, la doble corona, el nombre de Horus inscrito en el serej y los atributos divinos de la realeza.
Las representaciones que mandó hacer de sí misma en los templos que construyó la muestran con la barba postiza ceremonial y el cuerpo masculino de los faraones convencionales.
Otros relieves en los mismos templos la representan como mujer.
Hatshepsut no ocultó su sexo: lo llevó junto a su divinidad real, como si ambas cosas pudieran ser verdad simultáneamente, porque en su caso lo eran.
La justificación teológica de su reinado fue la misma que la de cualquier faraón: la voluntad de Amón.
Los relieves de su templo funerario en Deir el-Bahari narran el relato de su concepción divina con el mismo detalle que los de Amenhotep III en Luxor: Amón visitó a su madre en la forma de su padre Tutmosis I, y del encuentro nació Hatshepsut, elegida desde antes de nacer para el trono de Egipto.
El argumento era irrefutable dentro de la lógica del sistema: si Amón la había elegido, ningún hombre podía impugnar la elección.
Su reinado fue próspero. La expedición que organizó hacia el país de Punt, cuya ubicación exacta sigue siendo debatida pero que correspondía aproximadamente a la costa de Somalia o Eritrea, fue uno de los logros más celebrados de su gobierno: las barcas regresaron cargadas de mirra, ébano, marfil, pieles de leopardo y animales vivos.
Los relieves que representan esa expedición en Deir el-Bahari son documentos etnográficos de primer orden además de propaganda real.
Y los obeliscos que Hatshepsut erigió en Karnak, dos de los más altos que se conocen, chapados en electrum para que capturaran la luz del sol en su cima, son todavía hoy visibles, uno de ellos en pie.
Después de su muerte, su sucesor e hijastro Tutmosis III ordenó borrar su imagen y su nombre de los monumentos que había construido.
El proceso fue metódico y, en los estándares egipcios, bastante tardío: comenzó décadas después de la muerte de Hatshepsut, cuando Tutmosis III ya reinaba sin rival y no tenía ninguna razón política urgente para el borrado.
Los estudiosos debaten todavía los motivos: algunos argumentan que fue un acto de rencor postmortem, otros que fue una decisión sucesoria para garantizar que el reinado de Tutmosis III apareciera como la continuación directa del de su padre Tutmosis II, sin el paréntesis de la reina.
Hatshepsut fue redescubierta por la arqueología moderna en el siglo XIX, y su historia fue reconstruida lentamente a medida que los nombres borrados podían ser leídos debajo de las capas de yeso que los habían cubierto.
En 2007, la identificación de su momia, encontrada en la tumba KV60 del Valle de los Reyes y reconocida como Hatshepsut por la correspondencia de una muela con el fragmento de un molar guardado en su caja de cosméticos, completó el ciclo: la faraón que había sido borrada del registro oficial regresó a la historia con nombre y cuerpo.
La tercera muerte de Hatshepsut no se produjo.
Lo que el caso de Hatshepsut revela sobre la teología real egipcia es más sutil que la simple afirmación de que una mujer podía ser faraón.
Revela que el sistema de legitimación era suficientemente flexible para acomodar lo que la voluntad divina requiriera, y suficientemente poderoso para proteger esa acomodación durante décadas.
Hatshepsut no tuvo que cambiar el sistema: lo usó.
Lo que el sistema decía era que el faraón era quien Amón elegía, y Amón la había elegido a ella.
Que su cuerpo fuera el de una mujer era, en la lógica del sistema, un detalle menor en comparación con la voluntad del dios.
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Ramsés II y Qadesh
En el quinto año de su reinado, el faraón Ramsés II condujo a su ejército hacia el norte de Siria para enfrentarse al rey hitita Muwatalli II en las cercanías de la ciudad de Qadesh, en el valle del río Orontes.
Lo que ocurrió allí, en algún momento del verano de 1274 antes de nuestra era, fue una de las batallas más grandes de la Edad del Bronce: miles de carros de combate de ambos lados, decenas de miles de soldados, el control de Siria como objetivo.
Militarmente, el resultado fue un empate.
Mitológicamente, fue la mayor victoria de la historia de Egipto.
Ramsés II ordenó que la batalla de Qadesh fuera narrada en los muros de cinco templos: Abidos, Karnak, Luxor, Abu Simbel y el Raméseum, y en varios papiros.
La narración que mandó inscribir es una de las piezas de propaganda real más elaboradas de la antigüedad y también, en su núcleo, uno de los documentos más honestos sobre la naturaleza del poder divino del faraón.
Porque la narrativa oficial de Qadesh no oculta que el ejército egipcio fue emboscado y que Ramsés II se encontró momentáneamente solo, rodeado por miles de carros hititas, con sus propias tropas en retirada.
Lo que la narración dice que ocurrió en ese momento es el corazón del mito: Ramsés, solo contra miles, invocó a Amón.
Las palabras que el texto le atribuye son de una intimidad sorprendente para un texto monumental: padre Amón, ¿qué es esto?
¿Un padre puede olvidar a su hijo? La respuesta de Amón fue inmediata: le dio la fuerza de cien mil hombres, le infundió el valor del corazón de Ra, y Ramsés solo, en su carro, cargó contra los hititas y los puso en fuga.
El texto describe la escena con una exaltación que no intenta disimular su carácter extraordinario: un hombre contra un ejército, y el hombre ganó porque un dios estuvo a su lado.
La verdad histórica de Qadesh, reconstruida a partir de fuentes hititas y de la lógica militar, es que ninguno de los dos lados ganó decisivamente.
Ramsés escapó de la emboscada gracias a la llegada de refuerzos, los hititas no pudieron tomar el campamento egipcio, y la batalla terminó sin que ninguno de los dos ejércitos pudiera reclamar el territorio disputado.
Trece años después, Ramsés y el sucesor de Muwatalli firmaron el primer tratado de paz documentado de la historia humana, reconociendo implícitamente que ninguno había ganado la guerra.
La distancia entre la realidad de Qadesh y el mito de Qadesh es la distancia entre lo que ocurrió y lo que el cosmos requería que hubiera ocurrido.
El faraón no podía perder una batalla porque el faraón era Horus y Horus no pierde.
Si los hechos contradecían esa afirmación, los hechos debían ser reinterpretados hasta que la afirmación volviera a ser verdad.
Ramsés II fue el maestro de esa reinterpretación: convirtió una situación que habría arruinado a cualquier general ordinario en la prueba definitiva de su divinidad.
Un hombre ordinario habría sido destruido por la emboscada hitita.
Ramsés fue salvado por Amón. La diferencia entre los dos no era de táctica: era de naturaleza.
Los relieves de la batalla de Qadesh en Abu Simbel, el templo más impresionante que Ramsés construyó, tallado directamente en el acantilado de Nubia, con cuatro colosos de veinte metros del faraón flanqueando la entrada, muestran a Ramsés en su carro, disparando flechas contra una masa de enemigos en derrota.
La escena es la imagen definitiva del faraón como guerrero divino, del rey que no necesita ejército porque lleva a un dios dentro.
Que el templo de Abu Simbel esté orientado de manera que el sol del amanecer ilumine la estatua del faraón en el sanctasanctórum en los solsticios no es una coincidencia de diseño: es la afirmación de que Ramsés y Ra son la misma fuerza.
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Los templos como imágenes del cosmos