Mitología Egipcia (Mitologias del mundo 2) Libro V #5
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Libro V #5

Los Textos de los Sarcófagos introdujeron también material nuevo que los Textos de las Pirámides no contenían: instrucciones más detalladas para navegar la Duat, descripciones más elaboradas del Campo de las Cañas, conjuros para transformarse en diferentes formas animales durante el viaje (el halcón, el cocodrilo, la serpiente) que permitían al difunto moverse por el inframundo con la agilidad de los seres que lo habitaban.

El inframundo se volvió más complejo a medida que más gente lo habitaba, o al menos a medida que más gente necesitaba herramientas para atravesarlo.

La línea que va de los Textos de las Pirámides a los Textos de los Sarcófagos al Libro de los Muertos es la línea de la democratización progresiva de la esperanza de la resurrección.

En tres mil años, el privilegio del rey se convirtió en el derecho de cualquier egipcio que pudiera pagar a un escriba para que le copiara los conjuros correctos.

La desigualdad no desapareció: los papiros más elaborados con las mejores ilustraciones los compraban los ricos, y los pobres se enterraban con versiones abreviadas o sin texto alguno.

Pero la promesa era, en principio, universal.

Cualquiera que hubiera vivido con Maat podía aspirar al Aaru.

Los conjuros no creaban esa posibilidad: la confirmaban y la activaban.

* * *

El olvido como extinción. La tercera muerte

El sistema egipcio de la supervivencia postmortem tiene una vulnerabilidad que los propios textos reconocen y temen: depende de que alguien recuerde.

El Ka necesita ofrendas. El Ren necesita ser pronunciado.

La momia necesita permanecer intacta. El Akh necesita que su nombre esté inscrito en algún lugar del mundo visible para mantener el vínculo con el cosmos de los vivos.

Si todo eso falla, si las ofrendas cesan, si el nombre es borrado, si la momia es destruida, si nadie en el mundo recuerda al difunto, entonces ocurre lo que los textos llaman la tercera muerte, la muerte verdaderamente definitiva.

Los sacerdotes funerarios, los que realizaban los rituales diarios en los templos funerarios, los que recitaban el nombre del difunto y presentaban las ofrendas generación tras generación, eran la primera línea de defensa contra la tercera muerte.

Su contrato con la familia del difunto era perpetuo en teoría: a cambio de un terreno o de una renta regular, se comprometían a mantener el culto del difunto indefinidamente.

En la práctica, los cultos raramente sobrevivían más de tres o cuatro generaciones.

La memoria institucional tiene sus límites, y los intereses de los vivos eventualmente se imponen sobre las obligaciones hacia los muertos.

Esta fragilidad de la memoria explica la obsesión egipcia con la piedra como material de inscripción.

La madera se pudre, el papiro se desintegra, el lino se deshace.

La piedra dura. Los obeliscos, las estelas, los muros de los templos cubiertos de inscripciones: todo ello era inversión en permanencia, apuesta de que el nombre grabado en granito podría sobrevivir el tiempo suficiente para ser pronunciado por alguien, por cualquiera, en algún momento futuro indefinido.

El nombre pronunciado era el Ren activado, y el Ren activado era la existencia continuada del difunto.

Los faraones que borraron los nombres de sus predecesores de sus monumentos (y esto ocurrió con frecuencia, ya fuera por motivos políticos, religiosos o simplemente para reutilizar el material) estaban cometiendo, en la lógica egipcia, un acto de violencia postmortem.

Borrar el nombre de Ajenatón no era solo una revisión histórica: era un intento de causarle la tercera muerte, de extinguirlo en todas las dimensiones de la realidad.

La determinación con que sus sucesores trabajaron para borrar su memoria sugiere que lo tomaban muy en serio.

Hay una ironía en la historia de las momias egipcias que los propios egipcios habrían encontrado perturbadora.

Miles de momias, sacadas de sus tumbas por ladrones de tumbas o por arqueólogos o por comerciantes de antigüedades, perdieron sus nombres cuando perdieron sus cartuchos y sus papiros identificadores.

Hoy descansan en museos de todo el mundo como Momia X o Hombre del Período Tardío, sin nombre, sin Ren activo, sin la posibilidad de que nadie los llame por lo que fueron.

Son los candidatos más probables a la tercera muerte: cuerpos preservados durante miles de años solo para llegar al anonimato.

Y sin embargo el pensamiento egipcio ofrece un consuelo que los propios egipcios quizás no anticiparon: el olvido que ellos más temían, el olvido del nombre individual, coexiste con una forma de memoria que ninguna tercera muerte puede extinguir.

El nombre de Osiris se pronuncia cada vez que alguien estudia la religión egipcia.

El nombre de Isis resuena cada vez que un historiador escribe sobre las religiones de misterio del mundo antiguo.

El nombre de Maat se activa cada vez que alguien piensa en la justicia como principio anterior a cualquier ley humana.

Algunos nombres resultan ser más grandes que las piedras en que fueron grabados, y sobreviven en la sustancia misma del pensamiento humano, donde ningún cincel puede llegar.