Mitología Egipcia (Mitologias del mundo 2) Libro V #4
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Libro V #4

El Aaru es un espejo del mejor Egipto. El Nilo fluye allí pero siempre en la cantidad justa, sin las inundaciones catastróficas ni las sequías que en el mundo de los vivos hacían la agricultura un ejercicio de incertidumbre perpetua.

Los campos producen cosechas de una abundancia que supera todo lo que el valle del Nilo más fértil podía ofrecer: las espigas de trigo del Aaru, según los textos, miden tres veces la altura de un hombre.

Los árboles dan fruta en todas las estaciones.

Los canales de irrigación están siempre llenos y limpios.

Los muertos que viven en el Aaru trabajan esos campos.

Este detalle ha sorprendido a muchos lectores modernos: ¿un paraíso donde hay que trabajar?

Pero la sorpresa refleja una concepción del paraíso diferente a la egipcia.

Para los egipcios, el trabajo (la labranza, la artesanía, la construcción) no era una maldición sino la actividad que daba sentido a la existencia.

Un paraíso sin trabajo sería un paraíso sin propósito, y una existencia sin propósito sería una forma de muerte.

El Aaru no es un lugar de descanso eterno: es un lugar de actividad perfecta, de trabajo sin agotamiento, de esfuerzo sin sufrimiento.

Los ushebti, las figuritas de trabajador que se colocaban en las tumbas en número de hasta trescientos sesenta y seis, uno por cada día del año más uno supervisor, estaban allí para ese trabajo.

Si el difunto era llamado a realizar una tarea en el Aaru, el ushebti respondía en su lugar: así se colocaba en la tumba, y así se inscribía en su base el sortilegio que le ordenaba responder cuando se lo llamara.

La presencia masiva de ushebti en las tumbas de los ricos no es un signo de que los ricos esperaban un paraíso sin trabajo: es un signo de que el paraíso con trabajo era suficientemente serio como para delegar.

El difunto justificado en el Aaru no pierde su identidad.

Sigue siendo quien fue: conserva sus recuerdos, sus afectos, su nombre.

Los textos describen reuniones de difuntos que se reconocen, comunidades de familiares que continúan su vida juntos en el más allá.

La muerte no borra lo que se fue: lo preserva en una forma más estable y menos vulnerable que la forma mortal.

Lo que el cuerpo perdía al morir (la capacidad de enfermar, de envejecer, de ser herido) el Akh lo recuperaba como la capacidad de existir sin esas limitaciones.

El Aaru conecta también con el cosmos en movimiento: cuando Ra pasa con su barca por la parte de la Duat que limita con el Campo de las Cañas, los justificados que viven allí se despiertan brevemente y reciben su luz.

No es la misma experiencia que la luz del sol en el mundo de los vivos: es algo más directo, más íntimo, la experiencia de la fuente antes de que la fuente se filtre a través de la atmósfera y las distancias.

Los muertos justificados ven a Ra de cerca, y Ra ve a los muertos justificados.

La comunidad del cosmos incluye a los vivos, a los dioses y a los muertos. Solo Ammit ha excluido a algunos.

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Los Textos de las Pirámides

La tradición textual que culmina en el Libro de los Muertos tiene sus raíces en los documentos más antiguos de la escritura religiosa humana.

Los Textos de las Pirámides, tallados en las paredes de las cámaras interiores de las pirámides reales de la V y VI dinastía (desde la pirámide de Unas, hacia el 2350 antes de nuestra era, hasta las pirámides de varios faraones de la VI) son los textos religiosos más antiguos que se han conservado en el mundo.

Son anteriores al Génesis, anteriores al Rig-Veda, anteriores a cualquier texto religioso de Mesopotamia o de las culturas del Indo.

Los Textos de las Pirámides no son una obra homogénea compuesta en un momento único.

Son una colección acumulada durante siglos, quizás milenios, de textos de procedencias diversas: himnos al sol, conjuros funerarios, listas de dioses, descripciones del más allá, fórmulas de protección contra las serpientes y los animales peligrosos del inframundo.

Algunos de sus textos son tan arcaicos que los propios escribas del Imperio Antiguo que los copiaban encontraban dificultades para entenderlos.

Son ventanas a una época del pensamiento religioso egipcio anterior a la historia escrita.

Su función era exclusivamente real. Las pirámides eran las tumbas de los faraones, y los textos en sus paredes eran el equipamiento espiritual que el rey necesitaba para su viaje al más allá.

Ningún hombre que no fuera faraón tenía acceso a esos textos ni derecho a usarlos.

El rey de Egipto tenía una relación con los dioses que ningún otro ser humano podía reclamar, y su muerte era un evento de consecuencias cósmicas que ningún rito ordinario podía gestionar.

Los Textos de las Pirámides eran la herramienta exclusiva para gestionar ese evento.

Durante el Imperio Medio, la exclusividad real se rompió.

Los Textos de los Sarcófagos, una versión ampliada y adaptada de los Textos de las Pirámides, con material nuevo y una organización diferente, comenzaron a aparecer en los ataúdes de nobles, funcionarios y personas de posición elevada que no eran de sangre real.

La democratización de los textos sagrados fue un proceso gradual y no sin resistencias, pero su lógica era irresistible: si el faraón podía usar conjuros para garantizar su resurrección, ¿por qué no podía hacerlo también el noble que servía al faraón?

¿Y el escriba que servía al noble? ¿Y el artesano que construyó la tumba del escriba?