Libro I
Antes del principio
Nun, el océano que siempre estuvo
Antes de que existiera cualquier cosa, existía Nun.
No como un dios con nombre propio, no como una voluntad que decidiera ser, sino como la condición previa de toda existencia posible: el océano primordial, el agua sin orillas, el silencio anterior al primer sonido.
Los egipcios lo imaginaban oscuro, inerte, infinito en todas las direcciones.
No había arriba ni abajo porque todavía no había luz que revelara la diferencia.
No había tiempo porque todavía no había nada que cambiar.
Nun no creó el mundo. Nun lo contuvo. Esa distinción es fundamental para entender el pensamiento religioso egipcio: la materia del cosmos no vino de la nada, sino que emergió de algo que ya estaba ahí desde siempre, algo que los teólogos de Heliópolis nunca intentaron explicar porque explicarlo habría sido reducirlo a una causa, y Nun no tenía causa. Era el antes absoluto.
El término egipcio que designa este océano primordial está compuesto por los jeroglíficos del agua y del concepto de infinitud.
Lo que los textos transmiten no es la imagen de un mar corriente, sino la de una plenitud sin forma: agua que no moja porque todavía no hay nada que mojar, oscuridad que no asusta porque todavía no hay nadie que tema.
Nun no es el caos en el sentido griego de desorden.
Es la potencialidad pura, el estado en que todo podría ocurrir pero todavía no ha ocurrido nada.
Los Textos de las Pirámides, tallados en los corredores interiores de las pirámides de la V y VI dinastía —los textos funerarios más antiguos que el mundo conoce—, describen ese estado primordial con una precisión que asombra: antes de que el cielo existiera, antes de que la tierra existiera, antes de que los hombres existieran, antes de que la muerte existiera, había Nun.
La fórmula se repite con variaciones a lo largo de siglos, como si los sacerdotes necesitaran invocar ese origen cada vez que acompañaban a un faraón a su tumba, como si recordar el principio fuera la única manera de garantizar que el muerto pudiera seguir.
En muchas representaciones tardías, Nun aparece como una figura humana sumergida hasta los brazos en el agua, elevando con las manos la barca solar de Ra.
La imagen es teológicamente precisa: Nun no desaparece cuando el cosmos nace.
Permanece debajo de todo, sosteniendo el orden que emergió de él.
Las aguas subterráneas, el Nilo en su crecida, la humedad que hace posible la vida en el desierto: todo ello era, para los egipcios, una manifestación de Nun que seguía presente, que nunca había dejado de estar.
Esto tiene una consecuencia importante que recorre toda la mitología egipcia: el mundo no es eterno.
El orden cósmico —lo que los egipcios llamaban Maat— es un logro frágil que se sostiene sobre un océano de caos latente.
Los dioses no crearon el mundo una sola vez y se retiraron.
Trabajan cada día, cada noche, para que Nun no vuelva a tragarse lo que de él emergió.
El amanecer no es un fenómeno mecánico sino una victoria renovada sobre el no-ser.
Hay algo de melancólico en esta cosmología, y también algo de profundamente honesto.
Los egipcios, que vivían en un estrecho corredor verde rodeado por el desierto y fertilizado por las crecidas caprichosas del Nilo, sabían mejor que nadie que el orden es una excepción y el caos la norma.
Nun no era una metáfora literaria. Era la experiencia concreta de una civilización que cada año veía cómo las aguas cubrían la tierra y retrocedían, y que había aprendido a leer en ese ritmo la pulsación del universo entero.
Nun es también, en un sentido que los textos no verbalizan pero que está implícito en toda la tradición, el origen de los propios dioses.
Ra emerge de Nun. Atum se autoengendra sobre las aguas de Nun.
Los ocho poderes primordiales de Hermópolis nadan en Nun antes de que el mundo exista.
Ningún dios del panteón egipcio tiene una anterioridad absoluta: todos llegaron después de las aguas oscuras, todos deben su existencia a algo que no es un dios sino la condición de posibilidad de todos los dioses.
Los teólogos del período tardío, confrontados con la pregunta de qué había antes de Nun, respondieron que la pregunta era malformada.
No había un antes de Nun, igual que no hay un norte del Polo Norte.
Nun es el límite del pensamiento, el punto en que el lenguaje deja de funcionar y solo queda el símbolo: el agua infinita, la oscuridad perfecta, el silencio que precede a la primera palabra.
* * *
Heliópolis, Atum y el primer acto
En el principio de la tradición heliopolitana, el dios Atum se encontraba solo sobre las aguas de Nun.
No había tierra en ninguna dirección. No había luz.
No había otro ser con quien hablar ni contra quien actuar.
Solo Atum, contenido en sí mismo, sin nombre todavía porque nadie existía para nombrarlo, sin forma definitiva porque ninguna forma era todavía necesaria.
Heliópolis era el gran centro teológico del Antiguo Egipto, la ciudad que los griegos bautizaron con este nombre —ciudad del sol— y que los egipcios conocían como Iunu, el pilar.
Allí, en el templo más antiguo e influyente de la tradición religiosa egipcia, los sacerdotes elaboraron a lo largo de milenios la cosmogonía más detallada e influyente del mundo antiguo: la historia de cómo Atum, el dios completo, el que contiene todo, creó el cosmos a partir de sí mismo.
El acto de creación heliopolitano es desconcertante en su franqueza.
Atum, solo sobre las aguas primordiales, se masturbó.
De su semilla nacieron los dos primeros seres del cosmos: Shu, el dios del aire, y Tefnut, la diosa de la humedad.
El texto no intenta suavizar ni alegorizar este acto: es una autoengendración literal, un dios que produce el principio de la distinción —aire y agua, masculino y femenino, seco y húmedo— a partir de su propia substancia.
Hay versiones alternativas que preservan el mismo evento con mayor decoro: Atum escupió y de su saliva nacieron Shu y Tefnut, o los pronunció con su voz y el sonido se convirtió en materia.
Pero la versión más antigua, la que aparece en los Textos de las Pirámides, es la sexual.
Esto no escandaliza a los teólogos egipcios porque para ellos la creación no es un acto moral sino un acto físico: el primer movimiento del cosmos es un acto de deseo, de potencia que se convierte en acto.
Atum quiso existir en dos, y existió en dos.
Pero la creación de la materia no trajo consigo el final de la angustia.
Tras ser engendrados, Shu y Tefnut se perdieron en la inmensidad oscura y caótica de Nun.
Atum, desesperado por la separación, envió a su Ojo —una manifestación de su propia divinidad— a buscarlos.
Cuando el Ojo regresó trayendo consigo a sus hijos, el dios lloró de pura alegría.
De aquellas lágrimas que cayeron sobre las aguas nacieron los primeros hombres y mujeres.
En la tradición heliopolitana, la humanidad no es el resultado de un frío plan arquitectónico, sino de un desbordamiento emocional: somos el residuo de la felicidad de un dios que recupera a su familia.
Lo que emerge de este primer acto es la diferencia.
Antes de Shu y Tefnut, todo era homogéneo: agua oscura sin distinción.
Con ellos aparece el primer par de opuestos complementarios, el primer sistema que hace posible la existencia de un mundo articulado.
Shu es el espacio entre las cosas. Tefnut es el principio que las conecta.
Juntos son los padres de Geb y Nut, la tierra y el cielo.
Y de su abrazo nacerán los dioses que protagonizarán el gran drama del mundo: Osiris, el rey civilizador; Isis, la maga y madre suprema; Seth, la fuerza incontrolable del desierto; y Neftis, la señora del luto.
Con ellos se completa la Gran Enéada, los nueve pilares de Heliópolis.
El universo físico ha cristalizado, dando paso al orden civilizatorio.
El nombre Atum viene de una raíz que significa a la vez 'completar' y 'no ser'.
Atum es el que es completo y el que no existe todavía: el dios del antes y del después, del origen y del final.
Los textos tardíos lo describen como el último superviviente cuando el cosmos se disuelva al final de los tiempos, retornando solo a las aguas de Nun, igual que al principio.
El cosmos que nació de Atum volverá a Atum.
La creación es un paréntesis entre dos infinitos.
La colina primordial de Heliópolis —el primer trozo de tierra que emergió de las aguas cuando Atum se posó sobre ella— es otro de los elementos centrales de esta cosmogonía.
Los egipcios la llamaban la colina de arena, el primer suelo firme, el punto de anclaje sobre el que el cosmos construyó todo lo demás.
Sobre esa misma colina imaginaron que se posó el pájaro Bennu —el ave que los griegos convertirían en el mito del fénix—, cuyo primer graznido rasgó el silencio eterno de las aguas, poniendo en marcha el tiempo.
El obelisco, esa forma tan característica del arte egipcio, es una representación estilizada de esa colina y de ese primer instante: una punta de piedra que captura el primer rayo del sol y lo concentra, el punto donde el orden cósmico se ancla a la tierra.
Atum es también Ra, o más bien Ra-Atum: la tradición heliopolitana fusionó muy pronto al dios creador con el dios solar, porque el sol que nace cada mañana repite el acto de la creación original.
El amanecer es una cosmogonía en miniatura.
La oscuridad nocturna es Nun. El primer rayo es Atum.
Y el ciclo se repite cada día porque el mundo necesita ser creado de nuevo cada mañana para seguir existiendo.