Mitología Egipcia (Mitologias del mundo 2)
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Prólogo
A la sombra de las pirámides
Hay civilizaciones que el tiempo ha enterrado tan completamente que solo conocemos su existencia por los objetos que dejaron: un fragmento de cerámica, un hueso trabajado, una huella en la arcilla.
Y hay civilizaciones que el tiempo enterró pero que enterraron también sus propias palabras, grabadas en una piedra tan dura que ningún siglo ha podido borrarlas del todo.
Egipto pertenece a la segunda categoría.
Sus dioses llevan muertos más de mil quinientos años. Sus textos siguen hablando.
Este libro es un intento de escuchar lo que dicen.
No de traducirlos al lenguaje de la psicología moderna ni de reducirlos a metáforas de los ciclos naturales ni de buscar en ellos los gérmenes de las religiones que vinieron después.
Eso también se puede hacer, y tiene su valor.
Pero antes de cualquier interpretación está la escucha: la disposición a entrar en un sistema de pensamiento construido durante tres mil años por personas que no eran primitivas ni irracionales ni simbólicamente confusas, sino que pensaban el cosmos con los mejores instrumentos que su cultura les había dado y producían respuestas que, en muchos casos, son más coherentes y más honestamente complejas que las que sus sucesores produjeron.
Los egipcios construyeron pirámides. Eso lo sabe todo el mundo.
Lo que no sabe todo el mundo es que las pirámides son la consecuencia física de una teología, y que esa teología es mucho más interesante que las pirámides.
El arquitecto que diseñó la Gran Pirámide de Guiza no estaba resolviendo un problema de ingeniería: estaba construyendo una máquina para la resurrección del faraón, basada en una comprensión del cosmos, del tiempo, de la muerte y de la naturaleza del ser humano que los textos de sus paredes interiores explicaban con una precisión que los egipcios esperaban que el rey muerto supiera leer.
Las pirámides sin los textos son esculturas. Con los textos son argumentos.
Este libro no es una enciclopedia. No está pensado para ser consultado en busca de datos sino para ser leído de principio a fin como se lee un relato, porque la mitología egipcia tiene una estructura narrativa que la hace más accesible como historia que como catálogo.
Tiene personajes que mueren y resucitan, amores que atraviesan la frontera entre los mundos, juicios donde el resultado depende de cómo se vivió, guerras cósmicas que se libran cada noche en la oscuridad y se ganan cada mañana con el amanecer.
El aparato teológico que rodea esas historias es inseparable de ellas: entender por qué Osiris muere requiere entender qué es Maat; entender qué es Maat requiere entender cómo los egipcios concebían el tiempo; entender el tiempo requiere entender las cuatro cosmogonías y sus diferencias.
Todo está conectado, y la conexión es el libro.
Una advertencia sobre las fuentes. La mitología egipcia no tiene un texto canónico único comparable a la Ilíada o al Mahabharata.
Sus relatos están distribuidos en miles de textos de épocas, procedencias y géneros distintos: textos funerarios en las paredes de las tumbas, himnos en los pilonos de los templos, papiros mágicos encontrados en el desierto, inscripciones en los pedestales de las estatuas, cartas privadas dirigidas a los muertos.
Ninguno de esos textos es completo. Todos son fragmentos de una conversación que se mantuvo durante tres milenios y que nunca tuvo la intención de producir un resumen definitivo, porque el pensamiento egipcio no buscaba resúmenes: buscaba profundidad, y la profundidad no se resume.
Lo que este libro ofrece es una síntesis que intenta ser fiel a esa profundidad sin perderse en ella.
Donde los textos originales son fragmentarios, se ha elegido la versión más coherente o más representativa.
Donde las tradiciones son contradictorias, se ha explicado la contradicción en lugar de resolverla artificialmente.
Y donde el pensamiento egipcio toca algo que el pensamiento moderno reconoce —una intuición sobre el tiempo, sobre la justicia, sobre el amor que no acepta la muerte— se ha señalado el reconocimiento sin pretender que el puente entre los dos mundos es más corto de lo que es.
Los dioses que aparecen en estas páginas fueron reales para millones de personas durante más tiempo del que separa el nacimiento de Cristo de nuestro presente.
Eso no los hace verdaderos en el sentido en que una ecuación es verdadera, pero los hace significativos en el único sentido que la significación humana tiene: fueron la manera en que una civilización extraordinaria encontró de hablar sobre las cosas que importan.
La muerte. La justicia. El amor. El tiempo.
El origen de todo. El fin de todo. Y el trabajo cotidiano de mantener el mundo en pie entre el primer amanecer y el último.
El primer capítulo empieza con el agua y la oscuridad. Igual que todo.
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