Capítulo 10
El hombre que siempre estuvo aquí
Cuando lo que buscabas estaba en el lugar más visible
El viernes amaneció con una claridad que no tenía nada de inocente.
El cielo estaba completamente despejado desde antes del alba, con esa transparencia del Pirineo en los días de anticiclón que hace que la luz llegue desde un ángulo tan bajo y tan preciso que cada objeto proyecta una sombra tres veces más larga que él mismo, y que la nieve, bajo esa luz, tenga una blancura casi insoportable que obliga a los ojos a buscar las zonas de sombra como si la luz fuera también una forma de presión.
Marta notó esa claridad desde el primer segundo en que abrió los ojos, antes de que la memoria del día anterior se instalara con su peso propio, porque la claridad entraba por la ventana de la pensión con la insistencia de las cosas que no piden permiso.
Eran las seis y cuarenta y ocho minutos.
A las ocho estarían en la comisaría. A las nueve menos cuarto, en el aparcamiento de la base de Baqueira, con el operativo coordinado entre los Mossos, la Guardia Civil y el equipo de Solà que llevaría diez días trabajando en el valle con una eficiencia que Marta reconocía como genuina porque sabía distinguirla de la eficiencia decorativa que algunos equipos producen cuando alguien de fuera está mirando.
El hombre al que iban a buscar tenía turno esa mañana en la estación, según los registros de la empresa de logística que lo contrataba como colaborador para el transporte de material en los primeros días de cada semana.
Ese turno era una constancia que llevaba más de una década siendo exactamente eso, una constancia, el tipo de regularidad que la gente que lo conocía describía como una de sus virtudes.
Marta se duchó con el agua que tardaba cuatro minutos en calentarse y que esa mañana pareció tardar más, o quizás fue que ella se quedó bajo el agua más tiempo de lo habitual, dejando que el vapor de la habitación pequeña del baño desempañara el espejo y le devolviera su propia imagen con la claridad puntual de los momentos en que uno necesita verse antes de enfrentar lo que viene.
La imagen que vio era la de siempre, sin que los diez días en el valle hubieran producido ningún cambio visible.
Pero había algo en la forma en que la miraba que era diferente, algo que no estaba en los rasgos sino en la atención, como si esa mañana mirarse requiriera más precisión que otros días.
Bajó a desayunar a las siete y cuarto. Dolors le había dejado el café preparado y una tostada con aceite de oliva que en cualquier otra mañana habría resultado cotidiana y que esa mañana tenía el sabor particular de las cosas ordinarias en los días extraordinarios, ese sabor que no tiene nada de especial y que por eso mismo resulta más intenso que cualquier otra cosa, como si la normalidad de un trozo de pan con aceite funcionara como ancla frente a lo que iba a ocurrir en las siguientes horas.
Dolors no preguntó nada. Se limitó a servirle el café y a decirle que el tiempo iba a seguir despejado hasta el mediodía, como si la meteorología fuera la información más útil que podía ofrecerle.
Marta lo agradeció con la misma incomodidad con que agradecía siempre las bondades que no había pedido pero que en el momento preciso resultaban exactamente lo que se necesitaba.
La comisaría a las ocho de la mañana tenía la densidad de los lugares donde algo importante va a ocurrir y todo el mundo lo sabe aunque nadie lo diga.
Puig estaba en su despacho con los dos agentes de la Unitat Territorial que participarían en el operativo, más los cuatro del equipo de Solà, más el enlace de la Guardia Civil que había coordinado el trabajo en el corredor forestal durante los últimos días.
Eran ocho personas en una sala diseñada para cinco, con el calor de los cuerpos y el café haciendo que el ambiente fuera más denso de lo habitual, y con el silencio específico de los grupos que están esperando la señal de que ya es el momento.
Solà llegó a las ocho y cinco con los papeles de la orden de detención en la mano y los leyó en voz alta con la claridad de los que entienden que los textos legales en esos momentos no son burocracia sino la estructura que protege todo lo que va a ocurrir después de ellos.
Marta escuchó el texto sin seguirlo en ningún papel, porque ya lo había leído tres veces la noche anterior hasta memorizar no su literalidad sino su arquitectura, las razones que el juez instructor había considerado suficientes para firmar algo que en pocas horas iba a cambiar de forma irreversible la vida de una persona y, con ella, la forma en que el valle de Arán se entendería a sí mismo durante mucho tiempo.
Los indicios eran sólidos. Los logs del servidor de la aplicación de la estación habían confirmado lo que Ruiz había adelantado el martes por la noche: seis accesos verificados desde una IP registrada en la red interna de Baqueira durante horarios compatibles con el turno de trabajo de la persona en cuestión, con timestamps que coincidían con interacciones activas del perfil SkiGuide_Pirineos en los mensajes a tres de las cuatro víctimas recientes.
Los objetos encontrados en el corredor forestal incluían, además de los materiales de víctimas identificadas o en proceso de identificación, dos prendas de ropa que el análisis de laboratorio había vinculado mediante ADN en vestigios microscópicos con un perfil genético que el sistema de bases de datos policiales había cruzado con una muestra obtenida de forma legal en el contexto de la investigación.
La coincidencia era del noventa y nueve punto siete por ciento, que en la terminología forense era la expresión máxima de certeza antes de que el sistema admitiera que ningún porcentaje puede ser cien.
El análisis de presencia y comportamiento que Andreu Prats había construido a partir de los datos del caso había sido formalizado como informe pericial adjunto al expediente.
Los testimonios de Neus, Raquel y otros cuatro empleados de la estación que habían sido entrevistados durante la semana, aunque ninguno de ellos pudiera identificar con certeza a la misma persona en todos los casos, convergían en una descripción que, superpuesta al historial laboral y al patrón de acceso digital, resultaba suficientemente coherente para que el juez instructor la considerara parte del corpus de indicios.
No era la certeza que uno quería antes de un momento como ese. Pero era la certeza que la investigación podía producir en ese estado, y esperar más no cambiaba la naturaleza de los indicios sino únicamente el tiempo que la persona tendría para reorganizarse.
Solà miró a Marta cuando terminó de leer.
—¿Alguna objeción al procedimiento?
—Ninguna.
—Entonces a las nueve en la base.
El trayecto desde Vielha hasta Baqueira lo hicieron en dos vehículos, con las cadenas puestas sobre el asfalto que a esa hora de la mañana todavía no había recibido el tráfico que lo calentaría levemente durante las horas de mayor afluencia.
Marta iba en el primer coche, junto a Solà, mirando el paisaje que había recorrido en ese mismo sentido varias veces durante la semana con una sensación diferente cada vez, como si el mismo tramo de carretera tuviera una temperatura distinta dependiendo de lo que llevaba consigo.
El río Nere a la derecha, invisible bajo la nieve pero audible en los tramos donde la capa de hielo era más delgada, con ese sonido subterráneo del agua que sigue moviéndose aunque todo a su alrededor esté congelado.
Los abetos a la izquierda con sus ramas cargadas de la nieve de los días anteriores, que bajo el sol de las ocho y media de la mañana empezaba a soltar pequeñas avalanchas silenciosas que caían de rama en rama con un susurro apenas audible.
—¿Cómo está? —preguntó Solà, sin apartar los ojos de la carretera.
—Concentrada —dijo Marta.
—Lo preguntaba en serio.
Marta tardó un momento.
—Hay una parte de este trabajo que nunca se vuelve completamente rutinaria —dijo—.
La parte en que lo que has construido durante días deja de ser una hipótesis y se convierte en una persona concreta en un lugar concreto esperando algo que no sabe que está esperando.
—Una pausa—. Prefiero que siga siendo así.
Que el día que se vuelva completamente rutinaria sea el día que lo deje.
Solà asintió sin añadir nada más, con el asentimiento de quien ha tenido esa misma conversación consigo misma más veces de las que podría contar.
El aparcamiento de la base de Baqueira a las nueve menos veinte estaba en ese estado de actividad intermedia de los días laborables de temporada, con los empleados llegando a sus turnos y los primeros grupos de esquiadores que empezaban a organizar su material en la zona de acceso a los remontes.
El sol había empezado a calentar levemente la nieve de las pistas altas y la temperatura, que al amanecer había estado en doce grados bajo cero, estaba subiendo con la velocidad específica de los días de anticiclón en alta montaña, donde el sol tiene una potencia que el termómetro no registra bien porque el aire sigue siendo frío mientras la exposición directa produce calor en las superficies expuestas.
Era el tipo de mañana en que la gente sonreía al bajarse de los coches. El tipo de mañana que había llegado a los folletos de la estación durante décadas con buena razón, porque era exactamente tan hermosa como prometían.