Capítulo 7 #3
—La estación tiene un registro de instructores independientes con licencia activa.
No sé el número exactamente, pero estamos hablando de treinta o cuarenta personas.
La mayoría trabajan la temporada aquí y pasan el verano en otras estaciones o haciendo guía de alta montaña.
No tienen domicilio fijo en el valle, pero tienen una presencia tan regular como cualquier residente.
—Presencia regular sin vinculación residencial. —Marta lo anotó—. ¿Hay algún control sobre esos instructores entre temporadas?
—Ninguno que yo conozca. La licencia se renueva cada año si no hay incidencias. Fuera de la temporada son personas privadas que hacen lo que quieren.
—¿Y los guías de montaña?
—Categoría similar, aunque con menos número.
En el Pirineo hay una federación de guías que tiene su propio registro, con requisitos de formación y experiencia.
Pero el control de actividad real en el territorio es difícil.
Un guía que lleva quince años subiendo al Aneto o cruzando por la Bonaigua conoce cada sendero, cada refugio, cada acceso secundario con una precisión que ningún mapa recoge porque parte de ese conocimiento es práctico y se acumula con los años, no se aprende en ningún curso.
—¿Hay guías con presencia habitual en el entorno de Baqueira que también tengan conocimiento del área forestal del Nere?
Erik pensó durante un momento.
—Hay uno o dos que trabajan las dos cosas: guía de esquí en temporada alta y guía de rutas de montaña en verano.
El valle les da trabajo durante todo el año.
—Hizo una pausa—. Y luego está el personal de mantenimiento de pistas y de las instalaciones.
Los pisteros, los técnicos de los remontes, la gente que trabaja en los generadores de nieve artificial.
Esos conocen los accesos técnicos con una precisión que va más allá de lo que cualquier mapa recoge, porque son ellos quienes los crean y los mantienen.
Toni Subias es uno de ellos, pero hay una decena más con el mismo tipo de conocimiento.
—¿Cuántos de esos llevan más de diez temporadas?
Erik calculó mentalmente.
—En el personal de mantenimiento de pistas, cuatro o cinco con más de diez temporadas. Algunos llevan quince o veinte. — Se detuvo—. Y hay una categoría más que no he mencionado todavía.
Marta esperó.
—Las empresas de logística. La estación externaliza parte de sus operaciones de transporte de material y equipamiento.
Hay empresas locales que llevan décadas haciendo ese trabajo, que tienen acceso a zonas de la estación que el público no tiene, que conocen los horarios, los turnos, las rutas de acceso a los sectores que están cerrados al esquiador.
Personas que forman parte del funcionamiento invisible de la estación pero que no aparecen en ningún organigrama visible.
Marta dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.
—La lista que acaba de construir tiene entre cuarenta y sesenta personas —dijo—. Todas ellas con alguna combinación de las características del perfil. Conocimiento del territorio. Capacidad de insertarse en el entorno sin generar alarma. Acceso a los códigos del mundo del esquí.
—Sí.
—¿Cuántas de esas personas tienen presencia habitual en el valle que pueda ser rastreada más allá de la temporada?
—La mayoría, si sabes dónde buscar. El valle es pequeño. Los que llevan quince temporadas dejan rastro: la gente los recuerda, aunque no siempre con nombre. El tipo que siempre estaba por ahí. El instructor que trabajaba con grupos de jóvenes. El pistero que conocía todos los accesos.
—Necesito que construya esa lista. No para publicarla. Para que yo pueda empezar a verificar quién de ellos tiene también acceso a plataformas digitales de la estación y habilidad suficiente para construir el perfil que usó para contactar con las víctimas.
—¿Eso no es trabajo de la investigación?
—Es trabajo de la investigación. Pero la investigación va a tener refuerzos que no he pedido y que van a llegar con su propio método que no incluirá el conocimiento que usted tiene del entorno local.
Si tengo la lista antes de que lleguen, puedo orientar el trabajo de los de Barcelona antes de que creen duplicidades o generen ruido donde necesito silencio.
Erik asintió. No como gesto automático, sino como el resultado de una deliberación que Marta podía ver en su cara con la claridad de quien ha aprendido a leer ese proceso en los otros.
—Hay una cosa que quiero decir antes de seguir —dijo Erik.
Marta esperó.
—Lo que voy a hacer, construir una lista de personas que podrían encajar en un perfil, es diferente a acusar a nadie. Pero implica nombrar nombres en un contexto que tiene consecuencias para esos nombres aunque no haya ninguna certeza todavía.
—Lo sé —dijo Marta—. Por eso se lo pido a usted y no a otro. Porque es el que tiene más probabilidad de hacerlo bien.
Era un cumplido que no pretendía serlo, solo una evaluación honesta, y Erik lo recibió como lo que era.
—Dame hasta mañana por la mañana.
Lo dijo con la calma de quien ha tomado una decisión que no le gusta completamente pero que entiende que es la correcta, lo cual es una forma de madurez que no tiene nada de cómoda.
Erik se fue a las seis y cuarto. Marta pasó la hora siguiente revisando los expedientes de los catorce casos archivados que el sistema de coordinación de Lleida había ido completando durante el día.
Los datos de telefonía llegaron a las seis y media en un archivo que el técnico de análisis había procesado con la urgencia que la situación justificaba.
El patrón de corte abrupto de señal que había identificado en los cuatro casos recientes se repetía en nueve de los catorce casos archivados.
Los cinco restantes correspondían a fechas anteriores a la expansión de la cobertura de telefonía en el área, que había llegado tarde al valle por las dificultades de infraestructura en zonas de alta montaña.
Nueve casos verificados con el mismo patrón. Cuatro recientes. Trece en total, con los catorce casos incluyendo uno que los datos de telefonía no podían confirmar por razones técnicas pero que el análisis contextual hacía consistente con los demás.
Trece casos que el sistema había procesado por separado como historias aisladas y que el análisis conjunto convertía en algo que tenía una forma, una duración y una consistencia que resultaban imposibles de atribuir a ninguna otra cosa que no fuera la acción deliberada y sostenida de una persona que llevaba más de una década operando en el mismo territorio con el mismo método fundamental aunque con las adaptaciones técnicas que cada época requería.
Marta se levantó de la silla donde llevaba dos horas sentada, fue a la ventana y miró la calle Mayor de Vielha.
Las siete de la tarde de un lunes de enero, con el fin de semana ya ido y el siguiente todavía a días de distancia, era el momento en que el valle respiraba con más naturalidad, sin la presión de la masa turística y sin la tensión de su ausencia.
Había una pareja con un niño pequeño que salía de la farmacia.
Un hombre mayor con una bolsa de la compra.
Dos chicas jóvenes que reían de algo mientras caminaban hacia el centro.
La gente del valle en su lunes ordinario.
Sin saber todavía lo que había sido encontrado esa mañana en el cauce del Nere, aunque algunos ya lo intuían porque los valles pequeños tienen sistemas de información informal que operan a velocidades que los medios no alcanzan.
Sin saber todavía que la investigación había cruzado una frontera que hacía que los refuerzos de Barcelona llegaran mañana con la urgencia de los que ya no pueden argumentar que era pronto para movilizarse.
Sin saber, sobre todo, que entre ellos, o entre las personas que cada temporada formaban parte del paisaje funcional de su valle, había alguien que conocía la nieve con la familiaridad de quien la ha usado durante años no como fondo de una postal sino como elemento de algo que la nieve, en su indiferencia blanca, no tenía ninguna capacidad de juzgar.
El teléfono vibró.
Era un mensaje de Erik. No un mensaje largo: cuatro palabras y un número.
Tengo una idea. Llámame.
Marta lo llamó.
—Cuando hablé con Neus, la del alquiler de material —dijo Erik sin preámbulo—, ella describió a la persona que preguntó por Laura Valls como alguien que le resultaba familiar pero que no podía ubicar.
Dijo que era el tipo de persona que parece familiar aunque no la hayas visto nunca.
Y Raquel, la guía de pistas, dijo algo similar sobre los dos casos en que estuvo presente.
Alguien sin rasgos marcados. Que podría ser cualquiera.
—Lo recuerdo.
—Pero eso no es exactamente lo que dijeron. —Una pausa—. Lo que dijeron es que tenían la sensación de haberlo visto antes. No de cualquier persona anónima sino de alguien específico que les resultaba vagamente conocido. Esa diferencia importa.
Marta procesó eso.
—Familiares sin contenido —dijo, usando la formulación que había anotado el día en que hablaron con Neus—. Alguien cuya presencia es tan habitual en ese entorno que el cerebro lo registra como conocido aunque la memoria no tenga el detalle suficiente para ubicarlo.
—Exacto. Y si eso es cierto, no estamos buscando a alguien que sabe cómo pasar desapercibido. Estamos buscando a alguien que es tan frecuente en ese entorno que su presencia ha dejado de activar la atención consciente de la gente que lo ve. Que es distinto.
—Es alguien que está ahí con regularidad suficiente para que su imagen se haya integrado en el mapa mental de quienes trabajan en la estación. No un visitante. No alguien de paso. Alguien que está ahí temporada tras temporada con suficiente consistencia como para volverse parte del decorado.
—Eso reduce la lista —dijo Erik—. Mucho.