Miserable Matrimonio Epílogo
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Epílogo

Un año después…

Marcus caminaba por los largos pasillos del castillo de Windsor siguiendo al hombre que lo conducía hasta el rey. Había recibido la orden de presentarse ante Su Majestad apenas regresó a Londres y esperaba que fuera por la razón que llevaba tanto tiempo esperando.

Acababa de regresar de Hampshire con Liviana y sus hijos, donde finalmente habían renovado sus votos.

Tuvieron que posponerlo durante casi un año porque querían esperar a que Mary y Alexander estuvieran más grandes y fuertes para realizar un viaje tan largo.

Marcus no se quejaba, la espera había valido la pena y también les permitió disfrutar mucho más de esos días y, especialmente, de sus noches.

Sonrió de lado al recordar a su esposa. Definitivamente habían aprovechado muy bien su intimidad.

Pero ahora tenía que concentrarse en el motivo por el que estaba allí.

Durante ese año había continuado trabajando para la Corona, aunque dejó muy claro que no aceptaría ninguna misión que pusiera su vida en demasiado peligro o que lo obligara a elegir entre su deber y su familia.

Liviana y sus hijos estaban por encima de todo y esperaba que el rey finalmente estuviera dispuesto a liberarlo de sus obligaciones.

El hombre que lo acompañaba se detuvo frente a unas grandes puertas. El castillo siempre le había parecido demasiado ostentoso, incluso para él, que estaba acostumbrado a vivir rodeado de lujos. Los enormes retratos, los altos techos y las decoraciones doradas aparecían por todas partes.

—Su Majestad lo espera, su gracia.

Marcus asintió y entró.

Frunció ligeramente el ceño al descubrir que se trataba de una sala privada. El rey estaba allí con solo una mujer que permanecía a pocos pasos de él sosteniendo un bebé entre sus brazos.

«¿Qué diablos?»

Marcus decidió no preguntar. Se acercó e hizo la reverencia correspondiente.

—Su Majestad.

—Agnes. Justamente el hombre que quería ver.

—Me mandó llamar.

—Sí, y estoy de pésimo humor por tu culpa.

Marcus arqueó una ceja.

—¿Por mi culpa?

—Uno de mis mejores hombres quiere retirarse y abandonar sus obligaciones con la Corona. ¿Cómo esperas que esté de buen humor?

Marcus prefirió guardar silencio. El rey comenzó a caminar por la habitación y él lo siguió.

—Verás, Agnes, puedo librarte de ese cargo sin ningún problema. Sé que tienes una familia hermosa y bastante envidiable. Toda la sociedad habla de ella. Tienes una esposa, dos hijos, un ducado, tu lugar en el Parlamento y la vida que muchos hombres desearían tener.

Marcus entrecerró ligeramente los ojos. Tantos halagos no podían significar nada bueno.

—¿Qué quiere?

El rey sonrió y miró a la mujer.

—Acércate.

La mujer obedeció y Marcus pudo observar mejor al bebé que sostenía. Era una niña muy pequeña y parecía tener apenas unas semanas de nacida.

—Es una niña —dijo el rey—. Aunque debo advertirte que es un poco fea.

Marcus arqueó discretamente una ceja y volvió a mirar a la pequeña.

—¿Deseas que te libere de tu cargo como espía, cierto?

Marcus asintió despacio, sabiendo que había algo detrás de esa pregunta.

—¿Qué quiere a cambio, Su Majestad? —preguntó cruzando las manos detrás de su espalda. El rey señaló a la niña.

—Que te la lleves y la críes como tuya.

Marcus carraspeó dispuesto a negarse, pero el rey no lo dejó hablar.

—Es mi nieta. Mi hija cometió una estupidez y esta niña es el resultado. No pienso tener bajo mi techo a una bastarda ni permitir que su existencia provoque más problemas de los necesarios. Pero sigue siendo mi nieta y quiero que crezca en una buena familia.

Marcus apretó ligeramente la mandíbula. No le gustaba la manera en que hablaba de una criatura que no tenía culpa de nada, pero decidió no decirlo. ¿Quién era él para cuestionar las decisiones de un rey?

—¿Y por qué mi familia?

—Porque eres el duque de Agnes, tu familia es una de las más prestigiosas y cercanas a la Corona y confío en ti.

Pensé en Windsor, pero... ya le pedí algo más y...

—hizo un gesto con la mano—. En fin, además, tienes una esposa y dos hijos.

La niña crecerá rodeada de una verdadera familia.

No me importa si dices que es tu hija, que la adoptaste o inventas cualquier otra historia.

Lo único que quiero es que nadie conozca su verdadero origen.

Marcus permaneció callado mirando a la pequeña.

«¿Qué diría Liviana?»

Ni siquiera necesitaba preguntárselo. Su esposa seguramente ya tendría a la niña entre sus brazos.

—¿Y qué pasará con ella si no acepto?

El rey se encogió de hombros.

—La enviaré a un orfanato.

Marcus volvió a mirar a la niña. Liviana jamás se lo perdonaría si regresaba a casa sabiendo que había dejado a una criatura allí para terminar en un orfanato. Y él tampoco estaba seguro de poder hacerlo.

—Así que mi libertad depende de que me lleve a su nieta.

El rey hizo un movimiento de cabeza con los labios fruncidos.

—Sí, más o menos eso.

—Eso es chantaje.

—Yo prefiero llamarlo un acuerdo, Agnes. Hay suficiente confianza entre nosotros.

Marcus soltó un suspiro y se pasó una mano por el cabello. Tanta confianza que no aceptó verlo hasta ese día.

—Si acepto llevarme a la niña, será mi hija. Crecerá con mi apellido y tendrá exactamente el mismo lugar en mi familia que Mary y Alexander. Nadie vendrá dentro de algunos años intentando arrebatárnosla.

El rey asintió.

—De acuerdo.

—Y nadie le dirá quiénes son sus verdaderos padres.

—Eso es precisamente lo que quiero.

Marcus volvió a mirar a la pequeña.

—Y quedo completamente libre de mi trabajo para la Corona.

—Sí, Agnes. Eres libre.

Marcus guardó silencio durante unos segundos, pensando en la oferta. Criar a una niña que no era suya... No sabía qué tan mal podía salir eso, pero tampoco podía permitir que la llevaran a un orfanato. ¿Quién era el padre? No le interesaba. Él lo sería a partir de ahora.

—Está bien —respondió finalmente—. Me la llevaré.

El rey hizo una señal y la mujer se acercó. Marcus extendió los brazos y recibió a la pequeña con cuidado. Después de un año cargando a Mary y Alexander, ya no tenía ese miedo de los primeros días de romperlos entre sus manos. La observó durante unos segundos.

—No es tan fea —dijo Marcus frunciendo el ceño.

En realidad, era hermosa. Todavía no tenía cabello, pero era normal siendo una recién nacida.

El rey soltó una carcajada.

Marcus ignoró su risa y continuó mirando a la niña. Todavía no podía creer lo que acababa de hacer. Liviana iba a tener muchas preguntas. Pero la aceptaría. Su mujer era un ángel.

Marcus acarició suavemente la pequeña mejilla de la niña.

Su libertad a cambio de una nueva hija.

No parecía un mal trato.