Mis Secretos, yo Ivonne 2 Una Visita Inesperada
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Una Visita Inesperada

Es viernes por la noche y estoy lista para irme a la cama para una solitaria y deliciosa sesión de autoerotismo. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Soy muy cachonda, muuuuuy! Cosas de la vida.

Me he bañado, perfumé mi cuerpo y ahora me miro desnuda frente al espejo.

Me gusta mucho lo que veo, mis pechos son redondos y firmes; aureolas rositas y con los pezoncitos bien duros parados.

Mis piernas y muslos se mantienen a tono gracias a muchas horas invertidas en el gimnasio.

Mis nalguitas son mi mejor atributo; bien paraditas y respingonas.

Mi rostro refleja mucha menor edad, en especial mi mirada inocente es mi mayor arma. Jiji.

Me meto en la cama y espero que mi respiración se normalice.

Aún no me he tocado pero ya estoy excitada porque sé que voy a disfrutarlo, voy a tener un orgasmo intenso, como solo yo me los sé dar.

En la mesa de noche me espera uno de mis vibradores, ese que succiona mi clítoris y me hace enloquecer de placer.

Empiezo a acariciar mis tetas. Son suaves, mis manos cálidas los recorren centímetro a centímetro, sin prisa, demorándose en llegar a los pezones ya algo hinchados y erectos.

Humedezco mis dedos con mis labios, toco mis pezones.

Me estremecido y dejo salir un suspiro. Disfruto mucho de tocarme los senos, me calienta particularmente.

Hoy es uno de esos días en que algunas gotas de leche salen de ellos cuando los estimulo y estoy tan caliente. Allá abajo, en mi entrepierna, siento que los labios de mi sexo se están hinchando y su jugo comienza a fluir.

Una de mis manos baja lentamente por mi vientre, la otra sigue sobre mis senos. Acaricio mis muslos, por fuera y luego la parte interna. Mi respiración se acelera.

Lentamente mis dedos se acercan a los labios de mi vagina, están muy hinchados y húmedos. Recorro los escasos pelitos que los rodean, tiro de ellos y exhalo el aire en un gemido mezcla de dolor y de placer. Separo un poco más mis piernas.

La punta de mis dedos recorre mis labios y rozan el clítoris.

Me muerdo los labios, mi excitación va en aumento.

Trato de resistir todo lo posible pero no puedo más, así que hundo un dedo en mi conchita, luego dos, en seguida tres.

Con el pulgar me froto el clítoris que ya está duro asomando fuera de su cuevita.

Estoy empapada. Meto y saco con fuerza mis dedos, simulando que soy penetrada. Mientras pellizco mis pezones acelero los movimientos de mi mano. Levanto la cadera, mis gemidos son más fuertes ya, el orgasmo se aproxima. Retiro mi mano sólo un instante, para probar mis jugos, y me penetro otra vez.

Entonces me volteo violentamente, quedo boca abajo sobre la palma de mi mano, ya me puedo frotar más profundamente. Me muevo como si estuviera cabalgando sobre una pija, mis pezones se rozan contra la cama, en momentos levanto mi trasero como pidiendo ser penetrada desde atrás.

Con la otra mano tomo el vibrador y lo coloco en mi vulva. Es un buen aparato, con ese agujerito que me succiona delicioso, lo adoro. Sostengo un ritmo de penetraciones con mis dedos, hundiéndomelos una y otra vez. Hay un sonido como de chapoteo, mi entrepierna es un lago.

Sigo así, así, así, cada vez más fuerte, más rápido, gimiendo más... ya llega, ya llega, todo mi cuerpo se convulsiona, voy a liberar mi primer orgasmo...

- Ding, dong… Ding, dong.

Me quedo inmóvil un segundo. ¿Fue el timbre en la puerta?

- Ding, dong… Ding, dong.

Sí, es el timbre, sí… cada vez más insistente.

El orgasmo se me queda atragantado, no puedo creerlo.

Trato de recuperar el aliento, me pongo una bata sobre mi cuerpo transpirado, desnudo, que exige a gritos una culminación de mi ejercicio sexual.

Me calzo unas zapatillas y voy caminando con paso inseguro hasta la puerta.

- Quién es?

- Soy yo tía, Ernesto, tu sobrino. Discúlpame que te moleste, estás durmiendo?

Ernesto, 18 años, hijo de mi prima hermana. ¿Qué puede querer en mi casa a esta hora? ¿Habrá sucedido algo?

Abro la puerta sin pensar y al ver su rostro de sorpresa me doy cuenta de que está viéndome toda despeinada y enrojecida.

- Perdóname tía, estás ocupada?

- No, no, para nada, pasa, qué sucede?... digo tratando de alisarme los cabellos y cerrando mi bata.

- Nada... pasa que… ¡estoy borracho!

Ernesto se ríe y se le ilumina la cara. Es un chico hermoso, mi sobrino más querido, guapo como pocos y capaz de comprarme sólo con sonreír como lo hace ahora. Salgo de mi embobamiento y reparo en lo que acaba de decirme.

- ¿Borracho?

- Sí. Perdóname, no le digas nada a mis padres. Estuve con unos amigos tomando unas cervezas aquí cerca, y ahora no tengo ni para el taxi de regreso a casa. ¿Me prestarías algo de dinero?

Lo miro con ternura y le acaricio el cabello.

- Claro que sí, pero será mejor que primero te tomes un café o llegarás a tu casa en este estado lamentable y mi prima no te lo perdonará.

Y aquí estamos los dos, sentados a la mesa, él tomando su café y yo cerrando mi bata que se empeña en abrirse. Es ya la tercera vez que lo descubro espiando mis pechos a través del escote, ya no intento cubrirme más. Una idea perversa empieza a nacer en mi cabeza.

- Y qué tal ha estado tu noche, además de la borrachera?

- Nada especial.

- Vamos... no me digas que no has estado con ninguna chica...

Hace un gesto de fastidio.

- Las chicas coquetean mucho, solo nos provocan, prometen todo y al final te dejan sin nada.

- ¿De verdad?

- De verdad. Me ha sucedido hoy sin ir más lejos. Estuve a punto de ligarme a una pero al final... bueno, no sé si deba hablar en estos términos...

De modo que mi sobrino también acaba de sufrir una frustración. Puedo imaginarlo, hace apenas un instante estaba con una amiga, manoseándose, excitándose, con su pene endurecido bajo los jeans ajustados y de pronto se ha quedado sin nada.

- No sabía que las chicas se comportaban así, dije inocentemente.

- Ni te imaginas lo que pueden llegar a hacer. Creo que para tener menos problemas empezaré a dedicarme a mujeres mayores.

Ernesto sonríe después de decir esa frase, como tomando conciencia de que me la ha dicho a mí, una mujer mayor.

Se produce un silencio incómodo. Decididamente está viendo los senos ahora.

La idea perversa se afirma con más fuerza en mi mente.

Mi conchita aún está dispuesta, caliente y empapada en mis jugos, despide un aroma profundo a sexo, y mi cuerpo sigue reclamándome el orgasmo que le corté hace poco. ¿Seré capaz? Me escucho decir…

- Sabes Ernesto, creo que aún con el café la borrachera no se te baja. Quizá sería mejor que esta noche te quedes a dormir aquí o tendrás una tremenda discusión con tu madre. Yo la conozco, ya me imagino la que arma. Le mandaré un mensaje para avisarle que estás aquí y te quedarás.

- ¿Eso crees? La verdad es que mamá se pone pesada cuando llego en este estado, dice montones de cosas sobre que no tengo edad y así...

- Entonces no se discute más, por esta vez te quedas a dormir aquí y mañana será otro día. En mejor estado te presentas en casa y buscas alguna explicación.

- Ok tía, muchas gracias, de verdad lamento ocasionarte tantas molestias.

- No es nada, todo sea por mi sobrino favorito.

Ernesto me regala otra de sus sonrisas, y su mirada se vuelve a posar en mi busto.

La bata sigue entreabierta. Se me debe ver media teta por lo menos, quizá el pezón también si me inclino un poco más hacia adelante.

Descruzo mis piernas y sube un aroma a sexo que emana mi vagina mojada. ¿Llegará a percibirlo?

- ¿Y dónde voy a dormir? ¿Aquí en el sillón?

- Nada de eso tontito, eres mi consentido… sonrío y trato de parecer natural aunque me cuesta. Mi plan sigue en marcha. - Podemos dormir los dos en mi cama, es lo suficientemente grande. ¿Sólo promete que no vas a moverte y patearme?

Otra vez sonreímos. Me inclino hacia delante, acaricio maternalmente sus cabellos. Ahora sí, sin duda, se me ven las tetas por completo. Siento los pezones duros, erectos, hinchados, deseosos de ser chupados. ¿En qué terreno me estoy metiendo?

Vamos hasta la recámara y cuando llegamos veo el vibrador sobre la cama. Lo recojo con un gesto rápido, sin comentarios. Es seguro que lo vio, pero no dice nada.

Dejo que mi sobrino elija el lado que prefiera y me encierro en el baño.

Me miro ante el espejo. Mi rostro está encendido.

¿Qué locura estoy por hacer? Elijo un babydoll de seda color natural, tan corto que apenas cubre mi trasero, de tirantes finos y profundo escote.

Mis pezones se me marcan de inmediato en la seda, mi excitación no se puede ocultar.

Decido ser más osada aún, y no me pongo tanga.

Que pase lo que tenga que pasar, me digo: salgo del baño y voy hacia la cama.

La borrachera de Ernesto es real, ya está dormido, ocupando casi todo el espacio. Se ha dejado sólo el boxer. Me detengo a observar el bulto que hace su pene en reposo. Se le marcan perfectamente los testículos, el tronco y el glande. Con gran esfuerzo resisto el deseo de tocarlo.

Me acuesto a su lado, en un rinconcito de la cama, boca arriba.

Mi piel se toca con la de él. ¡ ¡Es mi sobrino!

Miro su perfil en la sombra, y otra vez el bulto que asoma en su entrepierna.

Estoy loca, me digo. Es un chico joven, apuesto, será que en verdad le gustaría tener algo con una mujer mayor y más si esa mujer es su tía?

¿En qué estaba pensando cuando lo invité a quedarse a dormir? Mejor olvidarlo todo.

Me duermo con un sueño intranquilo y despierto al poco rato.

Estoy volteada sobre mi lado derecho y Ernesto imita mi posición, pegado a mí como una cuchara a otra.

Algo ha cambiado además de nuestra ubicación: uno de sus brazos pasa sobre mi cuerpo, con la mano peligrosamente cerca de mis senos.

Además siento que tiene una erección enorme.

Está dormido, pero ya saben que a los hombres les suele suceder eso. Quizá tiene un sueño erótico.