Mis Infidelidades Más Sucias
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El ascensor del parking
Todavía recuerdo con una claridad casi dolorosa el día en que todo empezó a desbordarse de verdad, ese momento concreto en el que ya no pude seguir fingiendo que controlaba mi deseo y me rendí por completo a un impulso salvaje que llevaba semanas, o quizás meses, cocinándose dentro de mí como una presión insoportable que me hacía mojar las bragas en los momentos más inesperados del día.
Era una tarde cualquiera de primavera, yo había salido a hacer unos recados después del trabajo, llevaba puesto un vestido ligero de verano que se pegaba ligeramente a mi piel por el calor húmedo de la ciudad, y mientras caminaba por el centro comercial pensando en que tenía que comprar algo para la cena porque Carlos llegaría cansado y seguramente querría comer algo rápido, mi mente en realidad no estaba allí, sino en ese fuego constante que ya no me dejaba en paz, en cómo me humedecía solo con imaginarme haciendo algo realmente peligroso y algo que pudiera costarme todo si alguien me descubría.
Tras realizar unas compras, llegué al ascensor que lleva al parking subterráneo y casi sin pensarlo, pulsé el botón y me quedé esperando mientras notaba cómo el sudor se deslizaba lentamente por mi espalda y se acumulaba en la parte baja de mi vientre.
Cuando las puertas se abrieron vi que dentro solo había un hombre, que era alto, de unos cuarenta años, ropa oscura y mirada cansada de quien también acababa de terminar su jornada.
En ese momento, entré al ascensor sin decir nada, me puse en la esquina opuesta y las puertas se cerraron con un sonido suave que, por alguna razón, me pareció demasiado definitivo, como si ese pequeño espacio metálico se hubiera convertido de repente en un confesionario privado donde todo podía pasar sin que el mundo de fuera se enterara.
El ascensor empezó a bajar y el silencio entre nosotros era denso, cargado, solo interrumpido por el leve zumbido del mecanismo y por mi propia respiración que se iba volviendo más pesada porque podía sentir su mirada recorriéndome de reojo, deteniéndose en mis piernas desnudas bajo el vestido, en la curva de mis pechos que se marcaban ligeramente con el calor, y especialmente en mi alianza de casada que brillaba en mi dedo como un recordatorio constante de lo prohibido que era todo esto.
No sé exactamente qué me pasó en ese momento, si es que fue la acumulación de semanas de fantasías reprimidas, quizás el calor pegajoso del día o simplemente esa mirada hambrienta que no se molestaba en disimular, pero de repente sentí un calor líquido y urgente entre mis piernas, como un impulso tan fuerte y tan irracional que me hizo apretar los muslos con fuerza mientras notaba cómo mi tanga se empapaba de golpe…
Mientras tanto, el ascensor seguía bajando lentamente y yo, sin pensarlo dos veces, sin darme tiempo a arrepentirme, di un paso hacia ese hombre, lo miré directamente a los ojos y, con la voz baja y temblorosa de excitación, le susurré: —“necesito follar aquí mismo ¿te importa?”-.
Esto es algo que ni yo misma podía creer que le estaba diciendo pero el no respondió con palabras y solo sonrió con esa media sonrisa oscura que lo decía todo, por lo que se acercó un paso más y, cuando el ascensor se detuvo en un piso intermedio sin que nadie entrara, me empujó suavemente contra la pared del fondo, me subió el vestido con una mano mientras con la otra me agarraba del pelo y me besó con un hambre que me dejó sin aliento.
Sentí su lengua invadiendo mi boca, sus dientes mordiendo mi labio inferior y su cuerpo duro presionando contra el mío mientras el ascensor volvía a moverse.
Seguidamente, mis manos subieron por su pecho, bajaron hasta su cinturón y yo como una loca desesperada, empecé a desabrocharlo con dedos torpes por la urgencia, porque en ese momento ya no existía nada más, ni Carlos esperándome en casa, ni el riesgo de que las puertas se abrieran en cualquier piso y alguien nos viera, ni nada que no fuera esa necesidad brutal de sentirme follada allí mismo, como una zorra desesperada que no podía esperar ni un segundo más.
Él seguidamente metió la mano entre mis piernas, apartó el tanga empapado con un gemido de aprobación y me metió sus dos dedos de golpe tocándome en círculos con ellos mientras yo gemía contra su boca y le bajaba la cremallera con desesperación, sacando su pene y que ya comenzaba a ponerse duro en mi mano.
Mientras tanto y en ese ambiente cargado de morbo prohibido, el ascensor se detuvo en alguna planta, sin abrirse las puertas, y yo ya estaba perdida, completamente rendida a ese arrebato salvaje que llevaba tanto tiempo conteniendo, así que aproveché, me giré con un movimiento casi instintivo, apoyé las palmas de las manos contra la pared fría y metálica del ascensor, arqueé la espalda y levanté el culo hacia él ofreciéndome por completo mientras sentía cómo colocaba la cabeza gruesa y caliente de su miembro justo en mi entrada empapada, rozándola de arriba abajo para lubricarse con mis fluidos antes de penetrarme de un solo empujón profundo y brutal que me arrancó un gemido largo, ahogado y tembloroso que resonó dentro de la cabina cerrada, un sonido que me aterrorizó y me excitó al mismo tiempo porque sabía que cualquiera que pasara por ese piso en el que estaba parado el ascensor, podría haberlo escuchado o lo que es mucho peor. . que las puertas se abriesen…
Él no esperó ni tampoco fue suave, no hubo caricias preliminares ni palabras bonitas, pues tampoco había tiempo así que simplemente me agarró fuerte de las caderas con sus manos grandes y empezó a follarme con urgencia salvaje, entrando y saliendo de mí con embestidas profundas y rápidas que hacían que mis tetas rebotaran dentro del vestido y que mis rodillas se doblaran de placer, mientras yo mordía mi propio labio inferior intentando contener los gemidos que querían escaparse de mi garganta cada vez que su pene grueso golpeaba contra el fondo de mi, enviándome descargas severas de placer que me recorrían toda la espalda.
El ascensor comenzó a moverse, bajando y parando en pisos intermedios con ese “bip” metálico que me ponía los pelos de punta, porque en cualquier momento las puertas podían abrirse y alguien podía vernos: Imagina, yo con el vestido subido hasta la cintura, las bragas bajadas, siendo follada contra la pared por un completo desconocido y es que ese miedo constante más esa adrenalina pura, era lo que más me mojaba porque sentía cómo mis fluidos chorreaban por mis muslos internos mezclándose con el sudor del calor sofocante que había dentro de la cabina.
Cada embestida era más fuerte que la anterior, su pelvis chocaba contra mi trasero con un sonido húmedo y obsceno que llenaba el pequeño espacio metálico del ascensor, reverberando contra las paredes frías y haciendo que el aire se volviera aún más denso y cargado de sexo, pero yo solo podía empujar hacia atrás con desesperación, arqueando la espalda y abriendo más mis piernas para que me entrara más adentro, para sentir cada centímetro grueso y venoso de su miembro abriéndose paso en mi coño empapado, golpeando contra el fondo con una fuerza que me hacía ver estrellas y que provocaba que mis fluidos chorrearan por el interior de mis muslos, bajando hasta mis rodillas mientras el ascensor seguía moviéndose con esa lentitud entre plantas.
Mis manos sudaban contra la pared metálica, dejando huellas visibles en el acero frío, mis rodillas temblaban de forma incontrolable y el vestido se me había subido completamente hasta la cintura, dejando mi culo y mi coño completamente expuestos a este desconocido que me follaba como si no hubiera mañana, y en un momento el ascensor se detuvo en un piso con ese sonido metálico que me heló la sangre; el corazón se me subió a la garganta, contuve la respiración hasta que me dolió el pecho, aterrorizada, imaginando que las puertas se abrían y alguien, quizás una señora mayor con bolsas de la compra, un grupo de compañeros de trabajo, o incluso alguien conocido, nos descubría así, con las piernas abiertas follando con un desconocido y la cara desencajada de placer, sin embargo él no paró, y siguió follándome más lento pero más profundo, como si el peligro lo excitara todavía más, empujando con fuerza controlada mientras yo apretaba los dientes intentando no gemir, sintiendo cómo su miembro grueso rozaba cada punto sensible dentro de mí y cómo mis paredes se contraían alrededor de él con cada embestida que me metía.
Escuchamos pasos fuera, voces lejanas hablando en el pasillo, el sonido de tacones acercándose, y yo apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula cuando él metió una mano entre mis piernas y empezó a frotarme el clítoris hinchado con los dedos, con círculos rápidos y precisos mientras su miembro seguía entrando y saliendo de mí con esa lentitud tortuosa que me estaba volviendo loca.
El ascensor volvió a moverse con un suave tirón que me hizo soltar todo el aire que había estado conteniendo en un gemido largo, entrecortado y ahogado que no pude reprimir del todo, un sonido que me aterrorizó porque podría haber sido escuchado desde fuera.
El peligro me tenía super excitada, pero sobre todo, esa imagen tan humillante de mí mientras estaba siendo usada y ese riesgo que estaba corriendo, me provocó un orgasmo repentino y tan brutal que me atravesó como una descarga eléctrica, haciendo que apretase más mi vagina alrededor de su pene con tanta fuerza que él gimió contra mi oreja, mientras mis fluidos bajaban por mis muslos y empapaban el suelo del ascensor.
El siguió follándome sin piedad, alargando mi clímax hasta que creí que iba a desmayarme, empujando más profundo, más fuerte, como si quisiera romperme por dentro.