Millonario por castigo Chapter 52
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Chapter 52

Acabamos en una de las salas privadas del local que está vacía en estos momentos.

La miro y me doy cuenta de dos cosas.

La primera es que me importa tres cojones no estar fuera, con toda la gente.

La segunda es que nunca he tenido tanto miedo en toda mi vida como en este momento, cuando tengo a Veva delante de mí y es mi oportunidad para arreglar las cosas.

La música continúa sonando en el resto del local, la gente habla, ríe, brinda y baila, pero todo eso parece lejano en este momento, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Solo la veo a ella.

A la mujer que se marcha de una mansión para construir una vida propia.

A la mujer que convierte una nave vacía en una escuela.

A la mujer que decide quién quiere ser sin pedir permiso.

Y Dios.

Nunca la he querido tanto.

—Llevo todos estos días intentando convencerme de que hice lo correcto —murmuro—. Me repito que alejarme era lo mejor para ti. Que merecías algo más fácil. Más estable. Menos complicado que yo. Más como el puto Fede de los cojones…

Ella no aparta la mirada y eso casi me mata, porque Veva siempre escucha.

Incluso cuando la verdad duele.

—Pero resulta que soy un desastre incluso para mentirme a mí mismo —añado.

Una lágrima resbala por su mejilla y algo dentro de mí se rompe.

—Yo… siento haberte ocultado lo de Fede. Tenía miedo de que lo que estaba teniendo contigo se acabase porque pensaras que yo quería esa vida con él. No puede todo estar más lejos de la realidad… Contigo me siento viva, Oliver.

Trago saliva, porque siento la boca seca como el esparto, y sonrío.

—No he dejado de pensar en ti. Pienso en ti cuando alguien menciona Cañada Real.

Cuando veo pintura en cualquier sitio. Cuando escucho a alguien discutir con demasiada pasión por una tontería y me acuerdo de las cortinas.

Cuando paso por delante de una floristería y me acuerdo de que eres capaz de emocionarte por cosas que la mayoría ni siquiera mira.

Ella se queda completamente quieta y yo continúo hablando, porque ya he llegado demasiado lejos para esconderme ahora:

—Pienso en ti cuando suena el móvil y durante medio segundo espero que seas tú. Cuando me subo a la moto. Cuando alguien me pregunta por qué sonrío solo como un imbécil. Y cuando llego a casa por la noche y sigo girándome para contarte algo que me ha pasado antes de recordar que no estás allí

Ella suelta una pequeña risa entre lágrimas.

Y Dios mío.

Había olvidado cuánto necesitaba escucharla reír

—Pienso en ti todo el tiempo, princesa.

Ahora soy yo quien baja la mirada un segundo, porque la siguiente parte es la más difícil.

—Y… me he dado cuenta de algo.

—¿Qué? —pregunta ella.

Levanto la vista y la miro directamente a los ojos.

—Que no te alejé para protegerte, te alejé porque tenía miedo de quererte tanto. Miedo de perderte. Miedo de que un día descubrieras todas las cosas que están mal dentro de mí y decidieras marcharte, como hizo Antonio.

Mi garganta arde.

—No hay nada mal dentro de ti —susurra ella, acariciándome la mejilla.

—Y fui tan cobarde que preferí hacerlo yo primero.

Veva cierra los ojos apenas un instante y cuando vuelve a abrirlos están llenos de lágrimas.

—Oliver...

—Lo sé.

Sonrío.

Una sonrisa pequeña.

—Créeme, sé perfectamente lo imbécil que suena.

—Eres idiota.

No puedo evitar reírme y ella también.

Es entonces cuando ocurre; Veva da un paso hacia mí. Solo uno, pero suficiente para derribar todas las murallas que llevo años construyendo.

—Yo también tenía miedo —susurra.

La miro.

—Lo sigo teniendo, pero no puedo dejar que el miedo tome decisiones por mí. Ni el miedo ni nadie.

Directa al corazón, como siempre.

Veva me sostiene la mirada unos segundos, sonríe y después me besa.

Sin avisar.

Sin pedir permiso.

Como hace siempre con las cosas importantes.

Mi mano encuentra inmediatamente su cintura y la acerco a mí.

Necesito hacerlo.

Llevo días enteros intentando convencerme de que podía vivir sin esto.

Sin ella.

Sin nosotros.

Y resulta que no.

El beso sabe a alivio, a perdón, a hogar.

La abrazo con más fuerza y en este momento para mí solo queda ella.

Solo siempre ella.

Cuando nos separamos, nuestras frentes permanecen juntas y ninguno de los dos parece tener demasiadas ganas de alejarse.

Qué sorpresa.

—No vuelvas a decidir por mí nunca más —susurra.

Asiento inmediatamente.

—Nunca.

—Ni aunque creas que me estás protegiendo.

—Ni aunque crea que te estoy protegiendo.

Veva sonríe.

—Y tú no vuelvas a ocultarme pedidas de matrimonio nunca maś.

Veva suelta una carcajada.

—Por Dios, ¿por quién me tomas?

Y entonces entiendo algo que he aprendido: el amor no consiste en salvar a alguien, ni en encerrarlo, ni en elegir por él.

Consiste en quedarse incluso cuando da miedo, no hay garantías o sabes exactamente cuánto puede doler.

Le acaricio la mejilla despacio.

—Quédate conmigo.

Veva sonríe.

Creo que jamás voy a cansarme de ver esa sonrisa.

—Pensaba hacerlo igualmente, Oliver Luque.

Epílogo

Seis meses más tarde, conseguir mesa en El Portal un viernes por la noche se convierte prácticamente en un deporte de riesgo.

La prensa sigue hablando del local como “el fenómeno inesperado de Madrid”, los influencers continúan subiendo vídeos desde sus mesas y las listas de espera para los talleres sociales, culturales y deportivos crecen cada semana.

Pero lo verdaderamente importante no sale en ninguna revista.

No hablan de los chavales que vuelven a estudiar después de años sintiéndose fuera de lugar.

Ni de las becas deportivas.

Ni de las madres que ahora trabajan en algunos de los proyectos financiados por El Portal.

Ni de la pequeña escuela infantil que nace en Cañada Real y que cada mañana llena una nave entera de dibujos, canciones desafinadas y niños corriendo de un lado a otro.

Porque las cosas importantes rara vez hacen tanto ruido como los escándalos.

Oliver Luque devuelve hasta el último euro del dinero de Antonio y, por primera vez en su vida, ya no siente que esté sobreviviendo.

Está construyendo.

Y quizá esa es la diferencia más importante de todas.

Parte del dinero que gana durante aquellos meses termina invertido directamente en los proyectos sociales de El Portal.

La otra parte acaba en algo muchísimo más sencillo: un piso luminoso para Nines en Chamberí con una cocina enorme, una terraza pequeña y ventanas llenas de plantas que ella enseña orgullosa a cualquier persona que cruza la puerta.

Oliver todavía recuerda la cara de su madre cuando le entrega las llaves.

Sí, es el piso de la madre de Veva, que ella lo vende para tener su propio dinero y se va a vivir con él.

Las cosas con Veva también cambian.

Muchísimo.

Y, al mismo tiempo, nada.

Porque siguen discutiendo por tonterías absurdas, robándose comida del plato contrario y besándose en cualquier rincón de Madrid como dos adolescentes con problemas serios de autocontrol.

Pero ahora ya no se quieren desde el miedo.

Ni desde la necesidad.

Ni desde la sensación constante de estar a punto de perderse.

Ahora simplemente se eligen.

Todos los días.

Incluso en los malos.

Genoveva Castelló, efectivamente, jamás vuelve a utilizar el apellido Santos públicamente.

Aquello provoca meses de titulares, rumores y dramas familiares dignos de varias temporadas de televisión premium, aunque con el tiempo hasta la prensa termina cansándose de convertir su vida sentimental en contenido semanal.

Y ella, sinceramente, deja de prestar atención bastante rápido.

Porque está demasiado ocupada viviendo la vida que realmente quiere.

La escuela de Cañada Real termina convirtiéndose en el proyecto más importante de su vida.

Allí enseña, organiza talleres, habla con familias, gestiona ayudas y termina casi todos los días llena de pintura, plastilina o purpurina hasta niveles preocupantes para cualquier persona mínimamente elegante.

Lo cual resulta especialmente divertido teniendo en cuenta que Ignacio Santos sigue sufriendo pequeñas crisis nerviosas cada vez que la ve así.

Su relación con él mejora despacio.

Muy despacio.

Como mejoran las cosas que llevan demasiado tiempo rotas.

Siguen discutiendo.

Siguen sin entenderse muchas veces.

Siguen siendo orgullosos hasta el agotamiento.

Pero Ignacio empieza a mirar a su hija de otra manera desde el momento en que comprende algo importantísimo: Genoveva jamás quiere destruir la vida que él construye.

Solo quiere tener una propia.

A veces incluso aparece discretamente por algunos eventos de la escuela.

Habla poco, observa mucho y finge no emocionarse cuando los niños la abrazan al verla llegar.

Nadie lo menciona nunca, pero Veva lo sabe igualmente.

Una tarde cualquiera, la lluvia amenaza Madrid desde hace horas cuando Veva sale finalmente de la escuela cargando carpetas, dibujos infantiles y agotamiento físico severo.

—¡No os olvidéis de los disfraces del viernes! —grita desde la puerta mientras varios niños salen corriendo hacia sus padres.

Uno de ellos se gira rápidamente.

—¡Profe Veva! ¿Tu novio el de la moto viene hoy?

Ella suelta una risa cansada.

—Espero que sí. Porque tengo muchísimo frío.

—¡A mí me da miedo! —grita otra niña.

—Y a mí su cara —añade otro.

Veva niega con la cabeza divertida justo antes de escuchar el sonido.

La moto.

Siempre la moto.

Y Dios.

Sigue provocándole exactamente el mismo efecto que la primera vez.

Oliver aparece segundos después girando la esquina con el casco negro puesto y esa forma tan suya de conducir como si las normas de tráfico fueran simplemente sugerencias creativas.

Se detiene frente a ella y se quita el casco lentamente.

Mortalmente guapo.

Qué agotamiento de hombre.

—Hola, princesa.

Veva sonríe automáticamente.

Y aquello sigue siendo una de las cosas favoritas de Oliver en el mundo: la manera en la que ella sonríe ahora.

Libre, digna de ser la chica más guapa de Madrid.

—Llegas tarde.

—Estaba salvando la ciudad.

—Claro. ¿Y qué haces exactamente?

Oliver se baja de la moto acercándose hasta ella mientras le quita una mancha de pintura azul de la mejilla con el pulgar.

—Convencer a Sergio de que no puede contratar DJs solamente porque “transmiten energía sexual peligrosa”.

—Dios mío.

—Ha sido una tarde difícil.

Ella suelta una risa pequeña y Oliver siente exactamente lo mismo que lleva sintiendo desde hace meses: la sensación absurda de que la vida se vuelve muchísimo más bonita desde que Veva lo despierta por las mañanas.

Le quita las carpetas de las manos antes de besarla despacio.

Sin ansiedad.

Sin miedo.

Sin pensar que aquello puede desaparecer en cualquier momento.

Solo amor.

Del bueno.

Cuando se separan, Veva apoya la frente contra la suya sonriendo apenas.

—¿Qué piensas? —le pregunta Oliver.

—Que al final sí me atreví a enamorarme de un millonario.

Oliver suelta una risa baja rodeándole la cintura.

—Millonario por castigo, sí.

Ella niega con la cabeza divertida antes de ponerse el casco que él le tiende.

Luego sube a la moto abrazándose a su espalda automáticamente mientras Madrid sigue brillando alrededor.

Esta vez ninguno de los dos tiene ganas de salir corriendo de las cosas bonitas.