CAPÍTULO XVII #2
Y ahora, después de haber presenciado ambos el enfrentamiento entre rusos y tártaros ante la ciudad, después de haber abandonado Kolyván en el momento en que la lucha se desarrollaba por sus calles, habían acudido a toda prisa a la estación telegráfica para lanzar a Europa sus telegramas rivales y arrebatarse mutuamente la primicia de los acontecimientos.
Miguel Strogoff se había apartado, en la sombra, y, sin ser visto, podía verlo y oírlo todo. Evidentemente, iba a enterarse de noticias que le interesaban y a saber si debía o no entrar en Kolyván.
Harry Blount, más impaciente que su colega, se había apoderado de la ventanilla y tendía su telegrama, mientras Alcide Jolivet, en contra de sus costumbres, daba impacientes pisotones.
—Son diez kopeks por palabra —dijo el empleado mientras tomaba el telegrama.
Harry Blount dejó sobre el mostrador una pila de rublos, que su colega contempló con cierta estupefacción.
—Bien —dijo el empleado.
Y, con la mayor sangre fría del mundo, comenzó a telegrafiar el siguiente despacho:
«Daily Telegraph, Londres. »De Kolyván, gobierno de Omsk, Siberia, 6 de agosto. »Enfrentamiento entre las tropas rusas y tártaras...»
Al ser leída en voz alta, aquella información permitió a Miguel Strogoff oír todo cuanto el corresponsal inglés comunicaba a su periódico.
«Las tropas rusas han sido rechazadas con grandes pérdidas. Los tártaros han entrado hoy mismo en Kolyván...»
Con estas palabras terminaba el despacho.
—Ahora me toca a mí —exclamó Alcide Jolivet, que quiso entregar el despacho dirigido a su prima del Faubourg-Montmartre.
Pero aquello no convenía al corresponsal inglés, que no pensaba abandonar la ventanilla, a fin de estar siempre en condiciones de transmitir las noticias a medida que fueran produciéndose. Por eso no cedió el puesto a su colega.
—¡Pero ya ha terminado!... —exclamó Alcide Jolivet.
—No he terminado —respondió sencillamente Harry Blount.
Y continuó escribiendo una serie de palabras que después entregó al empleado, quien las leyó con su voz tranquila:
«Al principio, Dios creó el cielo y la tierra...»
Eran los versículos de la Biblia que Harry Blount telegrafiaba para hacer tiempo y no ceder su puesto a su rival. Tal vez le costaría varios miles de rublos a su periódico, pero su periódico sería el primero en recibir la noticia. ¡Francia esperaría!
Puede imaginarse la furia de Alcide Jolivet, quien, en cualquier otra circunstancia, habría considerado que aquello era juego limpio. Incluso quiso obligar al empleado a recibir su despacho antes que el de su colega.
—Es derecho del señor —respondió tranquilamente el empleado, señalando a Harry Blount y sonriéndole amablemente.
Y continuó transmitiendo fielmente al Daily Telegraph el primer versículo del libro sagrado.
Mientras realizaba la transmisión, Harry Blount se dirigió tranquilamente a la ventana y, con el anteojo ante los ojos, observó lo que sucedía en los alrededores de Kolyván, con el fin de completar sus informaciones.
Al cabo de unos instantes, volvió a ocupar su puesto en la ventanilla y añadió a su telegrama:
«Dos iglesias están en llamas. El incendio parece avanzar por la derecha. La tierra estaba informe y desnuda; las tinieblas cubrían la faz del abismo...»
Alcide Jolivet sintió unas ganas feroces de estrangular al honorable corresponsal del Daily Telegraph.
Volvió a dirigirse al empleado, quien, siempre impasible, le respondió sencillamente:
—Es su derecho, señor, es su derecho... a diez kopeks por palabra.
Y transmitió la siguiente noticia, que le proporcionó Harry Blount:
«Los fugitivos rusos escapan de la ciudad. Y Dios dijo: hágase la luz, y la luz fue hecha...»
Alcide Jolivet estaba literalmente fuera de sí.
Entretanto, Harry Blount había vuelto junto a la ventana, pero esta vez, distraído sin duda por el interés del espectáculo que tenía ante los ojos, prolongó demasiado su observación.
Así que, cuando el empleado hubo terminado de telegrafiar el tercer versículo de la Biblia, Alcide Jolivet ocupó silenciosamente su lugar en la ventanilla y, tal como había hecho su colega, después de depositar con toda calma una respetable pila de rublos sobre el mostrador, entregó su despacho, que el empleado leyó en voz alta:
«Madeleine Jolivet, »10, Faubourg-Montmartre (París). »De Kolyván, gobierno de Omsk, Siberia, 6 de agosto. »Los fugitivos escapan de la ciudad. Rusos derrotados. Persecución encarnizada de la caballería tártara...»
Y, al levantar la vista, Harry Blount oyó a Alcide Jolivet completar su telegrama, canturreando con voz burlona:
Hay un hombrecillo,todo vestido de gris,¡en París!...
Como consideraba impropio mezclar, como se había atrevido a hacer su colega, lo sagrado con lo profano, Alcide Jolivet respondía a los versículos de la Biblia con un alegre estribillo de Béranger.
—¡Aoh! —exclamó Harry Blount.
—Así son las cosas —respondió Alcide Jolivet.
Entretanto, la situación empeoraba alrededor de Kolyván. La batalla se acercaba y las detonaciones estallaban con extrema violencia.
En aquel momento, una sacudida hizo temblar la estación telegráfica.
Un obús acababa de atravesar el muro, y una nube de polvo llenó la sala de transmisiones.
Alcide Jolivet terminaba entonces de escribir estos versos:
Rollizo como una manzana,que, sin un céntimo en efectivo...
pero detenerse, abalanzarse sobre el obús, agarrarlo con ambas manos antes de que hubiera estallado, arrojarlo por la ventana y volver a la ventanilla fue para él cosa de un instante.
Cinco segundos más tarde, el obús estallaba en el exterior.
Pero, mientras continuaba redactando su telegrama con la mayor sangre fría del mundo, Alcide Jolivet escribió:
«Un obús de seis ha hecho saltar el muro de la estación telegráfica. Esperamos algunos más del mismo calibre...»
Para Miguel Strogoff, no cabía duda de que los rusos habían sido rechazados de Kolyván. Su último recurso consistía, pues, en lanzarse a través de la estepa meridional.
Pero entonces estalló una terrible descarga de fusilería cerca de la estación telegráfica, y una granizada de balas hizo saltar los cristales de la ventana.
Harry Blount, alcanzado en el hombro, cayó al suelo.
En aquel mismo momento, Alcide Jolivet iba a transmitir este añadido a su despacho:
«Harry Blount, corresponsal del Daily Telegraph, cae a mi lado, alcanzado por un fragmento de muro...»
cuando el impasible empleado le dijo con su inalterable calma:
—Señor, el hilo está roto.
Y, abandonando su ventanilla, tomó tranquilamente su sombrero, que cepilló con el codo y, siempre sonriente, salió por una pequeña puerta que Miguel Strogoff no había advertido.
La estación fue entonces invadida por soldados tártaros, y ni Miguel Strogoff ni los periodistas pudieron emprender la retirada.
Alcide Jolivet, con su inútil despacho en la mano, se había precipitado hacia Harry Blount, tendido en el suelo, y, haciendo honor a su buen corazón, se lo había cargado a los hombros con la intención de huir con él... ¡Demasiado tarde!
Los dos eran prisioneros y, al mismo tiempo que ellos, Miguel Strogoff, sorprendido cuando estaba a punto de saltar por la ventana, caía en manos de los tártaros.