EPÍLOGO
El tiempo, ese ladrón silencioso, había corrido más de lo que esperábamos.
Y aquí estábamos… un grupo que comenzó como un puñado de adolescentes con sueños rotos, con miedos guardados bajo la piel, y que terminó siendo una familia elegida, un lazo inquebrantable sellado entre risas, lágrimas y locuras.
Noah Benedetti, ese chico gruñón con el ceño fruncido y el corazón de oro, comprendió al fin que amar no era aferrarse con miedo, sino soltar para confiar, para crecer.
Aquel “mierda, me enamoré de ti” que le confesó alguna vez a Sara ya no dolía, no pesaba: ahora era un eco dulce, una promesa silenciosa de que el amor verdadero, aunque a veces se esconda entre la distancia y las tormentas, siempre encuentra el camino de vuelta.
Richard, el alma de la fiesta, el caos con traje, el Benedetti que nadie pudo domar salvo Mika.
Dejó atrás los celos que lo encadenaban y aprendió que el verdadero amor no se obliga ni se arrebata: se conquista todos los días, sin descanso, sin miedo.
Porque si algo supo Richard, es que a Mika nunca la tendría como un trofeo, sino como una aliada, una compañera de batallas, de noches de pasión y días de risas.
Mika, la estrella que nunca dejó de brillar, la chica que se juró no ser atrapada y terminó atrapando corazones.
Que encontró en su fuerza la manera de levantarse cada vez que la vida intentó quebrarla.
Que descubrió que no hay miedo que pueda más que el amor propio, y que al final, siempre, elige su camino.
Jeremy, Mónica, Cale... todos ellos, piezas imprescindibles de este rompecabezas. Cada uno aportó luz cuando las sombras parecían eternas. Cada uno demostró que la verdadera amistad no está en los buenos momentos, sino en los peores, cuando más duele, cuando más se necesita.
El castillo Benedetti, las calles de Nueva Jersey, los atardeceres de Los Ángeles, las locuras en París, la pasión en Brasil…
fueron solo escenarios. Porque lo que realmente marcó esta historia fue ese “mierda, me enamoré de ti” que cambió sus vidas.
Porque enamorarse no fue un error, fue el principio de todo.
Y ahora, mientras las páginas de este libro se cierran, no es el final. Es el preludio de lo que está por venir. Porque las historias como esta… nunca terminan. Solo esperan el siguiente capítulo.