Mierda, me enamoré de ti LA AMISTAD #2
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LA AMISTAD #2

Jeremy apareció corriendo, el alivio en sus ojos al ver a Mónica hizo que todo el miedo se esfumara un poco. Richard llegó tras él, jadeando, pero con esa sonrisa suya que siempre vuelve.

Y por fin, Sara salió entre los árboles, los ojos brillando con lágrimas y luz de luna.

Corrí hacia ella, la tomé de las manos.

—Estás bien... gracias a Dios, estás bien.

Nos quedamos ahí, todos, juntos al fin. El bosque ya no parecía tan terrible. El miedo se deshizo un poco, como si la unión lo espantara.

Richard, intentando devolver la risa:

—Bueno... esto es lo más cerca que hemos estado de una película de terror. Noah, ¿sigues vivo?

Yo reí, nervioso.

—Muy gracioso. Pero sí... sigo vivo.

Y así, juntos, empezamos el camino de regreso al castillo, con el lago como guía, prometiéndonos no volver a salir al bosque sin linternas... ni locuras de último minuto.

El regreso al castillo fue como volver del borde del abismo. El lago nos guiaba, la luna nos cuidaba, y el bosque, al fin, nos dejó pasar sin más sustos. Caminamos en silencio al principio, cada uno procesando el miedo, el alivio, el peso de sabernos juntos otra vez.

Cuando cruzamos las puertas del castillo, el eco de nuestras pisadas nos recordó que estábamos a salvo.

Nos dejamos caer en los sillones del salón principal, respirando al fin.

Jeremy, todavía agitado:

—Eso fue lo más cerca que quiero estar de perderlos.

Mónica lo abrazó, y ese abrazo dijo más que cualquier palabra.

Mika, con las mejillas aún rojas del susto:

—Yo ya no vuelvo al bosque sin GPS, linterna y guía turístico.

Cale asintió.

—Ni yo. Pero al menos aprendimos algo: juntos, siempre salimos.

El ambiente empezó a relajarse. Y entonces Richard, cómo no, rompió el momento:

—Bueno... ¿y ahora quién va a hacer la cena?

Las carcajadas estallaron.

—¡Que cocinen los chefs de los hot cakes! —gritó Jeremy, señalándonos a Richard y a mí.

Yo negué riendo.

—Ni loco. Hoy alguien más.

Pero el humor ya nos había devuelto el alma al cuerpo.

Cuando por fin todo se calmó, me quedé solo un momento. No podía dormir sin verla. Caminé al cuarto de Sara, toqué la puerta suave.

—¿Puedo?

Abrió, con esos ojos que aún brillaban de la emoción y el susto.

—No quiero estar sola esta noche —dijo, y su voz era un suspiro.

Nos sentamos en la cama, juntos, bajo la luz tenue de la lámpara. La noche afuera estaba en paz.

Hablamos de todo y de nada: de los miedos, de lo que nos asustó en el bosque, de lo que nos asusta en la vida. De Stanford, de su futuro, del mío.

—No quiero perder esto —le dije, tomando su mano.

—No lo perderás —susurró, y en ese momento lo creí todo.

Nos besamos, y fue un beso de alivio, de promesa, de amor. Las caricias no fueron urgentes; fueron suaves, sinceras, como dos almas que se encuentran después de perderse en la oscuridad.

La noche nos envolvió en ese instante que no queríamos que terminara.

La noche terminó envuelta en ese aire de calma que solo llega después del miedo y la unión. El castillo del lago parecía un refugio perfecto, y el amanecer trajo consigo el aroma del bosque, el canto de los pájaros y la promesa de un nuevo día.

Pero esa paz duró poco.

Un ruido interrumpió el silencio: el motor de un auto. Un auto que no esperábamos.

Todos nos asomamos por las ventanas. Era él. Papá. El hombre que rara vez aparecía sin avisar, el pilar de todo, el Benedetti mayor.

Bajamos de inmediato al recibidor, y ahí estaba: impecable como siempre, aunque su rostro dejaba ver lo que sus palabras confirmarían.

—Buenos días, chicos. Lamento interrumpir este fin de semana... créanme, no era mi intención.

Su voz era firme, pero tenía esa carga que solo se oía en los momentos graves.

Nos miró uno a uno, hasta que sus ojos se clavaron en Richard y en mí.

—Necesito su ayuda. Y la necesito ahora.

El silencio fue inmediato.

—Papá, ¿qué pasa? —preguntó Richard, dejando de lado su humor para ponerse serio.

—Hemos sido atacados —dijo, directo, sin vueltas—. Un hacker, alguien que logró romper las defensas de la empresa. No sé cómo lo hizo, ni quién es, pero lo que sí sé es que si esto sigue, los inversionistas perderán la fe... y todo el trabajo de generaciones se vendrá abajo.

Lo miré, sintiendo cómo el peso de su mirada se convertía en el peso de la responsabilidad.

—¿Qué necesitas de nosotros?

—Noah... tú eres el mejor que conozco para esto. Tus aplicaciones, tus algoritmos, tu forma de pensar fuera de lo común... necesito que revises todo, que encuentres la brecha, que cierres esa grieta antes de que sea demasiado tarde.

Respiré hondo. Sabía que lo decía en serio. Sabía que estaba apostando por mí en el momento clave.

Papá giró hacia Richard.

—Y tú, hijo... tú tienes que convencerlos. Los accionistas confían en tu palabra, en tu presencia. Si se van, estamos perdidos.

Richard asintió, tragando saliva.

—Papá... ¿esto es tan grave?

—Sí. Es tan grave.

El aire se volvió denso. Todos nos quedamos en silencio, procesando el giro inesperado que nos traía ese día.

Yo levanté la mirada, encontrándome con la de Sara, que estaba al fondo, como siempre, dándome fuerzas sin decir una palabra.

—Cuenta conmigo —dije.

Richard sonrió, serio por primera vez en mucho tiempo.

—Cuenta con los dos.

Papá respiró aliviado.

—Sabía que no me fallarían.

Y así, ese fin de semana de descanso se convirtió en una misión. Porque cuando la familia llama, un Benedetti responde.

El viaje de regreso al castillo principal no fue solo un cambio de lugar: fue un cambio de aire, de propósito. Dejamos atrás el lago, la tranquilidad, el bosque, y nos adentramos en el corazón del caos.

El castillo principal se alzaba imponente, y detrás de sus muros estaba la sede de todo: la empresa Benedetti, ese gigante que generaciones de nuestra familia habían levantado y que ahora estaba en peligro.

Richard, impecable en su traje, con esa elegancia natural que tenía para las grandes ocasiones, caminaba al lado de papá directo a la sala de juntas.

Los inversionistas ya esperaban. Sus rostros tensos, sus miradas llenas de preguntas, de miedo, de decisiones que podían destruirlo todo si no lográbamos salvar la situación.

Papá, firme como siempre, acompañaba a Richard, preparado para calmar, para liderar, para ser ese Benedetti que no se quiebra ante la tormenta.

Yo, en cambio, me fui directo a la sala de investigación y estrategia informática. Las pantallas gigantes, los códigos, las alertas: todo me gritaba que el tiempo corría.

Me senté, puse las manos en el teclado y dejé que el mundo se apagara a mi alrededor. Necesitaba concentración. Necesitaba encontrar al intruso, cerrar las puertas que había abierto, proteger lo que era nuestro.

Y ahí estaban ellos: mis amigos. Jeremy, Mónica, Mika, Cale, Sara. No entendían lo que veía yo en las pantallas, pero estaban ahí. En silencio, apoyándome con su sola presencia. Y eso era todo lo que necesitaba.

Pero lo que no esperaba, lo que ni siquiera imaginaba, fue lo que pasó después.

Sara se acercó. Se sentó a mi lado, y con una calma que contrastaba con el caos del momento, miró la pantalla.

—¿Ese es el punto débil del sistema? —preguntó, señalando un fragmento de código que yo mismo había pasado por alto.

La miré, sorprendido.

—¿Tú... entiendes esto?

Ella sonrió, con esa mezcla de ternura y picardía que la hacía única.

—No te lo había dicho, ¿verdad? Pero sí. La ciberseguridad siempre fue algo que me gustó. Lo estudié por mi cuenta.

Y de pronto ya no estaba solo. Juntos, empezamos a analizar el ataque, a trazar estrategias, a cerrar puertas virtuales y a tender trampas. Era como una batalla real, pero en la red. Cada movimiento del hacker encontraba una respuesta de nuestra parte.

—Por aquí —dijo Sara, señalando un acceso que el intruso estaba usando para eludir las defensas.

—Ya lo tengo —contesté, bloqueando el canal.

Nuestros amigos miraban sin entender del todo, pero con el corazón en el puño, sabiendo que lo que hacíamos ahí dentro podía salvarlo todo.

Mientras tanto, en la sala de juntas, Richard hablaba con los inversionistas, calmando sus miedos, mostrando ese carácter Benedetti que les recordaba por qué habían confiado en nuestra familia desde el principio.

Y en la sala de sistemas, Sara y yo, codo a codo, éramos los guardianes digitales de todo lo que amábamos.

El combate había comenzado. Y esta vez, no pensábamos perder.

El sistema estaba limpio. El hacker había sido bloqueado. La sede principal de la empresa Benedetti recuperaba la calma... pero mi mente no. Porque algo no cuadraba.

Me quedé mirando la pantalla mientras los demás respiraban aliviados. Sara, a mi lado, lo notó.

—¿Qué pasa?

—Esto no vino solo de afuera —dije, convencido—. Alguien les abrió la puerta. Alguien de adentro.

El silencio llenó la sala de sistemas. Mis amigos dejaron de hablar, atentos. Sara se acercó más, y juntos empezamos a revisar los registros ocultos, los archivos que casi nadie mira.

Y ahí estaba. Un permiso generado desde dentro. Una firma digital.

—¡Lo tengo! —dije, la voz firme, sin temblor—. Sara, ayúdame. Vamos a exponer esto.

Sara asintió, decidida. Preparamos la laptop, la conectamos al proyector de la gran sala de juntas de la sede principal, donde Richard, papá y los inversionistas aún debatían la situación.

Entramos. Todas las miradas se giraron hacia nosotros.

—Papá. Richard. Señores —dije—. El ataque ha sido contenido. Pero hay algo más.

Richard frunció el ceño.

—¿Qué sucede, Noah?

Sara proyectó el registro. Las líneas de código, los datos, y finalmente el nombre: el traidor.

Un alto directivo. Uno de los hombres de confianza, uno de los que siempre se sentaba en la mesa de decisiones.

El salón de juntas quedó en silencio sepulcral.

—Él dio el acceso. Él abrió la puerta. Y lo que buscaba no era solo un robo: estaba ejecutando un lavado de dinero encubierto.

El rostro de papá era acero puro.

—Esto es imperdonable. Un Benedetti no tolera la traición.

El directivo intentó justificarse, pero papá lo detuvo con un solo gesto.

—No digas nada. Estás fuera. Desde este momento. Y será la justicia la que te juzgue.