RECONCILIACIÓN #2
Se acercó, y todos detrás. Y ahí estaba Mika. Mika y Tavian, el italiano de sonrisa encantadora que ya nos había echado el ojo en el barco. En medio de lo que claramente era... una escena sin permiso de público.
Mika, con el cabello alborotado, las mejillas encendidas, miró a su hermano como si la luna misma la hubiera traicionado.
—¡Cale! ¡¿Qué haces aquí?!
Cale se quedó mudo un segundo, el horror pintado en su cara.
—¡¿Qué hago yo aquí?! ¡¿Qué haces tú aquí?! ¡Desaparecida, haciendo que te busquemos como locos!
Tavian, sin perder la calma, medio se cubrió, medio sonrió.
—Tutto bene... tutto bene... solo amore.
Richard, que hasta entonces se había mantenido relativamente serio, no aguantó más. Estalló en carcajadas.
—¡Por el amor de Dios, Cale! Hiciste un escándalo como si el mar se la hubiera llevado ¡y resulta que estaba ocupada!
Cale giró furioso hacia él.
—¡Richard, no es gracioso! ¡Es mi hermana!
—¡Exacto! Y está bien, ¡demasiado bien diría yo! —seguía riendo, sosteniéndose las costillas—. Hermano protector nivel Dios, ¡pero déjala vivir un poco!
Mika intentó recomponerse, arreglándose la ropa como podía.
—¡Ya basta! ¡Todos fuera!
Yo intenté no reírme, lo juro. Pero la cara de Cale, el ataque de risa de Richard, Mika y Tavian intentando recuperar la dignidad... era demasiado.
Sara, a mi lado, me miró con esos ojos brillantes, y entre risas me susurró:
—Y nosotros pensábamos que teníamos drama...
El caos se transformó en carcajadas. Cale, aunque furioso, no pudo evitar al final rendirse al absurdo de la escena. Richard, claro, hizo de todo un brindis. La música volvió, las guitarras sonaron otra vez, el mar regresó a su murmullo eterno.
La fiesta renació con más fuerza. Las fogatas iluminaban los rostros, el vino pasaba de mano en mano, y las estrellas parecían reírse con nosotros.
Yo me alejé un poco con Sara, como si el fuego nos llamara sólo a nosotros dos. Nos sentamos cerca de una de las hogueras, el calor en la piel, el frío del mar en el aire, el ritmo del tambor marcando el pulso de la noche.
Ella se recogió el cabello, los ojos reflejando el fuego, la sonrisa encendiendo algo que dentro de mí ya no podía apagar.
—Non riesco a guardarti senza volerti baciare —le susurré, acercándome lo justo para que lo oyera sólo ella.
( Sin poder mirarte sin querer besarte .)
Ella me miró, la respiración contenida, el pecho subiendo y bajando despacio, las mejillas encendidas no sólo por el fuego.
—Noah...
—Dimmi di sì —le dije, apenas un susurro.
( Dime que sí .)
Y lo dijo. No con palabras. Con esa forma en que sus labios buscaron los míos, primero lentos, probando, luego seguros, encontrándose. Besos que no necesitaban permiso, besos que eran respuestas y preguntas al mismo tiempo.
Mi mano acarició su rostro, su cuello, bajó hasta entrelazarse con la suya. El mundo era el fuego, el mar y nosotros.
Nos separamos apenas un momento, respirando el uno del otro, y le susurré:
—Sei la mia confusione più bella.
( Eres mi confusión más hermosa .)
Ella rio, suave, con esa risa que guardaría para siempre.
—Entonces que siga la confusión —me dijo, y volvimos a perdernos en ese juego de besos, caricias, miradas que ardían más que la hoguera.
El tambor marcaba el ritmo, la noche era nuestra. Y yo supe que no había viaje, ni castillo, ni mar que pudiera compararse a lo que estaba pasando en ese instante.
El camino de regreso al castillo fue un desfile de risas, tropiezos y voces más altas de lo que deberían ser a esas horas. El vino, el mar y el fuego nos habían dejado a todos con el alma liviana y los sentidos alterados.
Jeremy y Mónica caminaban tomados de la mano, las miradas cómplices dejaban claro que esa noche terminaría sólo de una manera para ellos.
Cale iba serio, su mirada fija en Mika, que avanzaba un poco más adelante. No le quitaba los ojos de encima, aún molesto por la escena de la playa.
Cuando llegamos al castillo, Mika, quizás para evitar el ambiente cargado, se desvió al comedor.
—Seguro sólo busca agua —pensé, viéndola desaparecer entre las sombras de la piedra y la madera vieja.
Cale, con un bufido de cansancio, se fue directo a su habitación, cerrando la puerta sin decir más.
Pero lo que nadie vio, excepto yo, fue a Richard: tambaleante, con esa sonrisa de pícaro que sólo el alcohol le potenciaba, siguiéndola.
El castillo guardó su secreto en la penumbra. Entre las columnas, las miradas, las risas suaves. Mika, junto a la mesa del comedor, giró sorprendida al verlo llegar.
—Richard... ¿qué haces aquí?
Él se encogió de hombros, apoyándose cerca, la sonrisa ladeada, el brillo en los ojos más sincero de lo que esperaba.
—No podía dejar que la noche se apagara sin decirte... que hoy estabas más hermosa que nunca.
Mika rio, esa risa que empezaba como burla y terminaba en rubor.
—Estás borracho, Richard.
—Tal vez. Pero eso no cambia lo que veo.
El silencio entre ellos fue un roce invisible. Y en ese instante, la tensión se hizo carne: el acercarse, el respiro contenido, la mano que rozó la suya. La decisión que no necesitó palabras.
Mika no volvió a la habitación de Cale esa noche. Las sombras del castillo guardaron el secreto.
Mientras tanto, Sara y yo nos refugiamos en mi habitación. El fuego de la playa aún ardía en nuestros labios. Cierro la puerta, y el castillo deja de existir. Sólo quedamos nosotros.
Nuestros besos, más urgentes, más sinceros. Mis manos enredadas en su cabello, sus dedos deslizándose por mi espalda. La habitación iluminada apenas por la luz de la luna que se cuela por la ventana.
—Sei il mio desiderio più forte —le susurro al oído, mientras mi boca encuentra su cuello. ( Eres mi deseo más fuerte .)
Sus labios buscan los míos, su cuerpo se curva hacia mí, como si el mundo nos empujara el uno al otro.
—Ti voglio —digo entre besos. ( Te quiero, te deseo .)
Y lo que sigue es el lenguaje de la piel, de las miradas, de las caricias. La pasión mezclada con ternura, el placer de estar donde siempre quise estar.
La noche es nuestra cómplice. El castillo es testigo mudo de que el amor, el verdadero amor, se reconoce en la oscuridad.
El amanecer se asomó entre las cortinas, dorando las paredes de piedra del castillo. El mar, allá a lo lejos, era un espejo inmenso y tranquilo, como si la noche anterior nunca hubiera pasado. Pero yo lo sabía bien. Todo había cambiado.
Sara dormía a mi lado, su respiración pausada, la calma después del fuego. La miré en silencio, grabando ese momento en mi memoria, sabiendo que el día que empezaba nos pondría a prueba de nuevo.
El castillo despertaba despacio. Los ecos de pasos, las voces bajas, el aroma a café llenando los pasillos.
Me vestí sin hacer ruido y bajé al comedor.
Allí estaban Richard, despeinado y con esa sonrisa de tipo que sabe que anoche cruzó más de un límite; Mika, a su lado, el rubor aún en las mejillas; Cale, que los miraba con una mezcla de resignación y ganas de sermonear, pero sin decir palabra; Jeremy y Mónica, tomados de la mano, compartiendo miradas cómplices.
Me senté en la mesa, exhalando por fin.
—Bueno... —dije, rompiendo el silencio—. Esto sí que fueron unas vacaciones movidas.
Richard levantó su taza de café.
—Y apenas están empezando, hermano.
Todos rieron, incluso Cale, que alzó los ojos al techo como pidiendo paciencia.
Y mientras el sol subía sobre Italia, supe que nada volvería a ser igual. Que lo que habíamos vivido esa noche nos había marcado. Y que lo que estaba por venir... bueno, eso sería otra historia.