Mierda, me enamoré de ti RECONCILIACIÓN
69%

RECONCILIACIÓN

BETTER FOR IT —— FOREING AIR

Noah

El primer rayo de sol se coló por la ventana del castillo, bañando la habitación en un dorado suave que no lograba borrar el calor de la noche anterior.

Sara estaba a mi lado, dormida, con el rostro relajado como hacía tiempo no la veía.

Y por un momento quise que el mundo se detuviera ahí.

Que nada más existiera fuera de ese cuarto, fuera de nosotros.

Pero el mundo no se detuvo. El mundo estaba abajo, en el comedor, esperándonos con olor a café, pan recién hecho... y resaca. Mucha resaca.

Cuando entramos, la escena era casi cómica.

Richard, cabizbajo, con un vaso de agua en una mano y un pedazo de pan en la otra, parecía un guerrero derrotado.

Jeremy tenía los ojos entrecerrados, como si la luz le doliera, y Mónica le acariciaba el brazo, entre divertida y preocupada.

Cale, en cambio, estaba entero, como el buen amigo que había sabido cuándo parar.

—Al fin, los tortolitos —murmuró Richard con una voz ronca, levantando apenas el vaso a modo de saludo.

Yo sonreí y sacudí la cabeza.

—Buenos días a ti también.

Sara se sentó a mi lado, y desde ese instante, todo el desayuno fue un juego de miradas, de caricias disimuladas bajo la mesa, de sonrisas que decían mucho más que las palabras.

Mis dedos rozaban los suyos apenas, como quien prueba el fuego sin querer quemarse.

Ella bajaba la mirada, pero sus ojos brillaban, y yo no podía dejar de buscar esos ojos.

Cale lo notó, porque Cale no era ciego.

—¿Van a contarnos el secreto, o solo van a matarnos de envidia? —dijo con una sonrisa franca, mientras untaba mantequilla en un pan.

Richard soltó una risa ahogada y negó con la cabeza.

—Déjalos, Cale. Están en su propio universo ahora mismo.

Sara y yo cruzamos una última mirada, esa que tiene un millón de preguntas: ¿Qué somos ahora? ¿A dónde vamos? ¿Podemos volver a empezar?

Y mientras afuera el sol subía sobre Italia, dentro de mí supe que esa mañana no era solo un nuevo día. Era el comienzo de todo lo que estaba por venir.

El desayuno ya era un campo de batalla de resacas cuando la puerta del comedor se abrió de golpe. Mika entró como si la vida fuera un desfile y ella fuera la reina del carnaval.

—¡BUENOS DÍAS, MUNDO! —gritó, y el eco rebotó en las paredes de piedra como un trueno.

Richard se llevó las manos a la cabeza.

—Por favor, ¿alguien puede bajarle el volumen a la alegría?

Cale se giró de golpe, su expresión pasaba de confusión a molestia en segundos.

—¡¿Dónde demonios estabas, Mika?! ¡Toda la noche desaparecida! ¿Te parece normal aparecer así como si nada?

Pero Mika ni se inmutó. Al contrario, se dejó caer en la silla entre Sara y Mónica, con una sonrisa que no le cabía en la cara y los ojos brillando como si el mundo le perteneciera.

—¡Chicas! ¡No se imaginan! La mejor noche de mi vida. Guapísimo. Italiano. Encantador. Y bueno... —se encogió de hombros—... no voy a dar detalles, pero digamos que no dormí sola.

Sara y Mónica soltaron un grito que fue mitad sorpresa, mitad celebración, y se inclinaron hacia ella como si fuera un secreto de estado.

Richard dejó caer la cabeza sobre la mesa con un gemido.

—Dios... mi cruda no soporta esto.

Jeremy solo miraba a Mónica como rogando: que a ti no se te ocurra algo igual.

Yo, mientras tanto, trataba de no reírme, porque el show de Mika era lo único que le faltaba a esa mañana. Pero mi mirada volvía una y otra vez a Sara. Esa sonrisa suya, esa manera de mirarme de reojo cuando pensaba que no la veía...

Esperé a que el escándalo bajara un poco y me incliné hacia ella.

—Oye... después de todo esto... ¿nosotros qué?

Ella dejó la taza de café, con la mirada aún cargada de esa mezcla de ternura y complicidad.

—Noah... yo no quiero apresurar nada. Lo que pasó... pasó porque lo sentimos. Y eso ya es bastante. ¿Por qué no dejamos que fluya?

Yo asentí, aunque por dentro deseaba agarrar ese " fluir " y dirigirlo directo a nosotros.

—¿Y si ese fluir nos mete en más problemas? —bromeé, buscando su mano bajo la mesa.

Ella entrelazó sus dedos con los míos.

—Entonces los enfrentamos juntos.

Richard, que parecía renacer con un poco de agua y pan, levantó la vista y sonrió cansado.

—Muy bonito todo. Pero ¿alguien recuerda que estamos en Italia? Porque tengo un plan para hoy... y no, no incluye quedarse aquí como viejos. ¡Nos vamos de paseo en barco! ¡Y al atardecer, fiesta en la costa!

Cale se pasó la mano por la cara.

—¿Otra vez? ¿No has tenido suficiente?

Richard se encogió de hombros, con esa sonrisa que solo él podía tener tras una noche como la de ayer.

—Las vacaciones no se viven a medias.

Y así, entre bromas, miradas y promesas sin decir, el día empezó... con todo lo que eso significaba.

El sol ya estaba alto cuando salimos del castillo.

El aire de mar nos recibió como un soplo de libertad y de resaca mezcladas.

El puerto era un caos hermoso: barcos anclados, vendedores gritando en italiano, turistas sacando fotos.

Y nosotros, con nuestras mochilas y nuestras ganas de olvidar todo lo que no fuera ese momento.

Richard, como siempre, era el alma de la expedición.

—¡Miren esto! —gritó, señalando un barco blanco con velas azules, con el nombre Stella Marina pintado en un costado—. ¡Nuestro transporte de hoy, señoras y señores!

Mika saltaba de emoción, Mónica sacaba fotos, Jeremy trataba de no perder el equilibrio en el muelle. Cale solo suspiraba, como el adulto a cargo. Y yo... yo no podía quitarle los ojos de encima a Sara: su cabello al viento, esa forma de reírse que era un imán.

Subimos al barco y pronto estábamos mar adentro, el castillo quedando atrás como un dibujo. Richard nos hacía brindar con refrescos y botellas de agua ( porque el día apenas empezaba y ni él se atrevía a repetir la locura de la noche anterior tan temprano ).

Pero claro... todo lo que empieza bien, termina en caos.

—¡Al agua! —gritó Richard, quitándose la camiseta y saltando sin aviso.

Mika lo siguió, y luego un par de italianos que se habían unido a la fiesta.

Sara se quitó los zapatos, dudando en el borde. Yo estaba a su lado.

—¿Qué? ¿Miedo? —le dije, sonriendo.

Ella levantó una ceja, retadora.

—¿Tú saltas primero?

—Siempre.

Y salté. El agua helada fue como un puñetazo, pero el grito de Sara al lanzarse detrás de mí lo borró todo.

Lo que no esperábamos era que, a lo lejos, se escuchara un ruido que no venía del mar: un motor demasiado cerca.

Un bote pequeño, de esos que rentan a turistas sin mucha experiencia, se acercaba a toda velocidad.

El tipo al volante, claramente más preocupado por sus amigos que por manejar, iba directo a nuestro grupo.

—¡Cuidado! —grité, nadando hacia Sara, que aún reía sin ver el peligro.

El barco pequeño giró al último segundo, pero la ola que levantó nos revolcó a todos. Cuando salí a la superficie, vi a Richard maldiciendo y a Cale ayudando a subir a Mika de vuelta al barco.

Sara estaba a mi lado, empapada, los ojos abiertos por la sorpresa.

—Bueno... —dijo entre jadeos—. Esto sí que no lo vi venir.

Yo la abracé, porque el susto había sido real, y porque el mar, la adrenalina y el caos hacían imposible no hacerlo.

—Estás bien. Eso es lo único que importa.

Ella no se soltó. Y el mundo, otra vez, se quedó en pausa solo para nosotros.

La costa se acercaba mientras el sol comenzaba a inclinarse, tiñendo el mar de tonos dorados y anaranjados.

El susto del bote quedó atrás como quedan atrás las malas ideas de una noche vieja.

Richard, cómo no, ya hablaba con un grupo de locales, armando lo que él llamaba la verdadera fiesta italiana.

Desembarcamos y el lugar era de postal: pequeñas fogatas encendidas, música de guitarras y tambores, mesas con comida, botellas que pasaban de mano en mano. El aire olía a mar, a leña, a promesas que el viento traía y que nadie sabía si cumpliría.

Sara estaba preciosa. No había otra forma de decirlo. Su cabello aún húmedo, la piel iluminada por el fuego, esa sonrisa que era mitad tímida, mitad imposible de ignorar. Mónica y Mika ya bailaban, Jeremy intentaba seguirles el ritmo, y Cale, aunque vigilante, se dejaba contagiar por la música.

Yo me acerqué a Sara y le ofrecí la mano.

—¿Bailamos?

Ella me miró, y sus ojos decían que sí mucho antes que sus labios.

Y bailamos. Bajo el cielo que se llenaba de estrellas, bajo la luna que nos espiaba como un cómplice silencioso. Bailamos y el mundo dejó de ser tan complicado. Por un rato.

Pero el caos nunca se iba del todo.

Un tipo —uno de los mismos que había estado en el bote— se acercó demasiado. O tal vez fue la forma en que miraba a Sara. O tal vez fue el comentario en italiano que no entendí del todo, pero cuyo tono no necesitaba traducción.

Me puse frente a él, sin palabras, porque había momentos en que las palabras sobraban. El tipo sonrió, burlón. Richard apareció, claro, y puso un brazo entre ambos.

—¡Hey! ¡Tranquilos, amigos! Todo el mundo quiere fiesta, ¿no?

El tipo levantó las manos, como diciendo paz, y se fue con los suyos. Pero el ambiente ya estaba cargado.

Me giré hacia Sara, que me miraba con ese gesto mezcla de reproche y ternura.

—Siempre protegiéndome, ¿eh?

—Siempre —le dije. Y lo dije en serio.

La fiesta siguió, el fuego crepitaba, las copas se alzaban. Pero dentro de mí, el fuego era otro. El de saber que esto apenas empezaba.

El caos era real. Cale corría por la playa, gritando el nombre de su hermana como si el mar se la hubiera tragado.

—¡MIKA! ¡¿DÓNDE ESTÁS?! ¡RESPONDE!

Las linternas de los teléfonos alumbraban entre las sombras, los tambores se habían apagado, la fiesta parecía congelada en un momento de tensión. Sara, Mónica, Jeremy, todos ayudaban a buscar. El aire se llenaba de esa angustia que no deja respirar.

Hasta que un sonido nos detuvo. No era un grito. No era un llamado. Era... otra cosa.

Cale giró, siguiendo el eco. Detrás de unas rocas, a unos metros de la orilla, una figura. Dos. Moviéndose demasiado cerca.