Mierda, me enamoré de ti EL ERROR
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EL ERROR

Mika

Salí esa tarde con el único objetivo de distraerme un poco, de perderme entre las vitrinas y el ruido de la ciudad, de olvidarme por unas horas de tanto drama escolar.

Caminaba ligera, con mis auriculares puestos y la cabeza llena de pensamientos, cuando el destino —maldito destino— me cruzó con una imagen que jamás habría querido ver.

Ahí estaban. Lea... y él. Ese chico. Sí, ese por el que Noah hervía de celos cada vez que su nombre salía en una conversación, ese al que intentaba evitar a toda costa para no perder la cabeza. Y ahí estaba Leah, tan tranquila, tomada de su mano como si nada.

Me detuve en seco. Me quité los auriculares como si con eso pudiera escuchar mejor la verdad de lo que tenía frente a mí.

Ellos no se habían dado cuenta de mi presencia hasta que, de reojo, Leah me miró.

La muy descarada soltó su mano en un acto tan torpe como inútil.

Ya estaba visto. Ya nada podía borrarse.

El corazón me latía con rabia. No era porque yo sintiera algo por Noah —eso ya era pasado, lo teníamos claro—, sino porque verlo romperse por dentro sería algo que no podría soportar.

Noah había hecho tanto por ella, había dado tanto, había dejado incluso de ser el mismo para estar bien con ella. Y ahora esto...

Me acerqué sin pensar. La mirada de Leah se tensó; el chico, ese imbécil, dio un paso atrás.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Leah?

—le solté, sin filtro, con toda la furia acumulada de semanas viendo a Noah destrozarse de celos, solo para que al final esto saliera a la luz—.

¿Así pagas lo que Noah hace por ti? ¿Así le agradeces todo el cariño, el respeto, la paciencia que te tiene?

Leah, con la cara pálida y los ojos brillosos, trató de balbucear algo. —Mika, no es lo que crees... —¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¡Explícame, porque lo que veo es clarísimo! —le espeté, cruzando los brazos, sintiendo que ardía por dentro.

El chico intentó intervenir, pero lo fulminé con la mirada. —Tú mejor ni hables. Tú eres parte del problema desde el día uno.

Había gente que empezaba a mirar. A Leah le temblaban las manos. Pero no me importaba. Tenía que decirlo. —Noah no merece esto, Leah. No merece que le rompas el corazón así. Él es... él es demasiado bueno para esto. ¿Cómo pudiste?

La voz me quebró un segundo. Me di la vuelta, sin querer escuchar más, sin querer ver más. Sentí el nudo en la garganta, esa mezcla rara entre decepción, furia y un poquito de tristeza. Me alejé, dejando atrás la escena, pensando en lo que debía hacer.

Porque una cosa era clara: Noah tenía que saberlo.

No había avanzado ni media cuadra cuando escuché pasos apresurados detrás de mí. Me giré con el ceño fruncido y el corazón aún acelerado. Era Leah. La vi correr hasta mí, con la respiración entrecortada, el rostro pálido, la mirada desesperada.

—Mika, por favor... ¡por favor no le digas nada a Noah! —me rogó, tomándome del brazo, con esas manos que aún me parecían marcadas por el peso de lo que acababa de hacer.

La miré, con un nudo en la garganta que se disfrazaba de rabia. —¿No le diga nada? ¿Después de lo que vi? —mi voz salió fría, dura, como un latigazo—. ¿Qué se supone que haga, Leah? ¿Hacerme de la vista gorda mientras lo destruyes por dentro?

Ella negó con la cabeza, los ojos al borde de las lágrimas. —Te lo ruego, Mika... yo... yo misma le voy a decir todo. Lo mereces saber, pero de mí. Déjame hablar con él.

Respiré hondo. Podía sentir el peso de sus palabras, la súplica, la culpa que la envolvía como un manto. Por un segundo, sentí lástima. Pero solo por un segundo. —Está bien —dije al fin, cruzando los brazos—. No voy a decirle nada. Pero escúchame bien, Leah... esto no es por ti. Esto es por él.

Ella asintió, limpiándose las lágrimas que empezaban a caer. —Gracias, Mika. Gracias.

La miré directo a los ojos, y en ese instante fui más honesta que nunca. —Noah ya ha pasado demasiado. Y no voy a ser yo la que lo rompa otra vez. Eso... eso lo decidirás tú. Tú y tus actos.

Leah bajó la mirada, avergonzada. —Lo sé. Lo sé, y lo siento tanto...

Di un paso atrás, lista para dejarla. —Y una cosa más.

Elige, Leah. Porque no pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo lo vuelves a arrastrar al infierno del que tanto le costó salir.

Noah no es solo el chico que te ama. Noah es alguien que tiene un futuro enorme delante.

Alguien que está a nada de cumplir sus sueños. Y no voy a dejar que lo eches a perder.

La dejé ahí, temblando, hecha un mar de dudas. Me fui con el corazón en un puño, sabiendo que había hecho lo correcto... aunque eso no me quitara la rabia, ni el dolor de pensar en lo que estaba a punto de suceder.

Habían pasado días. Días llenos de silencios incómodos, de miradas esquivas, de un Noah que seguía sonriendo sin sospechar que el piso bajo sus pies estaba a punto de desmoronarse. Y yo... yo ya no podía más con esto.

Ahí estaba Leah, riendo tímidamente en la cafetería junto a él, como si todo siguiera igual, como si no arrastrara el peso de lo que yo había visto.

No lo soporté más.

Me acerqué, firme, decidida, y sin miramientos la tomé del brazo. La jalé lejos de las mesas, de las miradas curiosas, de los murmullos. La llevé hasta un rincón solitario del pasillo, donde solo se escuchaba el eco de nuestros pasos.

—¿Qué demonios estás haciendo, Leah? —mi voz era baja, pero cada palabra fue como un golpe seco—. ¿Cuánto tiempo más piensas seguir mintiendo? ¿Cuánto tiempo más vas a jugar a que todo está bien, mientras Noah vive engañado?

Leah abrió la boca, temblorosa, intentando encontrar una excusa que ni ella misma creía. —Yo... yo lo voy a hacer, Mika. Lo juro. Solo... solo estoy esperando el momento.

—¡¿El momento?! —repetí, casi riendo por la ironía amarga—. ¿Qué momento, Leah? ¿Cuándo ya lo hayas roto por dentro? ¿Cuándo ya no quede nada de ese chico que tanto te ama?

Ella bajó la mirada, las lágrimas asomando a sus ojos. —Por favor...

—No. No hay más por favor, Leah —me crucé de brazos, el corazón latiéndome con fuerza por la rabia—. Escúchame bien: si hoy mismo no tienes el valor de decirle la verdad, yo lo haré. Y me importa un carajo si eso me vuelve a poner en el papel de la mala, de la que arruina lo que Noah ha construido.

Leah se quedó helada, pálida.

—Porque si hay algo que no voy a permitir, es ver cómo lo arrastras de nuevo al infierno del que tanto le costó salir. Yo le debo eso a Noah. Le debo que alguien lo proteja de lo que tú no fuiste capaz de evitar.

Tomé aire, sintiendo que las palabras me ardían en la garganta. —Noah es feliz contigo. Y sí, te lo agradezco, porque le devolviste el brillo, lo ayudaste a ser mejor. Pero si tú misma eres quien lo va a destruir... prefiero ser yo quien rompa todo antes de verte hacerlo a ti.

Leah se derrumbó en un sollozo silencioso. Yo la miré, dolida también, pero firme. Porque en este juego ya no había espacio para más mentiras.

NOAH

Vi cómo Mika, sin decir palabra, tomaba a Leah del brazo y la arrastraba fuera de la cafetería. Mi corazón dio un vuelco. ¿Qué carajos estaba pasando ahora? Me levanté de golpe, ignorando las miradas curiosas de los que nos rodeaban, y fui tras ellas, con el pulso acelerado y la mente hecha un lío.

Las encontré en el pasillo. Leah, llorando en silencio, temblando, y Mika... Mika con ese fuego en los ojos que tantas veces había visto antes, ese fuego que quemaba todo a su paso.

Y en mi cabeza lo único que se encendió fue una alarma: Mika le había hecho algo a Leah.

—¡¿Pero qué diablos estás haciendo, Mika?! —estallé, poniéndome delante de Leah, como un escudo. El enojo me nubló—. ¿Ahora qué, eh? ¿No te basta con todo lo que nos hiciste antes? ¿Tenías que volver a meterte y arruinarle el día?

Mika me miró. No dijo nada al principio. Solo me observó, con una rabia contenida que parecía a punto de explotar.

Leah se apresuró a intervenir, entre sollozos. —No, Noah... no fue Mika. Por favor, no le hables así. Ella no... no hizo nada malo. Solo estábamos hablando... y me dio nostalgia, eso es todo.

Su voz temblaba. Su explicación sonaba débil, forzada. Y yo, atrapado entre la furia y el desconcierto, intenté entender qué demonios pasaba.

Mika, con el rostro rojo de impotencia, apretó los puños, sus ojos destilando una mezcla de enojo y decepción. —¿En serio, Leah? —le dijo, la voz cargada de veneno—. ¿Otra vez? ¿De verdad no vas a decirle nada?

Yo miraba a una y a otra, sin entender. —¿Decirme qué? —pregunté, sintiendo que el piso comenzaba a temblar bajo mis pies.

Mika soltó un bufido de rabia, dando un paso atrás. —¿Sabes qué, Noah? Quédate con tu ridícula versión de las cosas. Ojalá no te arrepientas de lo que acabas de decirme, porque el día que sepas la verdad... el único que va a quedar como un idiota eres tú.

Y sin esperar respuesta, se giró y se fue, sus pasos resonando como un tambor en el pasillo vacío, dejándonos a Leah y a mí ahí, parados, en un silencio denso, casi insoportable.

Leah bajó la mirada, incapaz de sostener la mía. Y yo... yo solo podía quedarme quieto, con un millón de preguntas ardiendo en mi cabeza, y una sensación amarga que se instalaba en el pecho.

Me quedé tirado sobre la cama, con el pecho apretado y la garganta hecha un nudo. No podía pensar. No podía moverme. Solo podía sentir ese vacío brutal que dejó ese beso que vi. Ese beso que fue como si me hubieran arrancado el alma.

Sin saber qué hacer, tomé el teléfono. Mis manos temblaban. No pensé, no planeé, simplemente marqué el único número que podía marcar en ese momento. El de Mika.

La llamada conectó y lo único que pude hacer fue llorar. Las lágrimas corrían por mi rostro, la voz se me quebraba, y solo un murmullo desordenado salió de mí.

Mika

—¿Noah? ¡Noah! ¿Qué pasa? ¡No te entiendo nada! —grité, con el corazón en un puño. El sonido de sus sollozos atravesaba el teléfono como dagas. Estaba llorando con un dolor que jamás le había escuchado.

Lo supe de inmediato. Lo supe en el instante en que lo escuché romperse. Leah lo traicionó.