AMOR MUTUO #4
La invité al patio trasero, donde la luz tenue de las lámparas dejaba el ambiente íntimo.
Nos sentamos en la banca de madera, y sin decir mucho, tomé su mano.
La miré, y era imposible no perderme en ella.
—Gracias por estar aquí... por ser tú. Ella sonrió, esa sonrisa que derrite, y se inclinó para besarme.
Al principio suave, tierno... hasta que la pasión nos venció.
La besé con el alma. Sus manos se entrelazaron en mi cuello, y las mías enredadas en su cintura.
En ese rincón del mundo, solo éramos nosotros.
El tiempo se detuvo. Y aunque el deseo quemaba, fuimos pacientes, disfrutando ese calor, ese roce de labios y caricias que decían todo. —Noah... no quiero que esto cambie nunca. —Ni yo... pero sé que el tiempo nos pondrá pruebas. Y las pasaremos juntos.
Los meses volaron. Los partidos llegaron y se fueron. La app que Richard y yo creamos rompió el mercado. Las noticias, las entrevistas, los proyectos... pero lo que más me importaba era ella. Leah.
Y así, sin darnos cuenta, comenzaba nuestro último año de preparatoria.
El primer día del último año tenía ese aire distinto. Todo parecía igual, pero nada lo era. Los pasillos, los casilleros, las canchas... todo olía a despedida anticipada.
Y ahí estaba ella. Leah. Más hermosa que nunca. Mi Leah. Pero ahora, el miedo, ese miedo estúpido, empezó a comerme por dentro. El miedo a perderla, a que alguien más la mirara como yo lo hacía, a que descubriera que podía tener algo mejor.
Al principio era solo un comentario. —Ese tipo te miraba mucho, ¿lo conoces? Luego, un gesto incómodo. —¿Por qué le sonríes tanto a tu compañero de arte?
Y así, sin querer, me fui convirtiendo en algo que juré que no sería. Un celoso. No el celoso gracioso, no... un celoso que empezaba a cansar, que empezaba a asfixiar.
Leah trataba de calmar las aguas. —Noa, confía en mí. Estoy contigo porque te amo, ¿qué más necesitas para estar tranquilo? Pero yo no podía evitarlo. La idea de perderla me enfermaba.
Y empezó lo inevitable. Las discusiones. Las miradas dolidas. Los silencios incómodos.
Celos y algo mas
Lo que no sabía es que ese año no solo pondría a prueba nuestro amor. Pondría a prueba quienes éramos. Porque en el último año de preparatoria, todo puede cambiar.
Todo empezó por un comentario. Inocente. O eso pensé.
—¿Por qué ese tipo de fotografía te toca tanto el brazo? —pregunté, con esa voz que yo mismo desconocía: fría, celosa, hiriente.
Leah se giró, con esos ojos que mezclaban sorpresa y tristeza. —¡Noah, basta! Es mi compañero, no hay nada. ¿Cuántas veces tengo que decirlo?
Pero el veneno ya estaba sembrado. No paré ahí. —Siempre es igual, te ríes con él, lo miras como antes me mirabas a mí...
Y se rompió. Leah se rompió. —¡Hasta aquí, Noah! ¡Estoy cansada! Me asfixias, me agotas... Este no eres tú, ¿dónde quedó el chico del que me enamoré?
El silencio fue brutal. Leah se giró, y lo último que vi fue su espalda alejándose.
Me quedé ahí, solo, vacío, roto por mi propio reflejo.
Sin pensar, manejé hasta la playa. Mi lugar. Nuestro lugar. La brisa helada golpeaba mi cara, y me dejé caer en la arena. —¿Qué estás haciendo, Noah? —me pregunté al viento.
Entonces escuché pasos. Pasos conocidos. Mika. —Sabía que estarías aquí. Siempre corres aquí cuando todo se te desmorona.
Me senté, y ella se dejó caer a mi lado. —Mika, no puedo más... la estoy perdiendo y es mi culpa.
Mika no se burló, no hizo un comentario ácido. —Noa, escucha. Tú y yo... hemos sido de todo. Enemigos, casi amantes, rivales, amigos. Y si alguien sabe cómo sacar la rabia, soy yo. Levántate. Vamos a correr. Como antes, como niños idiotas. Necesitas quemar todo eso que te está carcomiendo.
No necesité más. Me levanté y salimos disparados por la arena. Corrimos. Y corrimos. El viento, la arena, el mar.… todo se mezclaba. Hasta que no pudimos más y caímos agotados, riendo como locos.
Mika se giró hacia mí. —¿Ya? ¿Lo soltaste?
—Sí... gracias, Mika. Nunca pensé que terminaríamos así, siendo... buenos amigos.
Ella sonrió, esa sonrisa que no mostraba tan seguido. —Yo tampoco. Pero hey, la vida da vueltas, ¿no?
Se levantó, corrió al agua y metió los pies. —¡Demonios! ¡Está helada! —saltó como si el mar la hubiera mordido.
Yo no pude evitar reír y hacer lo mismo. El agua congelada me espabiló. Y ahí, en la orilla, respirando el salitre y sintiendo la espuma en los pies, lo entendí. —Necesito arreglar esto. Con Leah. Conmigo.
Mika me miró. —Pues ve y hazlo, Benedetti. Y esta vez, sin cagarla.
El mar era frío. Pero mi corazón empezaba, por fin, a calmarse.
La espuma del mar me rozaba los tobillos mientras la brisa se llevaba las últimas gotas heladas de aquella carrera absurda pero necesaria.
Mika se reía, esa risa suya que pocas veces mostraba de verdad.
Yo la miré, respirando hondo, sintiendo por primera vez en días que mi cabeza dejaba de ser un campo de batalla.
—Gracias por esto, Mika. Por estar. Por no dejar que me hunda.
Ella me dio un leve empujón, juguetona. —Anda ya, Benedetti. Me debes otra carrera. Y la próxima la gano yo.
Nos quedamos en silencio, contemplando el horizonte, mientras el sol empezaba a rendirse al anochecer. En ese instante, supe que el caos de mi corazón no había terminado. Que faltaba enfrentar lo que de verdad importaba.
Pero eso sería mañana. Mañana encontraría las palabras para Leah. Mañana trataría de recomponer lo que rompí.
Por hoy, sólo quedaba el sonido del mar y la certeza de que aún quedaba camino por recorrer.