Mientras dormimos: Proyecto ONEIROS Capítulo 24 — Cuando despertamos #3
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Capítulo 24 — Cuando despertamos #3

Al salir, todos sintieron una extraña sensación de alivio.

ONEIROS había terminado.

Habían creado una máquina extraordinaria, algo que hasta hacía poco habría parecido imposible. Habían conseguido compartir un mismo sueño, construir mundos enteros y demostrar que la mente humana podía llegar mucho más lejos de lo que cualquiera de ellos había imaginado.

Pero también habían descubierto su lado más peligroso.

ONEIROS podía convertir un sueño en un lugar del que alguien no quisiera escapar.

Y ningún descubrimiento justificaba arriesgar una vida para averiguar hasta dónde podían llegar.

Un mes después, todos se graduaron con honores.

Aquel día supuso el verdadero comienzo de una nueva etapa para cada uno de ellos.

Emma se fue a vivir definitivamente con Theo y poco después consiguió trabajo como psicóloga en una clínica de Seattle.

Después de todo lo vivido había descubierto que pocas cosas le resultaban tan gratificantes como ayudar a otras personas a enfrentarse a aquello que las atormentaba.

Escuchaba sus miedos, sus pérdidas y sus traumas y las ayudaba a encontrar una forma de seguir adelante.

A veces no podía evitar acordarse de Caleb y de aquel mundo que su mente había construido para escapar del dolor.

Theo comenzó a trabajar en una importante empresa de biotecnología dedicada al desarrollo de equipos médicos.

Su experiencia con ONEIROS le había enseñado que la tecnología podía cambiar vidas, pero también que cada avance debía ir acompañado de límites.

Terminó especializándose en dispositivos destinados a mejorar el diagnóstico y tratamiento de pacientes, un trabajo mucho menos espectacular que viajar por mundos creados por la mente, pero infinitamente más seguro.

Ava y Natalie continuaron viviendo en el mismo apartamento, aunque poco después tuvieron un nuevo compañero.

Caleb.

A aquellas alturas ya no tenía sentido ocultar que él y Natalie estaban juntos, así que terminó mudándose con ellas. Ava protestó durante días diciendo que se negaba a hacer de sujeta velas en su propia casa, aunque en realidad estaba encantada de tenerlo allí.

Ava recibió varias ofertas de grandes compañías tecnológicas, pero terminó rechazándolas.

Eligió trabajar en una pequeña empresa de desarrollo de software creada por uno de sus amigos.

Ganaba menos de lo que podría haber conseguido en otras compañías, pero tenía libertad, un horario que le permitía disfrutar de su vida y la posibilidad de participar directamente en cada proyecto.

Después de haber pasado tantas horas encerrada delante de los ordenadores construyendo ONEIROS, descubrió que no quería que el trabajo volviera a ocuparlo todo.

Natalie decidió continuar estudiando. Comenzó un máster en Neurociencia mientras trabajaba a tiempo parcial en una empresa relacionada con el sector.

ONEIROS no había disminuido su fascinación por el cerebro humano; había conseguido exactamente lo contrario.

Ahora sabía que todavía quedaban demasiadas cosas por descubrir sobre la mente, aunque también había aprendido que algunas preguntas debían responderse con mucha más prudencia que otras.

Sophie inició su residencia en el Harborview Medical Center, uno de los hospitales más importantes de Seattle.

Eligió Urgencias, donde encontró exactamente aquello que buscaba: un lugar en el que cada decisión tenía una consecuencia real y donde podía ayudar directamente a quienes más lo necesitaban.

Las guardias eran agotadoras y había días especialmente difíciles, pero pocas cosas podían compararse con la satisfacción de saber que había contribuido a salvar una vida.

Han tomó un camino diferente.

Los inyectores automáticos que había desarrollado originalmente para ONEIROS demostraron tener aplicaciones mucho más amplias de las que había imaginado.

Continuó trabajando en ellos, mejoró el sistema de microagujas, perfeccionó los sensores y consiguió desarrollar un dispositivo mucho más preciso.

Con el tiempo fundó su propia startup.

Lo que comenzó siendo un pequeño proyecto terminó convirtiéndose en una empresa con una veintena de trabajadores y una facturación que superó incluso sus previsiones más optimistas.

Por supuesto, Han no perdió ninguna oportunidad de recordarles que todo había comenzado con «aquel cacharro que construyó para que no tuvieran que ponerse una vía».

El éxito de la empresa permitió que él y Sophie compraran una casa en la zona de Seattle donde siempre habían querido vivir.

Seguían discutiendo por cosas insignificantes, seguían riéndose el uno del otro y Han continuaba contando a cualquiera que quisiera escucharlo cómo había mandado de una patada a una anciana por los aires.

Sophie siempre se encargaba de aclarar que la anciana intentaba matarlos con un hacha.

Caleb, por su parte, regresó al mismo lugar donde había comenzado todo.

La universidad.

Consiguió una plaza como profesor de Matemáticas y pronto descubrió que enseñar le apasionaba tanto como resolver problemas.

Su extraordinaria facilidad para comprender conceptos complejos, unida a su paciencia y empatía con los estudiantes, hizo que en poco tiempo se convirtiera en uno de los profesores más apreciados.

Pero quizá el cambio más importante de Caleb no podía encontrarse en ningún currículum.

Había aprendido a vivir con lo que había perdido.

Ya no necesitaba construir un mundo donde su padre siguiera vivo ni imaginar una realidad en la que Jennifer nunca le hubiera hecho daño. Conservaba los buenos recuerdos, aceptaba los malos y había comprendido que seguir adelante no significaba olvidar.

Natalie formaba ahora parte de ese futuro.

A pesar de que sus vidas habían tomado caminos diferentes, ninguno permitió que el grupo terminara separándose.

Seguían reuniéndose siempre que podían. Algunas veces en el apartamento de Emma y Theo, otras en casa de Sophie y Han y, muchas otras, en la misma cafetería de la universidad donde tantas decisiones importantes habían tomado años atrás.

Hablaban de sus trabajos, de sus problemas, de sus planes y de todas aquellas pequeñas cosas que antes les habrían parecido insignificantes.

Con el tiempo dejaron de hablar de ONEIROS.

No porque lo hubieran olvidado.

Ninguno podría hacerlo.

De vez en cuando, alguno recordaba una escena, una criatura o uno de aquellos lugares imposibles y todos terminaban riéndose de algo que, cuando ocurrió, les había provocado verdadero terror.

Pero había una pregunta que nunca llegó a desaparecer por completo.

Habían creado algo capaz de cambiar para siempre la forma en que el ser humano entendía los sueños y la propia mente. Una tecnología que podía haber abierto puertas que nadie había cruzado antes.

Y habían decidido cerrarla.

A veces se preguntaban si habían hecho lo correcto.

Nunca encontraron una respuesta.

Quizá porque algunas puertas no necesitan ser abiertas para saber qué hay al otro lado.

Y algunos sueños es mejor dejarlos mientras dormimos.