CAPÍTULO 25
Las voces que no dejan dormir
La melodía no se detenía. Trataba de ignorarla, de convencerme de que la escuchaba por agotamiento, por trauma, por ese residuo que deja el miedo cuando todavía no ha sido expulsado del cuerpo.
Pero no era un eco. No era un recuerdo. No era mi mente repitiéndome algo.
Era externa. Provenía de algún lugar entre las paredes, o debajo del suelo, o dentro del aire mismo.
Como si la casa estuviera respirando una canción que no le pertenecía.
—Emma… —susurré sin querer, como si mi voz pudiera calmar algo que no entendía.
El sonido pareció acercarse. Se hizo más nítido.
Y entonces ocurrió algo que me heló los huesos: la melodía cambió.
No era la versión dulce que Emma tarareaba en el autobús.
Ahora era más lenta. Más grave. Más… rota.
Como si quien la cantara estuviera lastimado.
O atrapado. Me levanté del sofá con movimientos torpes, guiado por esa mezcla de instinto y desesperación que nace cuando uno quiere negar algo incluso mientras lo persigue.
Tomé la llave. La apreté tanto que sentí los bordes afilados clavándose en la piel.
La melodía siguió. Di un paso hacia el pasillo.
El pasillo estaba más oscuro que antes. Lo supe porque durante un instante pensé que había cerrado los ojos…
y no lo había hecho. Todo estaba envuelto en esa penumbra azulada que solo aparece cuando la falta de luz se vuelve pesada, material.
La melodía cambió de dirección. Ahora sonaba desde mi habitación.
Sentí el corazón golpearme el pecho como intentando escapar.
—No estás aquí —murmuré, aunque sabía que eso no significaba nada.
—No puedes estar aquí. Pero la melodía insistía.
Y ahora… había algo más. Un murmullo. Como una frase repetida en voz baja, demasiado baja para entenderla, pero no para sentirla.
Me obligué a avanzar. Cada paso resonaba demasiado fuerte en el suelo.
Como si no caminara en mi piso, sino en un espacio más profundo, más vacío, más antiguo.
El aire frío lev antó la piel de mis brazos.
Al llegar a la puerta entreabierta de mi habitación, el murmullo se hizo nítido.
Una voz. Una sola. Femenina. Débil. Dijo mi nombre.
—Michael… La sangre se me congeló en las venas.
Era Emma. Lo sé. Lo juro. Lo reconocería aunque llevara cien vidas sin oírla.
—Emma —susurré—. ¿Dónde estás? La voz volvió a hablar.
Pero esta vez no sonó como un susurro humano.
Sonó como si viniera de un lugar sin distancia.
Sin boca. Sin cuerpo. —No abras… La frase murió al instante.
Interrumpida. Arrancada. El silencio que siguió fue brutal.
Abrumador. Vivo. La habitación quedó totalmente en calma.
Solo quedaba yo. Mi respiración. La llave.
Y un miedo tan profundo que parecía tener forma.
Algo me decía que no debía entrar. Otra parte de mí —la parte que ya había cruzado demasiadas líneas— me empujaba a hacerlo.
La llave pesaba en mi mano. Una presión familiar.
Casi como un latido. Di un paso. Otro. Y justo cuando mi mano tocó el marco de la puerta, la melodía regresó con un golpe seco, distorsionada, violenta.
La voz gritó: —¡NO! Me quedé paralizado.
La llave vibró entre mis dedos. Y de mi habitación, desde ese espacio oscuro donde nadie debería estar, escuché un sonido todavía más imposible: Unos pasos.
Lentos. Pesados. Apenas audibles. Pero reales.
Los pasos dentro de mi habitación continuaron.
Uno. Dos. Tres. Lentos. Medidos. Como si la criatura —o la persona, o la sombra, o la memoria materializada— estuviera decidiendo si mostrarme su presencia o esperar a que yo mismo me destruyera imaginándola.
Me quedé inmóvil, con la mano en el marco de la puerta, y la llave vibrando en mi palma como si tuviera su propio pulso.
El aire estaba tan frío que parecía haber sido drenado de la habitación.
No, no del edificio. De mi vida. —¿Quién…
está ahí? —pregunté, sabiendo que no debería.
Los pasos se detuvieron. El silencio que siguió fue tan abrupto que me mareó.
Era un silencio con borde, con tensión, con dientes.
Un silencio que estaba esperando… algo. La llave vibró una vez más.
Más fuerte. No sabía si debía entrar. No sabía si debía salir corriendo.
No sabía qué significaba la advertencia de Emma.
Pero sí sabía algo: Si me marchaba, jamás volvería a sentirme vivo.
Si entraba, podría no salir. La puerta estaba entreabierta apenas unos centímetros.
Lo suficiente para que la oscuridad pareciera moverse, respirar, latir.
Entonces ocurrió algo tan ínfimo que habría pasado desapercibido si no estuviera al borde del colapso: una sombra cruzó por detrás de la rendija.
Una sombra sin volumen. Sin cuerpo. Sin contorno.
Pero presente. Y justo al verla, escuché una respiración tenue al otro lado.
No humana. No animal. Era más como… el sonido del viento entrando en una habitación sellada durante años.
Tragué saliva. Mi corazón golpeó una última vez antes de acelerarse hasta un ritmo imposible.
Me incliné un poco hacia la puerta. Solo lo suficiente para ver el borde interior de la habitación.
Estaba oscura. Pero no era una oscuridad normal: parecía más densa en la esquina derecha.
Como si alguien estuviera de pie ahí, ocupando un espacio que la luz evitaba.
—Emma… si estás ahí… —dije con un hilo de voz.
La respiración se detuvo. La sombra pareció girar.
Y entonces la escuché: —No soy Emma. No gritó.
No susurró. No habló. Fue una frase que simplemente se formó en el aire, como si la habitación la hubiera pronunciado.
Retrocedí un paso, por pura supervivencia.
La puerta cru jió, como si quisiera abrirse sola.
La sombra avanzó un poco. Solo un poco. Lo suficiente para que mi visión periférica captara un contorno que me heló la sangre: una silueta alta, demasiado delgada, demasiado recta, como si no tuviera articulaciones.
El Hombre Sin Sombra. O lo que quedaba de él.
O su eco. O su advertencia. La voz habló de nuevo.
Esta vez más clara. —Falta poco, Michael.
Sentí las piernas aflojarse. Me aferré al marco de la puerta para no caer.
—¿Qué significa eso? —logré decir. La silueta inclinó ligeramente la cabeza.
Un gesto que parecía humano… pero no lo era.
O no del todo. —La llave te llevará. —La voz vibró con una frialdad antigua—.
Pero no al lugar que crees. La oscuridad en la habitación pareció moverse como un manto ondulante.
Me dieron ganas de cerrar los ojos, pero no podía.
Sería peor. La voz finalizó con un susurro que me desmoronó: —Emma ya pasó por aquí.
Todo mi cuerpo se tensó. —¿Qué le has hecho?
—dije, casi sin aire. Silencio. La sombra retrocedió un paso.
Y luego otro. Y, como si la habitación exhalara tras un esfuerzo inmenso, la oscuridad se disipó apenas lo suficiente para que mis ojos no percibieran más esa figura.
La puerta se cerró de golpe. Seca. Definitiva.
Yo di un salto hacia atrás. La melodía cesó.
El piso volvió a quedar en un silencio total.
Y la llave, en mi mano, dejó de vibrar. Pero seguía igual de fría.
Como si acabara de salir de un lugar donde la luz no existe.