CAPÍTULO 24
Las puertas que no deben abrirse
Me quedé quieto, completamente inmóvil, con el jersey gris aún entre mis manos.
Ese olor suave, casi apagado, era suficiente para revolverme por dentro.
Era imposible no sentirlo como un ancla emocional directo al pecho.
Era ella. Su presencia. Su rastro… demasiado reciente para haber sido una prenda olvidada.
Demasiado reciente para ser una casualidad.
Dejé el jersey con cuidado sobre la caja, intentando no temblar.
Pero el temblor estaba dentro, en los huesos, en el estómago, en la mente.
Me adentré varios metros más. Un pasillo estrecho se abría al fondo, iluminado apenas por una luz industrial tenue que parecía parpadear cada cierto tiempo.
El hormigón húmedo de las paredes tenía manchas oscuras, algunas recientes, otras antiguas.
No podría haber dicho cuál era peor. Cada paso levantaba ecos largos que parecían moverse por su cuenta, como si el edificio respirara conmigo.
Había una puerta al final, entreabierta, con la misma precisión inquietante que la puerta del edificio anterior.
Ese milímetro exacto que no era apertura ni cierre.
Ese ángulo calculado. La empujé despacio.
Dentro había una sala pequeña, rectangular, sin ventanas.
Las paredes estaban desnudas, salvo por una lámpara colgante que oscilaba ligeramente, como si alguien la hubiera empujado segundos antes de que yo llegara.
Y en la pared de enfrente… las palabras.
Recién pintadas. Aún brillantes. Rojas. “ELLA NO ES QUIEN CREES.” Sentí que algo dentro de mí se rompía.
No un hueso. No un músculo. Algo más profundo.
Una grieta emocional, invisible, que se expandía sin para r.
Me acerqué a la pared. La pintura estaba fresca.
Extremadamente fresca. Deslicé la yema del dedo.
El rojo se pegó a mi piel. —Emma… —susurré sin reconocer mi propia voz.
Era un mensaje escrito para mí. Sabían que iba a entrar por esa puerta.
Sabían cuánto iba a doler esa frase. Sabían dónde golpear.
Pero lo que me desconcertó no fue el contenido.
Fue el trazo. Aquella letra… suave, redondeada, irregular…
No era la letra de un hombre. Era la letra de una mujer.
De una mano temblorosa. De alguien que había escrito con prisa…
o con miedo. Me quedé mirando las iniciales casi imperceptibles al final del trazo.
Apenas visibles, casi como una firma que alguien quiso borrar: E.W.
Mi corazón se desplomó. ¿Era posible? ¿Podía Emma haber estado allí?
¿Podía haber escrito aquel mensaje? ¿Para salvarme?
¿Para advertirme? ¿O para alejarme? Di un paso atrás, intentando respirar.
Y entonces lo noté. No lo escuché. Lo sentí.
Alguien estaba detrás de mí. Una presencia.
Un peso en el aire. Un cambio mínimo en la temperatura.
Un olor ajeno que se mezcló con el perfume de Emma.
Me giré de golpe. Nada. Pero no estaba solo.
El espacio vibraba con una presencia invisible, como si una figura se hubiera retirado de mi espalda en el mismo milisegundo en el que me giré.
—¿Quién está ahí? —grité con un temblor que no pude disimular.
Nadie respondió. Pero entonces, en el suelo, justo detrás de donde yo estaba parado, vi algo nuevo que antes no estaba allí: Una huella de bota.
Mojada. Reciente. Dirigida hacia mí. Y bajo esa huella, apenas visible, una segunda frase escrita con rotulador negro: “CORRE. ”