CAPÍTULO 19
El cerco
No caminé más de dos calles desde el archivo cuando el viento empezó a soplar con ese silbido hueco que anuncia lluvia, pero no era lluvia lo que sentí, era un peso, una presencia invisible, como si Londres entero hubiera inclinado la cabeza para escuchar mis pasos.
Guardé el papel del archivista —“Lindwald. Nivel Cero.”— en el bolsillo interior del abrigo y me dirigí al único sitio donde sabía que podría encontrar restos de información no oficialmente borrada: la Sala de Registros Privados, un subnivel inferior donde se conservan documentos no catalogados del todo, cajas sin clasificar, notas sueltas, donaciones anónimas y material de origen dudoso.
El guardia del subnivel me detuvo con la sonrisa vacía de quien obedece órdenes sin entenderlas.
—Este área está cerrada por mantenimiento —dijo.
—He estado aquí antes —respondí, mintiendo con serenidad.
Me observó apenas un segundo demasiado largo y luego, con un gesto casi imperceptible, giró el torno.
—Diez minutos —susurró—. No más. ¿Diez minutos?
Demasiado generoso para un área supuestamente “cerrada por mantenimiento”.
Bajé los escalones de metal y entré en la penumbra; el olor a papel húmedo y madera vieja me golpeó como un recuerdo mal enterrado.
Las estanterías estaban abarrotadas de cajas sin rotular; otras tenían códigos incompletos, siglas borradas, números repetidos que no coincidían con ninguna clasificación.
Empecé a bucear entre carpetas, abriendo una detrás de otra con rapidez, siguiendo un instinto más que un método: Lindwald…
Lindwald… Lind wald… Cinco minutos. Nada.
Seis minutos. Polvo, telarañas, documentos sin relevancia.
Siete minutos. Una caja pequeña, colocada en horizontal, con un detalle extraño: la etiqueta estaba arrancada, literalmente rasgada, como si alguien hubiera tratado de eliminar cualquier rastro de identificación.
La abrí. Dentro había varias carpetas sueltas, pero dos sobres me llamaron la atención: uno con un sello rojo circular, casi borrado; el otro, sin marcar.
Abrí el sello rojo primero. Un listado de nombres femeninos.
Años distintos. Edades similares. Mujeres desaparecidas.
Todas en Londres. Todas entre los veinticinco y los treinta y tres años.
Mis entrañas se tensaron. Empecé a pasar las hojas una por una, hasta que un nombre me obligó a detenerme: Eleanor W.
Clarke. Fecha de desaparición: hace cuatro años.
Un escalofrío me recorrió. E.W. Clarke. Emma…
no. Elena Clarke. Un nombre anterior. Una vida borrada.
¿Había usado Emma un nombre falso? ¿Habían forjado su identidad?
¿O alguien la había obligado a ocultarse?
Abrí el segundo sobre, el sin marcar. Dentro había una sola hoja manuscrita.
Reconocí la caligrafía de inmediato: Emma.
“Si alguien encuentra esto, no busque mi nombre. Busque lo que fui antes. Ellos siempre vuelven. Siempre.” Sentí la garganta cerrarse.
No era una nota cualquiera; era una advertencia, un rastro dejado para alguien como yo, para quien insistiera en buscarla, para quien no pudiera olvidarla.
El guardia del subnivel hizo sonar un golpe metálico desde las escaleras —la señal de los diez minutos—.
Guardé las dos hojas en el interior del abrigo y subí con paso firme, pero algo en mi pecho había cambiado: Emma no era simplemente una mujer desaparecida, no era una víctima, ni siquiera era solo una persona que habí a sido observada por la European Watch Line.
Emma Clarke —o Eleanor Clarke— estaba en el centro de algo mucho más grande, como si hubiera sido parte de ello, como si conociera sus métodos…
y sus monstruos. Y lo más inquietante: ella había dejado pistas.
Para mí. A propósito. Cuando salí de la sala, sentí de nuevo esa sombra detrás de mí. Ya no era paranoia. Ahora era certeza.