Michael: Entre Líneas y Silencio (Entre Líneas 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El visitante invisible

Retrocedí dos pasos, sin quitar la vista del pomo.

La voz de Emma —si era ella— había desaparecido tan rápido como apareció.

El silencio volvió a hundirse en el pasillo como una manta pesada, sofocante, casi líquida.

Y entonces lo entendí: si esa puerta se abría, no iba a ser yo quien decidiera qué entraba por ella.

Y si yo la abría… tampoco. La nota de Emma temblaba entre mis dedos.

La frase repiqueteaba en mi mente como un martillo: “No abras la puerta cuando no oigas nada.” Y ahora no oía nada.

Nada. Ni siquiera mi propia respiración parecía pertenecerme.

Inspiré hondo. Me obligué a girarme de espaldas a la puerta.

A alejarme. A respirar. Pero al dar el primer paso hacia el salón, algo me detuvo.

Un pequeño sonido. Un clic. No fue el pomo.

No fue la bisagra. No fue la puerta. Era el sonido de algo…

cayendo al suelo. Me giré. Una hoja de papel estaba ahora justo frente a la puerta del dormitorio.

No había estado allí hacía un segundo. El móvil tembló un poco en mi mano.

Acerqué la luz. Y mi respiración se cortó cuando vi lo que había en el papel: una huella.

Una huella parcial. Humana en tamaño y forma…

pero incompleta. Le faltaba el talón. No había borde.

No había profundidad en la marca. Era como si el pie hubiese tocado el suelo sin llegar a apoyarse del todo.

Como si perteneciera a un cuerpo que no pesa.

O que no existe del todo. Mis dedos temblaron cuando recogí la hoja.

La humedad aún estaba fresca. Acerqué la luz del móvil al suelo, justo frente a la puerta, y vi otra cosa.

Algo mucho peor. El mismo rastro. La misma marca incompleta.

No en el papel. En el suelo de mi dormitorio.

Justo debajo de la puerta cerrada. Era imposible que hubiese llegado ahí sin que la puerta se moviera.

Imposible que alguien hubiera entrado sin hacer ruido.

Imposible que ese rastro no fuera humano…

pero que tampoco lo fuera del todo. Sentí que algo dentro de mí se hundía.

Que mi razonamiento se desgarraba entre do s mundos: —No es real.

—Es real. —No puede ser. —Siempre ha estado aquí.

La hoja tenía algo más escrito en la parte inferior.

Una frase. Con letra apresurada. La letra de Emma Clarke.

“No estás solo. Nunca estuviste solo.” Dos palabras estaban subrayadas.

Tres veces. NUNCA. SOLO. Tragué saliva. Mi corazón retumbaba como si quisiera salir del pecho.

No sabía si quería llorar, correr, o volver a abrir la puerta y enfrentar lo que estaba allí dentro.

Pero antes de poder decidir, sentí un segundo sonido: no un golpe.

No un roce. No un susurro. Una respiración.

Del otro lado de la puerta. Lenta. Profunda.

No humana. Y supe que aquello no había terminado. Ni empezado. Estaba… despertando.