CAPÍTULO 15
Las voces que no pertenecen al viento
El golpe en la puerta no se repitió. Se quedó suspendido en el aire, vibrando en mi memoria, como si la madera hubiese absorbido su eco para no dejar rastro.
No me acerqué. No dije nada. Había aprendido que en Londres lo más peligroso no era lo que golpeaba…
sino lo que esperaba después del golpe. Tomé el colgante y lo cerré con cuidado.
El mensaje de Emma pesaba más que el metal.
Más que la calle vacía. Más que el silencio.
“NO ES QUIEN CREES.” Estaba pensando en Halloway.
En su sombra tardía. En su mirada esquiva.
En esa sensación constante de que él sabía más de lo que decía.
Cuando el teléfono sonó. El sonido me atravesó como un estilete.
Era David. Respiré hondo, dudando un segundo antes de contestar.
—¿Sí? Lo que escuché no fue su saludo habitual, ni su tono irónico, ni su falta de tacto que siempre terminaba haciéndome sonreír.
Lo que escuché fu e… algo roto. —Mi… —La voz tembló—.
Michael… ¿estás ahí? Un ruido detrás de él: algo similar a un golpe.
Un objeto cayendo. O un mueble arrastrado.
—David, ¿qué pasa? —Encontré algo… —respiró entrecortado—.
Sobre Emma… sobre… tío, no sé qué es esto.
Creo que es jodidamente serio. Mi pulso se aceleró.
—¿Qué encontraste? ¿Dónde estás? Hubo un silencio inquietante.
Interrumpido por un pitido agudo, como estática reptando por la línea.
—No puedo… —su voz se quebró—. No puedo explicarlo por teléfono.
Michael… —tragó saliva, audible—. Creo que alguien la seguía antes de que desapareciera.
Y creo que sabía algo de ti. Mi piel se erizó.
—¿Qué quieres decir “sabía algo de mí”? —No lo sé, joder, no lo sé —susurró—.
Solo… ven mañana. Al bar de siempre. A las once.
Te enseñaré lo que encontré. —Dime dónde estás ahora.
Voy para— —NO —me interrumpió con un grito ahogado—.
No vengas. No vengas ahora. No vengas solo.
El eco de sus palabras me golpeó igual que el mensaje de Emma.
“Si llegas a este lugar… no vuelvas a venir solo.” Mi garganta se cerró de golpe.
En la llamada se coló un sonido, como un roce, como pasos acercándose hacia él.
David bajó la voz hasta convertirla en un susurro frágil.
—Michael… creo que hay alguien en mi pasillo.
Mi corazón se detuvo un instante. —David, sal de ahí.
Llámame cuando estés fuera. Voy a— Y entonces ocurrió.
Un golpe. Después otro. Después un jadeo de miedo puro.
Después silencio. —David. ¡David! —grité.
Ninguna respuesta. Solo un último ruido, como si el teléfono hubiese caído al suelo…
y luego la línea se cortó. Me quedé sentado, mirando la pantalla vacía, sintiendo cómo la ciudad entera contenía el aliento.
Algo estaba pasando. Algo había empezado a acelerarse.
Y, en un instante que no admitía retorno desde que Emma desapareció, tuve una certeza helada: no era el único al que estaban siguiendo.