CAPÍTULO 10 #2
Me incliné hacia atrás, tratando de ordenar el rompecabezas.
Emma… ¿acabó atrapada por casualidad? ¿O llevaba siendo observada años antes de que yo la conociera?
Recordé su tristeza silenciosa, esa melancolía que parecía habitarla desde antes, sus respuestas cortas, su distancia emocional, el vacío que yo creí llenar con mis palabras.
“Está viviendo un periodo complicado”, me había dicho mi intuición.
¿Y si no era solo emocional? ¿Y si siempre supo que la estaban siguiendo?
¿Y si siempre supo que algo la observaba desde la distancia? Mi corazón dio un vuelco.
Me levanté de golpe, cogí la foto de Emma que me habían dejado en el piso y la acerqué a mis ojos como si pudiera exprimirle respuestas.
Ella caminando por ese callejón, mirada hacia adelante, hombros tensos.
Y ahora, con lo que había encontrado, vi algo que antes no había logrado percibir: un detalle mínimo, un gesto.
Emma llevaba una mano dentro del bolsillo del abrigo, apoyada en algo rectangular, como si sujetara un objeto, como si lo protegiera.
Una libreta. Un diario. Un cuaderno. Algo que quería ocultar.
O entregar. Mi mente encajó piezas que no sabía que tenía: ¿y si Emma había estado investigando algo?
¿y si ella sabía del hombre sin sombra? ¿y si buscaba a alguien… antes de que él la encontrara?
Mi teléfono vibró: un mensaje de un número desconocido.
Solo una frase: “Brereton Square. Medianoche.” No decía quién lo enviaba, no decía para qué.
Pero yo lo sabía. Lo sabía con una certeza que me heló la sangre: el hombre sin sombra acababa de invitarme al siguiente movimiento.
Un territorio que Emma ya había pisado. Un lugar al que fue llevada.
O al que fue sola. Medianoche. Brereton Square.
El lugar donde las iniciales E.C. empezaron a repetirse años antes de que desapareciera, en el corazón de Londres.
Guardé la carpeta, guardé el símbolo, guardé la foto. Mi pulso era un tambor. Iba a ir. No había elección. Porque si Emma había estado allí, yo también debía estarlo. Y si ese hombre quería encontrarme… tendría que hacerlo mirándome a los ojos.
Brereton Square no aparecía en ningún mapa turístico; era uno de esos lugares donde Londres parece querer olvidar su propia existencia: calles estrechas, ladrillo húmedo, farolas intermitentes y un silencio que no es tranquilidad, sino advertencia.
Llegué unos minutos antes de medianoche; la plaza estaba desierta, un rectángulo de adoquines gastados, una fuente seca en el centro y edificios antiguos cuyos ventanales oscuros parecían ojos hundidos observándolo todo.
Respiré hondo. Cada paso resonaba más de lo que debería; no era solo la arquitectura, era la sensación de estar entrando en un espacio donde el tiempo se retenía, un espacio donde alguien había caminado antes que yo, alguien que podría seguir aquí .
Había tres entradas a la plaza, tres callejones largos que convergían hacia el centro como dedos apuntando a un mismo punto.
Uno de esos callejones era el de la foto de Emma; lo reconocí por la inclinación del suelo, por la farola rota, por la forma irregular del muro.
Me acerqué despacio. Tenía la fotografía en una mano, la linterna en la otra.
La lluvia fina convertía cada superficie en un espejo deformado donde la realidad parecía doblarse sobre sí misma.
Al llegar a la entrada del callejón, sentí algo que me heló por dentro: una corriente de aire demasiado fría, demasiado dirigida, como si viniera de un hueco que no debería estar ahí.
Encendí la linterna; la luz cortó la oscuridad como un bisturí.
A mitad del callejón, había una silueta en el suelo, un bulto, algo que no encajaba con el resto.
Me acerqué. Era un libro, mojado, con las tapas de cuero oscuro y las hojas deformadas por la humedad; la lluvia había empezado a deshacer la tinta en los bordes.
Lo levanté con manos temblorosas. Era un cuaderno.
Un diario. Mi corazón se detuvo antes de abrirlo, mientras el silencio de Londres parecía cerrarse a mi alrededor.
La primera página estaba prácticamente destruida por el agua, pero la segunda tenía letra clara, ordenada, dolorosa, y la reconocí al instante; la había visto decenas de veces en pequeñas notas que Emma escribía durante el trayecto del bus 44: recordatorios para sus alumnos, listas, frases sueltas…
era su letra. Mi garganta se cerró mientras pasaba la página con cuidado; las frases estaban cortadas a la mitad, borradas parcialmente por la lluvia, pero aún podían leerse fragmentos: “…no puedo dormir…”, “…sé que me sigue…”, “…creo que reconoce mis pasos…”, “…no puedo contárselo a nadie…”, “…no es un hombre…”, “…no sé qué quiere de mí…”.
Mi cuerpo entero tembló, no por la lluvia, sino por lo que estaba leyendo.
Emma lo sabía. Lo había sabido todo el tiempo.
Había sentido su presencia. Había vivido con él detrás de ella. Y nunca me lo dijo.
Mientras pasaba otra página, escuché algo: un sonido seco, un paso, proveniente del final del callejón.
Levanté la linterna con el corazón disparado; la luz rebotó contra la pared húmeda.
Nada. Avancé dos pasos hacia atrás instintivamente, con las manos cerrándose alrededor del diario como si pudiera protegerme con él.
Otro sonido, más cerca. Mi respiración se aceleró.
Miré la entrada del callejón: desierta. Miré el fondo: oscuro.
Di un paso hacia atrás… y otro. Y entonces lo vi.
No un rostro. No un cuerpo completo. Solo una sombra.
Una sombra sin origen, sin silueta humana definida, moviéndose contra la pared como si tuviera vida propia.
Un instante después, desapareció, como si hubiera sido absorbida por la humedad.
Mi pecho ardió y retrocedí hasta salir del callejón.