CAPÍTULO 31 El Aston Martin
El Aston Martin
El coche que antes hacía callar a las mujeres de la villa vecina sale del garaje como un disparo.
El rugido golpea el techo del aparcamiento y sube por la terraza. Durante años grabé ese sonido porque hacía que Rodrigo pareciera más de lo que necesitaba ser: más rico, más libre, más deseado. Ahora solo anuncia que hay casi dos toneladas de metal entre él y la salida.
Gabriel está junto a la garita. La central de alarma lo ha avisado a la vez que a emergencias. Activa la barrera roja y levanta una mano, demasiado lejos para detener un coche y demasiado cerca para no intentarlo.
No sabe lo del cuchillo. No ha visto el fuego. Cree que está cerrando el paso a un propietario alterado hasta que el coche entra en la recta sin frenar.
—¡Rodrigo! —grita.
El Aston Martin no reduce la velocidad.
Durante un segundo creo que Rodrigo calcula el espacio para esquivarlo. Luego corrige la dirección hacia Gabriel.
La maniobra es pequeña. Deliberada. No la clase de giro que puede explicarse por humo en los ojos o por una barrera que aparece demasiado pronto.
—No —digo.
Mi voz no atraviesa el cristal, el humo ni la distancia.
Gabriel salta detrás de una jardinera. El coche arranca la barrera, golpea la esquina de la garita y pierde una pieza del frontal. Sigue avanzando con el capó deformado y un faro apagado.
Gabriel cae de costado. La jardinera se abre y derrama tierra sobre sus piernas. Durante dos segundos no se mueve.
—¡Gabriel!
Levanta una mano. Tiene sangre en la sien, pero está consciente. Un vecino sale al camino y vuelve a entrar al oír las sirenas.
El símbolo de elegancia se aleja dejando plástico, metal y aceite sobre el asfalto.
La primera patrulla llega poco después.
Cruza la barrera destrozada cuando el Aston Martin ya ha desaparecido. No lo persigue a ciegas: un agente se queda con nosotros, confirma la matrícula, el sentido de la huida y si los niños están dentro. El otro transmite los datos por radio.
—Viaja solo —digo—. Los niños están fuera de la casa.
Tengo que repetirlo. Mi voz no parece suficiente para una información tan importante.
Todo ocurre a la vez: bomberos entrando en el estudio, sanitarios examinando el cuello de Nora, agentes preguntando por armas, niños y vehículos. Santana aparece con el pelo recogido y la chaqueta abierta. Le enseño el vídeo de las cuatro y veintitrés y el envío del expediente.
No me permite entregarle el teléfono mojado con la mano desnuda. Un agente lo introduce en una bolsa y anota quién lo recogió, dónde estaba y a qué hora. La cámara deportiva, la tarjeta partida y el ordenador siguen dentro. Señalo cada lugar desde la terraza sin volver a entrar.
—Ha usado un cuchillo de la cocina —digo—. Lo dejé junto a la isla. Nora estaba grabando. La grabación se subió fuera de la casa.
—¿Ha dicho adónde iba?
Miro el llavero vacío a través de la puerta.
—Pasito Blanco.
Santana transmite el nombre antes de que termine. La central coordina el aviso al puerto, a las patrullas de carretera y a la Guardia Civil. Yo ya no sé qué cuerpo recibe cada palabra. Solo oigo repetir Bruma , la matrícula del Aston Martin y el nombre completo de Rodrigo.
No nos permiten acompañarlos. Nora y yo quedamos en una ambulancia con mantas sobre los hombros mientras los bomberos sacan rollos negros del estudio. El agua baja por la escalera que Rodrigo diseñó para parecer suspendida. Ninguna cámara está transmitiendo. Nadie comenta.
Un sanitario limpia el corte de Nora y le pregunta si ha perdido el conocimiento. Ella dice que no. Luego me mira.
—Creo que no.
—No lo perdiste —le digo.
Es la primera vez en semanas que puedo prestarle a otra persona un recuerdo sin intentar corregir el mío.
Gabriel se sienta en el bordillo con una compresa contra la sien. Cuando nuestros ojos se encuentran, baja la mirada.
—Lo vi girar —dice—. Fue hacia mí.
—Yo también lo vi.
No le digo que eso nos convierte en testigos mutuos. Hay palabras que tardan en dejar de sonar a estrategia.
Sofía llama desde un número oculto.
—Los niños están conmigo. No saben nada.
—¿Están contigo ahora?
—Sí. Hugo está viendo una película y Alma se ha dormido.
Un agente escucha mientras le doy la palabra de seguridad. Después habla con Sofía sin pedir la dirección en voz alta. Organizan protección y un lugar donde podamos reunirnos cuando sea seguro. Nadie me propone que vuelva a casa por ropa. La villa ya no es un domicilio; es una escena.
—No vuelvas a casa.
—No pensaba hacerlo.
—Sofía…
—Después.
La palabra contiene ayuda, miedo y una distancia que no he ganado el derecho a cerrar.
Santana regresa cuarenta minutos más tarde. El coche ha aparecido en el aparcamiento del puerto deportivo. Las cámaras municipales lo muestran entrando con el frontal destrozado. Rodrigo abandona el Aston Martin sin cerrar la puerta, corre por el pantalán y arranca Bruma usando la llave física.
Un trabajador del puerto intentó llamarlo por radio.
Rodrigo no respondió. Las imágenes lo muestran soltando amarras solo y sin chaleco.
El registro del surtidor indica que Bruma había repostado el fin de semana anterior: combustible suficiente para alejarse de la costa, pero no para ejecutar el resto del viaje sin ayuda.
—¿Sabe navegar? —pregunta Santana.
—Sí. Mejor que yo.
El teléfono principal de Rodrigo aparece en el asiento del coche.
Está bloqueado y nadie finge que pueda abrirlo en ese momento.
La ruta llega por otro lugar: en la copia del expediente, una subcarpeta que yo no alcancé a revisar contiene cartas náuticas, el nombre de una embarcación mayor y un punto de encuentro al sur de las islas.
También hay copias de un documento falso y una reserva sin pagar desde Marruecos hasta Alemania, donde Ingrid conserva una casa y una cuenta que Aurelio nunca controló.
No era un plan preparado para ese martes. Llevaba meses guardándolo como guardaba todo: por si algún día necesitaba una contingencia.
El plan es metódico y desesperado. Rodrigo llevaba preparada una salida, pero la ejecuta con un coche roto, fuego detrás y los servicios de emergencia ya alertados.
Santana explica que la descripción y la matrícula de Bruma ya han sido comunicadas al Servicio Marítimo de la Guardia Civil. La hora de salida, el rumbo inicial y el posible punto de encuentro reducen el área, pero el mar sigue siendo más grande que cualquier mapa abierto sobre una mesa.
—¿Puede llegar? —pregunta Nora.
Santana no promete.
—Lo estamos buscando.
No añade que lo encontrarán. Tampoco dice que no.
Nos trasladan a dependencias policiales. Allí no hay piscina, cristal ni luz favorecedora. Hay sillas de plástico, una máquina que vende café malo y una televisión sin sonido mostrando el puerto.
Declaro durante dos horas. Repito la amenaza sobre la casa, la mano alrededor del cuello de Nora, el cuchillo, el giro del Aston Martin.
Cada vez que una frase cambia, Santana vuelve atrás y me pregunta si estoy corrigiendo un detalle o recordando otro.
Nadie me pide que suene convincente. Me piden que sea exacta.
La abogada que Sofía me recomendó llega con el cabello todavía húmedo y abre la carpeta cifrada delante de los agentes.
Confirma la hora de recepción, conserva el mensaje original y llama a una compañera especializada que asumirá conmigo el procedimiento.
El expediente de Rodrigo deja de servir para hablar de mí sin mí.
Espero una noticia que no puedo producir, editar ni acelerar.
En la pantalla de la televisión aparece una imagen antigua de Rodrigo bajando del Aston Martin en una gala. El rótulo dice EL MARIDO DE EVA RIVAS, BUSCADO . Una reportera habla delante de la urbanización. Detrás de ella, dos chicas intentan grabar la casa por encima del muro.
Podría abrir Instagram y saber qué versión ha llegado primero. Podría publicar la fotografía del corte de Nora, el frontal roto, el humo. Durante unos segundos mi cuerpo entero quiere adelantarse a la noticia.
Pongo el teléfono boca abajo.
Por primera vez, mirar no cambia nada.