CAPÍTULO 30 La villa
La villa
Rodrigo intenta llamar a Sofía.
Ella no responde.
Llama otra vez. Después a mi madre, al colegio y a Nora. Cada llamada sin respuesta reduce el espacio entre nosotros.
—Sofía no puede recogerlos sin mi autorización —dice.
—Es su tía. Está autorizada desde que Hugo empezó el colegio.
—Voy a denunciaros a las dos.
—Hazlo. Tendrás que explicar por qué necesitaban alejarse de ti.
Rodrigo marca de nuevo. Mantiene el teléfono separado de la cara y escucha cada tono. No parece un hombre a punto de incendiar una casa. Parece un padre desesperado porque no sabe dónde están sus hijos. Esa imagen seguirá siendo cierta dentro de cinco minutos. También la otra.
—Dime dónde están —dice.
—Con alguien que no los va a utilizar para castigarme.
—Son mis hijos.
—También los míos.
—Tú no sabes cuidarlos sin una audiencia.
Esa acusación está hecha con ocho meses de registros. Ahora entiendo que Rodrigo no reunía hechos para descubrir una verdad. Los reunía para poder pronunciarla y sentir que la había demostrado.
—Dame diez minutos —digo—. Deja que confirme que estás tranquilo y les pediré que hagan una videollamada.
No pienso hacerlo. Quiero mantenerlo hablando hasta que Nora llegue y yo pueda salir sin cruzar sola el garaje.
—No necesito que certifiques mi estado mental.
—Tú llevas ocho meses certificando el mío.
Suena el timbre.
Los dos miramos la pantalla del recibidor. Nora espera fuera con una mochila y una memoria en la mano.
—No abras —dice Rodrigo.
Mi dedo ya ha tocado el portero. La puerta está desbloqueándose. Nora entra hablando antes de ver nuestras caras.
—Tengo las ubicaciones y todas las listas. Hay cosas de Rodrigo que…
Se detiene.
La puerta comienza a cerrarse detrás de ella. Durante un segundo considero correr, agarrarla de la muñeca y salir las dos. Rodrigo está más cerca del panel. Yo estoy más cerca de Nora. Calculo mal qué distancia importa.
—Vete —le digo.
Rodrigo toca la pantalla del despacho. Las cerraduras emiten un golpe simultáneo. La puerta principal queda bloqueada. Las persianas descienden sobre el cristal y la red doméstica desaparece de mi teléfono.
La casa pasa del mediodía a una penumbra de hotel cerrado. Los mecanismos no deberían impedir una salida manual; Rodrigo insistió en ello durante la obra. En ese momento no sé qué parte del sistema respeta todavía sus propias reglas.
—Puerta de servicio —le digo a Nora—. La manilla abre desde dentro.
—Rodrigo —dice Nora.
—Dame la memoria.
—No.
Nora retrocede hacia el pasillo de servicio. Ha dejado de parecer una niña que juega a ser yo. Mira las salidas, calcula distancias y mete la mano en el bolsillo. Está grabando. Lo sé porque la vi hacerlo al marcharse de la villa.
Rodrigo también lo comprende.
—El teléfono.
—Las copias ya están fuera —dice Nora.
Es mi frase. La ha aprendido de mí.
—No tienes idea de lo que has copiado —dice él.
—Tengo las veces que pediste que anotara cuándo Eva miraba el teléfono. Tengo los mensajes en los que me dijiste que no se lo contara porque era una sorpresa para ayudarla. Y tengo mi ubicación cada día que la hiciste pensar que había sido yo.
La voz le tiembla. El teléfono no. Lo sostiene dentro del bolsillo, con la cámara asomando por la tela.
Rodrigo cruza el salón y entra en el estudio de contenido. Oigo cajones, cristal y un golpe. Cuando regresa lleva un mechero en una mano.
Lo reconozco: es uno de los mecheros largos con los que Nora enciende las velas de las campañas. Blanco, barato, con el logotipo de una marca de hogar. Durante un año lo mostré en vídeos hablando de calma.
—Si esta casa deja de ser de mis hijos, no será de nadie.
—Tus hijos están vivos —digo—. Eso debería importarte más que una casa.
—Esta casa era la prueba de que hice algo que él no podía tocar.
No necesito preguntar quién.
Rodrigo prende una esquina del panel de papel del estudio. La llama avanza hacia las telas del decorado. No hay belleza en el fuego. Solo una luz naranja que convierte en humo la pared donde he vendido calma, maternidad y fragancias de hogar.
El papel se encoge primero. Una tela cae sobre la mesa y arrastra una lámpara. El golpe rompe la parálisis.
—Nora, sal.
—Aurelio está muerto —digo.
Rodrigo observa las llamas.
—Y sigue llevándose cosas.
El detector empieza a emitir pulsos agudos. Rodrigo no reacciona. Contempla el estudio con una atención casi profesional, evaluando cuánto tardará en perderse lo que construimos.
Nora corre hacia la puerta de servicio. Rodrigo la alcanza antes de que toque el tirador. La sujeta por el cuello desde atrás y la arrastra hacia la cocina. Ella araña sus brazos, golpea la isla y tira una bandeja al suelo.
El teléfono cae de su bolsillo y queda boca arriba bajo la mesa. En la pantalla veo avanzar una barra. No estaba guardando la grabación en la casa. La estaba subiendo con sus propios datos.
Rodrigo coge un cuchillo.
La hoja queda bajo la mandíbula de Nora.
Rodrigo no la apoya como en una película. La aprieta de lado, mal, con la mano que le tiembla. Eso lo vuelve más peligroso. Nora intenta tragar y la piel roza el filo.
—Abre el teléfono —dice.
Nora no puede responder. Tiene la cara roja y los dedos apretados alrededor de su muñeca.
—Mírame —le digo a Rodrigo.
—Cállate.
—Tu padre no te hizo esto. Yo tampoco. Lo estás haciendo tú.
Me desplazo un paso hacia la encimera. El botón secundario está bajo el canto, a menos de medio metro de mi mano. Rodrigo sigue mis ojos y vuelvo a mirarlo a él.
La presión del cuchillo cambia. Una línea fina aparece en la piel de Nora.
—Él compraba personas —dice Rodrigo—. Tú te dejaste comprar.
—Y tú has intentado convertir a tus hijos en una propiedad mejor documentada.
Rodrigo me mira.
—¿Quieres saber por qué no se los di a Sofía? —miento—. Porque están con Santana.
La duda dura menos de un segundo. Es suficiente.
Nora golpea su empeine y deja caer todo el peso. El brazo que la sujeta baja lo suficiente para que pueda girar. La hoja le abre la piel sin hundirse. Nora se libera y se arrastra detrás de la isla.
Pulso el botón secundario bajo la encimera. El instalador lo añadió después de la piscina: batería propia, conexión móvil y señal directa a la central. Rodrigo diseñó la casa, pero no ese circuito.
Una luz mínima parpadea contra mi dedo. La central recibe ubicación, identificador de la vivienda y aviso de coacción. No sé cuánto tardará nadie. Basta con que pedir ayuda ya no dependa de una aplicación controlada por mi marido.
La alarma no suena dentro.
Eso significa que está saliendo fuera.
El detector del estudio activa los rociadores.
Agua y humo invaden el pasillo. Las llamas se doblan, reaparecen y vuelven a caer.
El fuego ya ha alcanzado una estantería y no desaparece, pero pierde altura y deja de avanzar hacia el pasillo.
Rodrigo mira el techo como si la casa acabara de traicionarlo. Toso hasta sentir sabor metálico.
Nora sale de detrás de la isla con el teléfono en la mano.
—Está enviado —dice.
La barra del teléfono ha llegado al final.
Rodrigo avanza hacia ella.
Las primeras sirenas se oyen antes de que llegue.
No están aún en la puerta. Suben por la avenida exterior, apagadas por los muros y el agua. Rodrigo también las oye. La mano del cuchillo baja.
Por un segundo parece que va a rendirse. Después mira el llavero junto a la puerta: el Aston Martin, la llave de Bruma y la tarjeta del puerto.
Los coge.
Por un instante vuelve hacia mí. Tiene el pelo pegado a la frente, agua en los hombros y una expresión que no había visto ni cuando murió Aurelio.
—Diles que papá iba a volver a buscarlos.
—Se lo dirás tú a un juez.
—No vas a llegar a los niños —digo.
—Tú tampoco vas a quedarte con todo.
Abre la puerta del garaje desde la cuenta de propietario y desaparece entre el humo.
No lo sigo. Recojo el cuchillo con el pie para alejarlo, tomo el teléfono de Nora y la ayudo a levantarse. Tiene una línea de sangre bajo la mandíbula y marcas que ya están oscureciendo alrededor del cuello.
—¿Puedes respirar?
Asiente. Después niega. Después vuelve a asentir.
La puerta principal libera el cierre al activarse la alarma de incendio. El sistema conserva, al menos, esa regla. Aire limpio entra por el recibidor.
Nora y yo alcanzamos la terraza cuando el motor del Aston Martin despierta bajo la casa.