CAPÍTULO 26 El regreso
El regreso
Rodrigo responde antes que yo.
—Me estás confundiendo con otro día, campeón.
Hugo niega con la cabeza.
—Era esa noche. Tenías la camisa azul y me dijiste que no se lo contara a mamá porque era una sorpresa.
Rodrigo sigue sentado. Solo sus dedos cambian: dejan de tocar mi mano y se cierran sobre su rodilla.
—Volví el viernes por la tarde —dice—. Tú saliste a recibirme.
—Antes. Cuando era de noche.
—¿Qué hacías despierto?
—Fui a beber agua. Estabas arriba.
—Pudiste soñarlo.
Hugo me mira. No le gusta que los adultos conviertan sus recuerdos en sueños cuando resultan incómodos.
—No lo soñé.
—¿Dónde viste a papá? —pregunto.
—En el pasillo. Cerca de vuestra habitación. Llevaba zapatos y me dijo que volviera a la cama.
La fotografía fue tomada desde el lado de Rodrigo.
—¿A qué hora?
—No sé. Era de noche.
—Basta —dice Rodrigo—. Lo estamos asustando.
Su voz sigue baja. La de un padre que pone un límite, no la de un hombre descubierto.
Hugo se encoge dentro del pijama. Rodrigo lo ve y se levanta. Se arrodilla frente a él hasta quedar a su altura, le aparta el flequillo de los ojos y suaviza la voz.
—No has hecho nada malo, campeón. Puede que yo esté mezclando los días. Puede que tú también. Lo hablamos mañana, ¿de acuerdo?
No le exige que retire lo dicho. No se enfada. Incluso ahora sabe corregir la cantidad exacta de presión para seguir pareciendo el padre que siempre ha sido.
—Ve a dormir —le digo a Hugo—. Mañana hablamos.
—Pero no lo inventé.
—Te creo.
Rodrigo levanta los ojos hacia mí.
Hugo busca una respuesta en su cara. Rodrigo le abre los brazos y él entra. Mi hijo apoya la barbilla en el hombro de su padre, seguro todavía de que ningún sitio del mundo puede ser más seguro. Rodrigo lo acompaña a la escalera y espera hasta oír cerrarse su puerta.
Cuando Hugo se marcha, el silencio parece otra persona sentada entre nosotros.
—¿Entraste en casa durante la noche y regresaste a Tenerife?
—Eva, eso exigiría tres vuelos en menos de un día.
No dice que sea imposible.
—Enséñame las reservas.
El portal de viajes del estudio muestra un único trayecto: Tenerife–Gran Canaria, viernes por la tarde. La modificación se registró la noche anterior.
—Ahí está —dice.
Amplía la reserva, señala la hora de emisión y me deja el portátil delante. No se protege con una contraseña ni retira el teléfono de la mesa. Un culpable debería hacer alguna de esas cosas. Rodrigo solo parece un hombre cansado al que su mujer acaba de pedir que demuestre dónde durmió.
—¿Qué crees que hice? —pregunta.
—No lo sé.
Es lo más honesto que le digo.
—Llevamos semanas dejando que un desconocido decida cómo nos miramos. No hagamos el resto de su trabajo.
Me toca la nuca. No me obliga a responder. Después sube a comprobar que Hugo se haya tapado y vuelve con el vaso de agua vacío que nuestro hijo deja siempre en el suelo. La ternura no demuestra inocencia. A esa hora todavía necesito recordármelo.
Quiero sentir alivio. Solo siento que estoy mirando la página que él ha elegido abrir.
A la mañana siguiente, Rodrigo lleva a Alma a la guardería y prepara para Hugo una tostada sin bordes. No menciona la conversación. Antes de salir me besa en la frente y dice que volverá para cenar. El Aston Martin tarda diecisiete segundos en desaparecer detrás del muro de la urbanización.
Espero otros diez minutos.
Llamo a la gestora de viajes del estudio con la clave que Sofía me entregó. Le digo que estoy reconstruyendo gastos para una auditoría. La mentira me sale con voz de empresa: limpia, aburrida, imposible de discutir.
—Solo tengo el regreso del viernes —dice al principio.
Le pido que busque por documento de identidad y no por número de proyecto. Oigo el teclado, una impresora y después un silencio demasiado largo.
Encuentra una carpeta de billetes emitidos desde otra cuenta corporativa, la que el estudio utiliza para desplazamientos imprevistos de obra. No aparece en el portal familiar porque Rodrigo limitó la vista al proyecto de Tenerife.
Hay tres tarjetas de embarque asociadas al documento de Rodrigo.
Tenerife–Gran Canaria, jueves por la noche.
Gran Canaria–Tenerife, viernes antes del amanecer.
Tenerife–Gran Canaria, viernes por la tarde.
El último es el vuelo que me enseñó.
—¿Puedes saber si se usaron? —pregunto.
—Figuran como embarcado. Las tres.
La cuenta de gastos conserva además los justificantes automáticos del aparcamiento del aeropuerto.
La matrícula del Aston Martin sale después del primer aterrizaje y vuelve a entrar antes del vuelo de madrugada.
A las dos y trece aparece un cargo de combustible, pagado con la misma tarjeta, en una estación a menos de diez minutos de la villa.
Pido que me envíe los documentos. La gestora titubea.
—Eva, ¿Rodrigo sabe que estás revisando esto?
—Es una empresa de los dos.
No responde a la pregunta. Yo tampoco.
Rodrigo estuvo en Gran Canaria la noche de la fotografía.
No demuestra que entrara en casa.
Hugo sí.
Descargo los justificantes en un dispositivo que no se sincroniza con la casa. Los nombres de los archivos son insignificantes: una secuencia de letras, fechas y códigos. Pienso que la verdad rara vez llega con música. A veces es un PDF de cincuenta y ocho kilobytes y un importe de combustible.
Llamo a Gabriel desde un teléfono de prepago. Le doy la hora del aparcamiento y le pido que revise la copia bruta de la entrada.
—El coche pasó a la una y cuarenta y siete —dice—. Usó apertura interna. Pensé que volvía antes para darte una sorpresa.
—¿Lo viste a él?
—Vi el coche. El reflejo no deja ver bien al conductor, pero nadie más suele llevarlo.
Suele. No es una prueba. Todo lo que rodea a Rodrigo parece conservar siempre un centímetro en el que esconder una explicación.
—¿Y la anulación de propietario?
—La he revisado con el técnico. No fue la limpieza automática. Alguien la ejecutó manualmente con el administrador interno.
—Rodrigo.
—Es su cuenta.
—¿Y por qué no me lo dijiste cuando revisamos el vacío de cámara?
Gabriel tarda en contestar.
—Porque el regreso no coincidía con ese vacío. Porque él era el marido preocupado que te acompañaba a denunciar. Y porque yo ya tenía bastante que explicar.
No intenta parecer mejor. Es una de las pocas cualidades que le quedan.
Cuelgo.
La casa no cambia. La piscina sigue azul. Los escalones continúan flotando sobre la pared que Rodrigo calculó al milímetro. Sin embargo, cada espacio pierde una capa invisible de seguridad.
Recorro la planta alta contando lo que Rodrigo sabe de mí.
Qué cajón abro primero. Dónde dejo el teléfono mientras me ducho.
Cuánto tarda Alma en llamarme si despierta.
Qué palabra utiliza Hugo cuando tiene miedo de decepcionarme.
Rodrigo no necesita espiarnos. Ha aprendido nuestra rutina queriéndonos.
Esa es la parte que me cuesta aceptar. Si todo encaja, el amor no desaparece de las escenas anteriores.
Sigue allí, mezclado con algo que no sé nombrar.
Me preparó infusiones, se quedó despierto cuando Hugo tuvo fiebre, me sostuvo el pelo mientras vomitaba embarazada.
También pudo entrar de madrugada, fotografiarme dormida y volver a Tenerife para interpretar su propio regreso.
Busco explicaciones inocentes. Quería sorprenderme. Comprobó el sensor. Ocultó el regreso por una razón relacionada con la obra. Hugo mezcló dos noches. El aparcamiento se equivocó. Gabriel quiere reducir su culpa.
Las explicaciones se rompen al tocarlas.
No siento el alivio de haber encontrado al culpable.
Siento duelo por un hombre que todavía está vivo en el despacho de abajo.
No llamo a Sofía. Ella recogería a los niños y vendría a por mí sin preguntar, pero también podría enfrentarse a Rodrigo.
No llamo a Santana porque aún no sé explicar qué demuestran los documentos por sí solos.
No confronto a mi marido porque llevo semanas acusando a personas con piezas incompletas y él me ha enseñado, con una paciencia exquisita, cuánto daño puede hacerse así.
Me siento en el borde de la cama. Desde allí veo el ángulo de la primera fotografía. Rodrigo habría tenido que colocarse a menos de un metro de mí. Imagino sus manos ajustando el enfoque. Imagino que contuvo la respiración para no despertarme.
Luego regresó a Tenerife y me llamó desde una terraza.
Cierra bien la puerta del jardín.
No puedo acusarlo con un recuerdo y registros que él puede justificar. Necesito una prueba que no dependa de cámaras, cuentas ni memorias.
Una mentira que solo escuche él.