CAPÍTULO 14 El archivo de Carla
El archivo de Carla
Carla pide quince mil euros por una caja de plástico gris que huele a humedad.
La deja sobre la mesa de su estudio con la solemnidad de quien entrega un órgano para trasplante.
El estudio ocupa la planta baja de una casa antigua en La Laguna.
Tiene los techos altos, las paredes mal pintadas y una ventana por la que entra una luz excelente sin pagar alquiler.
Carla siempre ha tenido talento para conseguir gratis lo que a mí me ha costado una campaña.
—Quince mil —repito.
—No compras una caja. Compras que no la vea nadie más.
—Eso tiene otro nombre.
—Negociación.
Rodrigo está a mi lado, aunque parece llenar también el espacio que queda detrás. Ha venido con vaqueros, camiseta negra y el pelo medio largo recogido en la nuca. La ayudante de Carla ha entrado tres veces a buscar cosas que no necesita. En la última visita llevaba una taza vacía.
Rodrigo no la ha mirado ni una vez.
—Déjanos ver el contenido —dice.
Carla obedece con una rapidez que me irrita. A mí me ha hecho conducir cuarenta minutos antes de enseñarme siquiera la caja. A Rodrigo le basta bajar la voz.
Dentro hay sobres de negativos, tarjetas de memoria, dos discos duros y una docena de cedés rotulados con fechas. También hay hojas de contacto impresas. Mi cara se repite en ellas con veintitrés años, menos cejas y una fe ofensiva en los filtros cálidos.
Carla me fotografiaba cuando ninguna marca sabía pronunciar mi apellido.
Yo ponía la ropa, maquillaba el baño de un bar para cambiarme y fingía que Tenerife era una sucesión de hoteles a los que me invitaban.
Ella ponía la cámara y después decía que algún día yo contaría que habíamos empezado juntas.
No lo conté suficiente.
En una de las hojas de contacto reconozco una sesión que siempre he presentado como el momento en que encontré mi estilo.
Yo aparezco en una azotea, con una chaqueta roja y el océano detrás.
Lo que no se ve es a Carla sujetando un reflector casero hecho con cartón y papel de aluminio mientras le entraba sangre por una rodilla.
Había saltado un muro para conseguir el ángulo.
Yo publiqué la foto con un texto sobre atreverse a mirar más lejos.
No la etiqueté porque entonces las publicaciones con demasiados nombres funcionaban peor.
—Esta te consiguió los primeros diez mil de verdad —dice ella, tocando la imagen.
—Nos los consiguió.
—En el texto no parecía.
Pasa otra hoja. Pruebas de luz, habitaciones prestadas, zapatos que devolvíamos después de limpiar la suela. En muchas fotos hay un trozo de la mano de Carla entrando en el encuadre para colocarme el pelo o esconder una etiqueta. Mi carrera está llena de personas recortadas por los bordes.
—Podías haberme pedido reconocimiento —digo.
—Te lo pedí. Me ofreciste una tarifa.
—Porque era trabajo.
—Para ti. Para mí también era una historia compartida hasta que empezaste a contratar a gente que llevaba acreditación al cuello.
La entiendo. Eso tampoco le da derecho a convertir mi intimidad en una subasta. Las dos cosas pueden ser ciertas y esa es una complicación que las redes nunca toleran bien: necesitan una víctima limpia y una culpable sin factura pendiente.
Eso no le da derecho a venderme.
Pero explica por qué sonríe mientras abre el primer disco.
—Aquí está todo lo anterior a Vértice —dice—. Pruebas, descartes, fiestas, las sesiones de la playa. Incluso las fotos que me pediste borrar.
—Si te pedí que las borrases, ¿por qué existen?
—Porque entonces eras una cría que cambiaba de opinión cada dos días y yo era la única persona que guardaba copias.
—Ahora lo llamas previsión.
—Ahora vale quince mil euros.
En la pantalla aparece la fotografía del pasillo del hotel.
No la que dejaron en mi dormitorio, sino otra tomada segundos antes.
Camino de espaldas hacia una puerta. Llevo el vestido blanco, la melena torcida sobre un hombro y una mano pegada al bolso como si ya supiera que iba a necesitar sujetarme a algo.
Rodrigo se inclina hacia la pantalla.
—¿Es la misma noche?
Mi garganta se cierra.
—Sí.
No pregunta con quién estaba. Aún no. Para él sigue siendo una fotografía vieja convertida en amenaza por alguien que conoce un secreto, no el secreto mismo.
Carla pasa a la siguiente. La puerta de la suite ocupa el centro. El número se distingue al ampliar.
—Esa no la hiciste tú —digo.
—No. Estaba en una carpeta compartida.
—¿Compartida con quién?
—Contigo, conmigo y Sofía. En esa época volcábamos todos los teléfonos en el mismo ordenador.
La foto del baño de la fiesta también está allí. Sofía la tomó. Recuerdo verla protestar porque yo no quería salir: el maquillaje se me había cuarteado junto a la nariz. Carla conservó hasta esa versión. Conservó mis defectos con más disciplina que yo.
Rodrigo saca su teléfono y fotografía los nombres de los archivos, no las imágenes.
—Necesitamos una copia forense antes de mover nada —dice—. Fechas de creación, modificaciones, accesos.
—Ya he hablado con la revista —responde Carla.
—¿Qué revista?
—Isla Press.
El nombre encaja con las exportaciones de Gabriel y, durante un segundo, todo parece ordenarse. Carla tiene las fotografías. Gabriel tiene los movimientos. Una revista tiene dinero y ninguna conciencia. Lo sencillo resulta tan atractivo que desconfío.
—¿Les vendiste algo? —pregunto.
—Les enseñé muestras.
—¿Qué muestras?
—Las suficientes para que hicieran una oferta.
—Eso significa que ya les diste algo.
—Significa que durante años usaste mis fotos como si hubieran aparecido por generación espontánea.
Rodrigo se endereza. No amenaza. No tiene que hacerlo. Con un metro noventa, el silencio le sirve para casi todo.
—¿Quién es la otra persona interesada? —pregunta.
Carla aparta la vista de él.
—Un intermediario. Correo cifrado, nombre falso. Hizo un depósito para demostrar que iba en serio.
—¿Cuánto?
—Quinientos.
—¿Y qué pidió exactamente?
—Todo lo relacionado con el inicio de Eva. Hoteles, campañas, fiestas. Preguntó si conservaba originales sin publicar.
—¿Mencionó a Aurelio Valdés?
Me vuelvo hacia Rodrigo demasiado deprisa.
Él sigue mirando a Carla. Ha pronunciado el nombre que figura en el informe policial y en la historia pública de aquellas campañas: el fundador de la cadena que murió siete meses atrás.
Nada en su cara indica que haya unido el apellido a sí mismo.
Rodrigo usa el de su madre desde que se marchó de casa.
Rodrigo Lago. Aurelio Valdés. Dos hombres que se esforzaron por no parecer familia.
—No —dice Carla—. ¿Por qué iba a mencionarlo?
—Porque financió la campaña —contesta Rodrigo—. Es un vínculo evidente.
Carla me mira. No sabe. O interpreta que mi silencio vale más que su caja.
—El comprador no dio nombres —dice—. Solo fechas.
Rodrigo propone pagarle.
No quince mil. Ocho, a cambio del archivo completo, una declaración de todas las copias y el compromiso de no publicar nada mientras la policía investiga.
Lo hace sin consultar su calculadora, sin disfrutar de su superioridad y sin una sola frase sobre la lealtad familiar.
Carla tarda seis minutos en aceptar diez.
—No —digo.
Los dos me miran.
—Eva —empieza Rodrigo.
—No voy a premiarla por guardar material que le pedí borrar y enseñárselo a una revista.
—No la premiamos. Cerramos una filtración.
—Pagamos un chantaje.
—Compramos tiempo.
—Con nuestro dinero.
La respuesta sale más afilada de lo que pretendo.
Carla se cruza de brazos, encantada de que la discusión haya encontrado un escenario.
—Puedo dejaros solos —dice sin moverse.
Rodrigo recoge las llaves del coche.
—Nos llevamos una relación de archivos y la policía solicitará el contenido. No borres ni vendas nada. Si lo haces después de esta conversación, quedará registrado como destrucción o difusión de una prueba.
Carla pierde un poco de color.
Fuera, Rodrigo camina hasta el Aston Martin sin hablar. Dos estudiantes que esperan en la acera interrumpen su conversación cuando pasa. Una de ellas le sigue con la mirada y luego me reconoce. No sé cuál de las dos cosas le parece más interesante.
—No era una crítica a lo que aportas —digo al subir al coche.
—Has dicho «nuestro dinero» como si yo quisiera regalar el tuyo.
—Puse el sesenta y cinco por ciento de la casa y de casi todo lo que había dentro cuando empezamos.
—Y yo el treinta y cinco.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué lo dices como si nunca hubiera pagado nada.
Mira al frente. Sus manos descansan sobre el volante. Son manos capaces de dibujar un pasillo, montar una cuna y hacer que mi madre confiese una deuda fingiendo que no la interroga.
—No he dicho eso.
—Diseñé esa casa, Eva. Cada línea. Tiré paredes, cambié instalaciones, viví seis meses entre polvo para que tú pudieras trabajar. No es un porcentaje para mí.
—Tampoco para mí.
—Entonces no la conviertas en uno cuando te enfadas.
Tiene razón y odio que la tenga delante de Carla, aunque Carla no pueda oírnos.
—Lo siento.
Rodrigo arranca. Antes de incorporarse, me toma la mano y me besa los nudillos.
—Yo también. Pero pagaría diez mil euros por devolverte una noche de sueño.
—No se puede comprar.
—Déjame intentar comprar al menos el archivo.
No respondo.
En casa, la agente Santana envía a un técnico a recoger una copia de Carla.
El informe preliminar llega esa misma noche: dos de las imágenes usadas para amenazarme conservan rastros de edición compatibles con aquel archivo.
Eso demuestra una procedencia. No demuestra quién las imprimió, quién accedió a la copia ni quién recorrió nuestro dormitorio mientras yo dormía.
Después de acostar a los niños, abro el cajón del vestidor donde guardo las fotografías. La línea de polvo que tracé en la guía sigue intacta. También el cabello que dejé atrapado entre la madera y el marco.
Sin embargo, la imagen del hotel está debajo de la de la piscina.
Yo las dejé al revés.
Hago una foto antes de tocar nada.
Por primera vez, no la subo a ninguna nube.