CAPÍTULO 13 Lo que cuesta una madre
Lo que cuesta una madre
Rodrigo no cuelga.
Tampoco activa el altavoz. No hace falta.
—Ya se ha enterado —dice.
Al otro lado se produce un silencio y después una respuesta que no distingo.
—Mañana hablaremos los tres —continúa—. No voy a enviarte más dinero esta noche.
Mi madre vuelve a decir algo.
—Adela, han amenazado a Hugo. Esto se ha terminado.
Cuelga.
—¿Qué se ha terminado? —pregunto.
Rodrigo deja el teléfono sobre el escalón.
—Tu madre me ha pedido préstamos durante los últimos meses.
—Me pidió dos mil el sábado.
—A mí me pidió cuatro mil el jueves. Y otros dos mil en junio.
—¿Le diste seis mil euros sin decírmelo?
—Le di cuatro. Los dos de esta semana no.
—¿Por qué?
—Porque dijo que eran deudas médicas y que te avergonzaba admitir que no podías ayudarla.
Me río. El sonido no tiene humor.
—Mi madre no se avergüenza de pedir dinero. Se avergüenza de que alguien le diga que no.
—Lo sé ahora.
—Podías habérmelo preguntado.
—Podía. Pensé que protegerte de otro problema era una forma de ayudarte.
—Todo el mundo me protege ocultándome cosas.
Me sale antes de que pueda reconocer su hipocresía. Rodrigo la reconoce por los dos.
—Sí —dice—. Parece que en esta familia tenemos esa costumbre.
No menciona las notas. Eso duele más.
A la mañana siguiente voy al piso de Adela sin avisar. Quiero hablar antes de que pueda preparar cifras, lágrimas o una enfermedad nueva. Cuando aparco, la veo salir del portal con una caja de terciopelo dentro de una bolsa de supermercado.
No me ve.
La sigo.
Conduce hasta una calle comercial de Vecindario y entra en una casa de empeños. Espero treinta segundos antes de cruzar. A través del cristal la veo colocar sobre el mostrador la pulsera de oro que le regalé cuando alcancé mis primeros cien mil seguidores.
El hombre la pesa.
Mi madre discute el precio.
Por supuesto que lo discute.
Entro.
—Esa pulsera se perdió en Lanzarote —digo.
Adela no se sobresalta. Solo cierra la caja.
—La encontré.
—Qué suerte. Justo dentro de tu bolso camino de una casa de empeños.
El hombre del mostrador decide que tiene trabajo en la trastienda.
—No hagas una escena —dice mi madre.
—Estamos solas.
—Tú puedes hacer una escena con público potencial.
Le quito la caja. Adela intenta recuperarla y después recuerda que soy yo quien podría pagar por ella.
—¿Cuánto debes?
—Ya te dije que dos mil.
—A Rodrigo le pediste seis.
—No todo era para mí.
—¿Para quién?
—Una amiga.
—Nombre.
—No la conoces.
—Porque no existe.
Adela se coloca el bolso en el hombro.
—No voy a permitir que me interrogues como a una delincuente.
—Has cogido dinero del estudio.
Por primera vez cambia de expresión.
—Era efectivo sin declarar.
—Era una caja para gastos de producción y estaba contabilizada.
—Pues entonces sabrás cuánto cogí.
—Mil doscientos.
—No fue tanto.
—Hay una cámara.
Es mentira. Adela mira hacia el techo antes de poder impedirlo.
—Pensaba devolverlo.
—¿Con qué?
—Con lo de la pulsera.
—Ibas a empeñar un regalo mío para devolverme dinero que me robaste.
—Dicho así suena peor.
—Es la ventaja de decirlo como ocurrió.
Salimos a la calle. El sol rebota en los coches y convierte el aire en una superficie blanca. Adela camina deprisa, indignada porque sus decisiones la obliguen a sudar.
—¿Son deudas de bingo?
—También hubo unos gastos.
—¿Qué gastos?
—Vivir cuesta dinero, Eva.
—Tienes la casa pagada.
—Y una edad en la que no voy a empezar a contar cada café.
—Entonces empieza por contar los miles.
Admite seis mil quinientos euros. Luego ocho. Cada cifra aparece cuando demuestro conocer la anterior. Intuyo que ninguna es la última.
Con Adela, la verdad siempre ha funcionado por entregas.
Cuando yo tenía doce años, una carta del banco significaba que el casero había cambiado las condiciones.
A los quince, que la luz se había ido por una avería en todo el barrio.
Sofía y yo aprendimos a no preguntar por qué las averías coincidían con final de mes.
Mi madre no inventaba una vida distinta; recortaba de la real cualquier parte que pudiera obligarla a renunciar a algo.
—Enséñame las cuentas —digo.
—No las llevo encima.
—El teléfono sí.
—No voy a darte mis claves en mitad de la calle.
—Acabas de intentar vender una pulsera para pagar una deuda que primero era de dos mil y ahora es de ocho. No estamos discutiendo sobre privacidad.
Adela aprieta el bolso contra el cuerpo. En la cremallera cuelga un llavero que compró en un bingo: una herradura dorada, gastada en las puntas de tanto frotarla. La he visto hacer ese gesto antes de cada petición de dinero, como si la suerte pudiera mejorar la historia que viene después.
—Hay una tarjeta —admite—. Y dos pagos aplazados.
—¿De cuánto?
—No me acuerdo.
—Te acuerdas del precio de cada cartón que compraste anoche.
—No fui anoche.
—No he dicho que fueras.
Mira hacia el coche. Otra verdad involuntaria.
Le pido que abra la aplicación bancaria.
Se niega. Le digo que entonces llamaremos a Rodrigo y le explicaré por qué sus supuestos gastos médicos tienen el logotipo de una sala de juego.
Mi madre no teme decepcionarme; teme perder a la única persona de la familia que todavía le presta dinero sin hacerla suplicar.
—No metas a tu marido en esto —dice—. Bastante tendrá contigo.
—¿Conmigo qué?
—Con tu carácter. Con el trabajo. Con todo lo que cuesta mantenerte tranquila.
La crueldad dura apenas un segundo. Después Adela me toca el brazo, dispuesta a convertirla en preocupación.
—Solo digo que él te cuida mucho.
—Y tú has descubierto que cuidarme es una línea de crédito.
—Rodrigo lo entendió —dice—. Me ayudó sin hacerme sentir una carga.
—Rodrigo creyó que estabas enferma.
—No le mentí exactamente. La presión me sube cuando pierdo.
—Mamá.
—Además, deberías agradecer que se preocupe por tu familia. Un hombre así no se encuentra dos veces.
—¿Qué tiene que ver mi matrimonio con tus deudas?
Adela me mira como si la respuesta fuera obvia.
—Todo. Tu casa, tu empresa, los niños, esa lancha que casi nunca usáis… La gente compra la familia completa. Y Rodrigo es la parte que más les gusta, por mucho que te moleste.
—¿Estás diciendo que debo seguir casada para que tú puedas jugar al bingo?
—Estoy diciendo que nadie sensato abandona a un hombre guapo, trabajador, buen padre y dispuesto a ayudar a su suegra. Si tú no lo valoras, hay una cola de mujeres que sí.
Pienso en Nora dentro de mi vestido. En Sofía a las dos de la madrugada. En la madre del colegio tocándole el brazo.
Mi madre sonríe al ver que ha encontrado la herida.
—No sabes nada de mi matrimonio.
—Sé quién paga cuando llamo.
Su bolso cae al suelo al intentar abrir el coche. Recibos, fichas de bingo, un pintalabios y un manojo de llaves se extienden sobre el asfalto.
Una de las llaves tiene una etiqueta amarilla descolorida.
SERVICIO — VILLA 18.
La recojo antes que ella.
—¿Qué es esto?
—Una llave vieja.
—Tú tienes acceso familiar.
—Esa es de antes.
—Rodrigo pidió que devolviéramos todas cuando cambiaron las cerraduras.
—Se le olvidaría recogerla.
—A Rodrigo no se le olvidan las llaves.
Adela extiende la mano.
—La guardé para emergencias.
—Sin registrar.
—Una emergencia no pide cita.
Recuerdo de qué emergencia habla. Hugo tenía siete meses, fiebre y una tos que me hizo salir hacia urgencias sin cerrar la puerta del patio.
Adela vino detrás con pañales, una manta y el miedo suficiente para parecer una madre distinta.
Rodrigo mandó hacer dos copias provisionales mientras terminaban la reforma: una para ella y otra para Sofía.
Después cambió el cilindro y pidió ambas.
Sofía devolvió la suya dentro de un sobre, con la fecha escrita.
Adela dijo que había perdido la suya en la playa.
—Nos dijiste que no la tenías.
—Dije que no sabía dónde estaba.
—Durante nueve años.
—Al final apareció.
—Y decidiste no contarlo.
—Si os llamo cada vez que encuentro algo, también te molesta.
No existe respuesta correcta dentro de una conversación que mi madre ha diseñado para ser la ofendida.
Me quedo la llave.
Rodrigo la prueba esa tarde en la puerta de servicio. El cilindro mecánico gira. La alarma registra una apertura, pero no identifica a ninguna persona porque la llave no lleva credencial electrónica.
—Esto debía estar anulado —dice.
Por primera vez desde que empezaron las amenazas, su calma parece una ofensa personal contra sí mismo.
—¿Quién más conserva una copia?
—Nadie, según el inventario.
—El inventario también decía que esta no existía.
Rodrigo llama a un cerrajero y permanece junto a la puerta hasta que llega.
Adela se sienta en la terraza bebiendo agua, más preocupada por saber si recuperaré la pulsera que por el hecho de haber conservado una entrada invisible a nuestra casa.
Espero a que Rodrigo y el cerrajero entren en el pasillo de servicio y cierro el cristal antes de bajar la voz.
—¿Le contaste a alguien lo de Aurelio Valdés? —le pregunto.
Frunce el ceño.
—¿El hotelero muerto?
—Sí.
—¿Qué iba a contar?
La confusión parece auténtica. También el interés que aparece después.
—¿Hay algo que deba saber?
—No.
—Entonces no me asustes. Bastante tengo.
—¿Con Hugo amenazado o con la deuda?
—Con todo —responde, pero mira la caja de la pulsera.
Mi teléfono suena mientras el cerrajero desmonta el cilindro.
Es Carla.
—He encontrado más fotografías de las que pensaba —dice sin saludar—. Y hay otra persona interesada.
—¿Quién?
—No da el nombre.
—Entonces no existe.
—Existe su dinero. Si quieres controlar lo que sale de esos años, tendrás que comprarlo antes que ella.
Miro a mi madre, a Rodrigo junto a la puerta abierta y a la antigua llave sobre la mesa.
—¿Cuánto? —pregunto.