Mi vida de instagram CAPÍTULO 10 La otra vida de Nora
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CAPÍTULO 10 La otra vida de Nora

La otra vida de Nora

Nora llega el sábado a las ocho con una bolsa de pan, un zumo para Alma y la expresión de una persona que todavía cree que su peor problema es trabajar demasiado temprano.

Rodrigo ha llevado a Hugo a fútbol. La casa está en silencio. Yo la espero en la cocina con el registro impreso.

—¿Entraste aquí el domingo pasado?

Nora deja la bolsa sobre la encimera.

—No.

Le muestro la línea amarilla.

La respuesta siguiente tarda más.

—Puede que viniera a buscar el cargador.

—Acabas de decir que no.

—No me acordaba.

—Estuviste cuarenta y siete minutos.

—No sabía que hubiera tardado tanto.

—¿A qué hora llegaste?

—Sobre las doce.

—El registro dice once y dieciséis.

—Entonces a las once.

—¿A qué hora te fuiste?

—No sé, Eva. Era domingo.

Utiliza mi nombre en lugar de señora únicamente cuando está asustada o enfadada. Hoy parece las dos cosas.

—Dijiste que estabas con tu madre.

—Fui después.

—¿Dónde estaba el cargador?

—En el estudio.

—¿Subiste?

—No.

La última respuesta llega limpia. La guardo.

—Enséñame tu teléfono.

Nora retrocede un poco.

—¿Qué?

—Las fotografías del domingo. La ubicación. Cualquier cosa que demuestre qué hiciste.

—Es mi teléfono.

—Y esta es mi casa. Alguien está entrando, moviendo fotografías y grabándome mientras duermo.

—Yo no he hecho eso.

—Entonces ayúdame a descartarte.

—¿Y si no quiero que revises mis cosas?

—Tendrás que irte hasta que la policía decida si puede hacerlo.

No es consentimiento. Es una elección colocada contra una pared. Lo sé mientras lo digo y no retiro una palabra.

Nora aprieta el teléfono entre las manos. Finalmente lo desbloquea.

—Solo las fotos de ese día.

—Solo ese día.

Me lo entrega.

La galería del domingo empieza con una fotografía del cielo desde la parada de guaguas. Después hay un café, una captura de una conversación y una imagen de la piscina de nuestra casa tomada a las once y veintinueve.

—El cargador estaba dentro —digo.

—Salí un momento.

Deslizo.

Nora aparece sentada en mi tumbona con mis gafas de sol.

En la siguiente lleva una camisa blanca que reconozco porque una marca me la envió en una talla equivocada y la guardé en el estudio.

Luego posa frente al espejo del gimnasio, con el pelo suelto y una botella vacía en la mano, copiando una fotografía que publiqué en junio.

—Eva…

Sigo deslizando.

Hay imágenes de Nora en la cocina, junto al Aston Martin y en la escalera. En algunas no mira a cámara: ha colocado el teléfono con temporizador para fingir que alguien la sigue durante un día normal.

No está documentando nuestra vida.

Está probándosela.

—Solo eran para mí —dice—. No las he publicado.

—Llevas mi ropa.

—La camisa estaba en una caja de muestras.

—Porque no me servía, no porque se hubiera convertido en vestuario comunitario.

—Lo sé. Fue estúpido.

Una miniatura muestra el dormitorio principal.

Nora intenta coger el teléfono. Lo aparto.

—Dijiste que no subiste.

—No entré… Bueno, sí, pero solo un momento.

Abro la fotografía. Nora está frente al espejo de mi vestidor con un vestido verde que llevé al bautizo de Alma. Detrás se ve la cama, la almohada de Rodrigo y una de sus camisas sobre el respaldo de la silla.

La imagen fue tomada a las once y cuarenta y tres.

—¿Dónde encontraste el vestido?

—En el armario.

—¿Y el cargador?

—No había ningún cargador.

Por fin.

—Entonces ¿a qué viniste?

Nora se cubre la cara.

—Quería hacerme unas fotos aquí sin que nadie me viera.

—¿Por qué?

—Porque es bonito.

—Hay casas bonitas en toda la isla.

—No es la casa.

Baja las manos. Tiene los ojos llenos de lágrimas.

—Es tu vida.

La confesión debería hacerme sentir invadida. Una parte de mí, la parte más fea, se siente halagada.

—¿Qué significa eso?

Nora mira alrededor. La cocina está impecable porque ella la ordenó al llegar. El zumo de Alma espera en el estante correcto. Incluso la escena en la que la interrogo necesita trabajo ajeno para parecer mi vida.

—Que aquí todo encaja —dice—. Los niños tienen habitaciones bonitas.

Tú trabajas desde casa. Rodrigo llega y se acuerda de lo que cada uno necesita.

En casa de mi madre dormíamos tres en un cuarto y nunca sabíamos si el agua caliente duraría.

No quería robarte el vestido. Quería saber cómo se sentía una foto en la que nada de eso existiera.

—Una foto no cambia dónde duermes.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué hiciste cuarenta?

No responde.

—¿Las miras cuando estás en tu casa?

Asiente.

—¿Y finges que eres yo?

—No exactamente.

—¿Quién eres, entonces?

—Una versión mía a la que le han salido bien las cosas.

La respuesta me molesta más que si dijera que quiere ser yo. En sus imágenes no soy una persona. Soy una prueba de que el universo reparte recompensas visibles a quienes posan correctamente.

—Las cosas no me han salido bien porque tenga una piscina.

—Ya lo sé.

—No lo sabes. Llegas después de las reuniones, preparas una merienda y ves el vídeo terminado. No ves a las marcas retrasando pagos ni a Hugo pidiendo que no lo grabe ni a mi marido durmiendo en otra isla por una obra.

Nora baja los ojos.

—Por eso no publiqué nada. Sabía que era una fantasía.

—Entraste en mi dormitorio para fabricarla.

—Sí.

No intenta suavizarlo. La vergüenza le tiembla en la barbilla, pero permanece de pie.

—¿Alguna vez tocaste las fotografías que guardo? ¿Abriste mis cajones? ¿Revisaste el teléfono de Rodrigo?

—No.

—¿Te acostaste en nuestra cama?

—Me senté en el borde para una foto. No me tumbé.

La precisión es tan absurda que casi me río. También es la clase de detalle que dice una persona cuando necesita conservar una frontera moral dentro de algo que ya no la tiene.

Abro sus mensajes. Nora intenta detenerme.

—Eso no estaba acordado.

—Tampoco estaba acordado que te pusieras mi vestido.

Busco mi nombre. Aparecen conversaciones con una amiga. Capturas de mis historias. Comentarios sobre campañas, muebles y viajes. En un mensaje de dos meses atrás, Nora escribe:

No sé cómo puede acostumbrarse. Casa perfecta, niños preciosos y Rodrigo, que es literalmente el hombre perfecto.

Debajo, la amiga responde:

Te estás obsesionando.

Nora contesta con un corazón.

—¿Estás enamorada de mi marido?

—No.

—Todas tardáis lo mismo en responder.

—Me parece guapo. A todo el mundo le parece guapo. Pero jamás ha pasado nada.

—Querías despertarte en nuestra habitación.

—Quería una foto.

—Con mi vestido, mi piscina y la camisa de Rodrigo detrás.

—No sabía que estaba ahí.

La puerta principal se abre.

Rodrigo entra con Hugo y escucha la última frase. Mira el teléfono, a Nora y mi cara. Envía al niño al jardín antes de preguntar.

—¿Qué ocurre?

Le enseño las fotografías y el mensaje. Rodrigo las revisa sin acercarse a Nora.

—Dame las llaves de la casa —dice.

Nora empieza a llorar.

—Yo no hice las otras fotos.

—Las llaves.

La voz de Rodrigo no cambia de volumen. Nora las saca del bolso y las deja sobre la encimera.

—¿Vas a despedirla? —pregunto.

—Hoy no va a trabajar ni a entrar aquí. La policía debe conservar esto y hablar con ella antes de que tomemos una decisión definitiva.

—Se vistió con mi ropa en nuestro dormitorio.

—Lo sé.

—Escribió que eres el hombre perfecto.

—Eso no es un delito. Entrar y mentir sí es una ruptura grave de confianza.

Nora levanta la mirada hacia él. No hay complicidad entre los dos. Rodrigo parece decepcionado, no sorprendido.

—Nunca le he dado motivos —dice, mirándome a mí—. Ni a ella ni a nadie.

Lo sé. La certeza no hace que la fotografía del dormitorio desaparezca.

Rodrigo pide a Nora que se marche y espere la llamada de la policía. Antes de salir, ella se vuelve hacia mí.

—Te admiro —dice—. Sé que ahora suena enfermo, pero no quería quitarte nada.

—Te lo estabas poniendo.

Nora baja la cabeza y se va.

La puerta se cierra y Rodrigo recoge las llaves con un pañuelo. Las deja en una bolsa transparente, escribe la hora y fotografía el lugar donde estaban.

—No puedes seguir protegiéndola —digo.

—No la protejo. Protejo lo que podamos demostrar.

—Ha entrado en nuestra habitación, ha mentido y se ha vestido con mi ropa.

—Sí.

—¿Qué más necesitas para despedirla?

—Que decidamos cuando no acabes de descubrirlo.

—¿Por qué te importa tanto que espere?

Rodrigo deja el teléfono.

—Porque cuida de nuestros hijos desde hace ocho meses. Porque Alma la quiere. Porque una conducta grave no demuestra todas las demás. Y porque si la echas hoy, mañana pensarás que con eso has resuelto quién puso cada fotografía.

—Quizá lo haya resuelto.

—Entonces seguirá resuelto después de que hable la policía.

Su ecuanimidad me enfurece. Una parte de mí esperaba que el mensaje sobre el hombre perfecto lo ofendiera, que reaccionara con una dureza que confirmara que no había disfrutado nunca de esa admiración.

—¿Nunca notaste cómo te miraba?

—Claro que lo noté.

La sinceridad me golpea.

—¿Y no dijiste nada?

—Notar no es invitar. Me aseguré de no estar a solas con ella cuando podía evitarlo y de que las instrucciones sobre los niños estuvieran en el grupo familiar. Pensé que era una admiración incómoda, no que entraba aquí en sus días libres.

—Podías habérmelo contado.

—Y tú habrías despedido a una buena niñera por mirar a tu marido dos segundos de más.

No puedo negarlo con suficiente rapidez.

Amplío una vez más la fotografía del vestidor. En el espejo se refleja el rincón de la cama desde el que alguien me fotografió dormida.

Nora asegura que solo estuvo allí aquel domingo.

La fecha de la primera fotografía no puede demostrar que miente.