CAPÍTULO 9 Tendencia
Tendencia
Riesgo reputacional es una expresión diseñada para que una empresa pueda llamarte problema sin perder la cortesía.
La directora de Casa Serena la pronuncia tres veces durante una reunión de diecinueve minutos.
A su lado hay una mujer del departamento jurídico que no se presenta y un hombre de comunicación que mantiene la cámara apagada.
Yo estoy en el estudio donde cayó la fotografía.
He cambiado el libro, la bandeja y la vela, pero sigo viendo el rectángulo blanco sobre la mesa.
—No estamos cancelando la colaboración —dice la directora—. Proponemos una pausa preventiva mientras evaluamos el riesgo reputacional.
Tres.
—Mis cifras han subido —respondo.
Comparto la pantalla antes de que nadie me lo pida. Reproducciones, alcance, seguidores nuevos. Las columnas verdes ocupan el monitor como un electrocardiograma de alguien que disfruta demasiado del desastre.
—No dudamos de tu capacidad de generar atención —dice la mujer de jurídico.
Atención. No confianza.
—El vídeo con Rodrigo tiene una respuesta positiva del noventa y dos por ciento.
—Precisamente —contesta la directora—. La conversación se está alejando del producto.
—La conversación de internet siempre se aleja del producto. Por eso existen los contratos.
El hombre sin cámara activa el micrófono para suspirar y vuelve a apagarlo.
La campaña queda pausada. Nadie dice cuánto durará la pausa ni qué parte van a pagar. Cuando termina la reunión, abro las estadísticas del vídeo conjunto.
Antes de que carguen, entra un correo de la agencia de representación.
Asunto: PREGUNTAS DE CLIENTES . Hay seis nombres debajo.
Una marca infantil quiere confirmar que no existe riesgo para los menores.
Una empresa de seguridad doméstica considera que la conversación «podría ofrecer una oportunidad», frase que convierte a la persona que me fotografía dormida en una posible campaña.
Dos clientes prefieren esperar. Otro pregunta si Rodrigo participaría en el contenido de respuesta.
Abro la hoja de ingresos del trimestre. Casa Serena representa casi una quinta parte.
Si la pausa se convierte en cancelación, puedo pagar nóminas, hipoteca y proveedores.
También puedo seguir fingiendo que no me preocupa durante unos meses.
El dinero no desaparece de inmediato; primero pierde la forma estable que permite dormir.
Redacto tres respuestas. En la primera suplico sin utilizar la palabra. En la segunda me indigno. En la tercera digo que mi familia está colaborando con la policía y que cualquier decisión comercial deberá respetar el contrato.
Envío la tercera.
Después vuelvo a las estadísticas porque un número público resulta más fácil de mirar que una cuenta privada.
Actualizo.
Hay nueve mil seguidores nuevos desde anoche.
Actualizo otra vez.
La curva sube. El contrato desaparece. Mi cerebro no sabe cuál de las dos cosas debe interpretar como verdad, así que elige el número que cambia cada pocos segundos.
—¿Cómo ha ido? —pregunta Rodrigo desde la puerta.
—Fantástico. Soy demasiado interesante para vender ambientadores.
Entra con una carpeta bajo el brazo. Lleva traje sin corbata porque debía reunirse con los propietarios de un complejo turístico a las once.
—¿Han pausado?
—Preventivamente. Mi reputación podría contagiar al cedro.
Mira el teléfono en mi mano.
—Nos esperan a las diez y media.
—Pensé que iría sola.
—He cancelado la reunión.
—Rodrigo, ese proyecto…
—Puede esperar dos horas.
—Lleváis meses detrás.
—Alguien ha fotografiado a mi mujer dormida y ha entrado en la habitación de mi hija. El señor que quiere discutir el color de doscientas dieciséis terrazas puede sobrevivir hasta mediodía.
Dice mi mujer sin posesión, mi hija sin espectáculo. Cierra el portátil y me entrega la carpeta con las copias ordenadas.
—No tienes que hacerlo —digo.
—Sí tengo.
—No me refiero a venir. Me refiero a ser perfecto todo el tiempo.
Rodrigo se mira la chaqueta.
—Llevo dos calcetines distintos.
Miro. Los dos son negros.
—Son iguales.
—Uno es azul marino. Nuestro matrimonio todavía conserva zonas de misterio.
En dependencias policiales nos atiende una agente llamada Santana. Tiene mi edad, el pelo recogido y la costumbre de dejar tres segundos de silencio después de cada respuesta. No es un silencio como el de Sofía. Este está entrenado para que una persona lo rellene con lo que pretendía ocultar.
Le entregamos la fotografía de mí dormida, la imagen del hotel, la que cayó durante el directo, el vídeo completo y la grabación del comentario anónimo. Rodrigo explica los accesos técnicos. Yo explico los hallazgos.
—¿Las fotografías estaban acompañadas por algún mensaje? —pregunta Santana.
El despacho se queda sin aire.
Rodrigo no gira la cabeza. Mira a la agente.
—No que pueda entregar —respondo.
La precisión me avergüenza incluso antes de terminar.
Santana apoya el bolígrafo.
—¿Eso significa que hubo un mensaje que ya no conserva?
—Significa que he recibido comentarios anónimos y no todos siguen disponibles.
No es mentira. Solo coloco una verdad delante de otra para taparla.
—Necesitaremos cualquier original —dice—. Fotografías, sobres, notas, dispositivos. No los manipule más y no descarte algo porque le parezca vergonzoso o irrelevante.
Pide hablar conmigo a solas. Rodrigo se levanta sin protestar y espera en el pasillo, visible a través de una franja de cristal. Sentado, con las rodillas demasiado altas para la silla de plástico, parece fuera de lugar incluso en una comisaría.
Santana espera a que se cierre la puerta.
—¿Se siente segura en su casa?
—No desde que apareció la fotografía.
—Le pregunto también por las personas que viven allí.
Miro a Rodrigo al otro lado del cristal. Está escribiendo a alguien, probablemente al colegio o a Nora. Levanta la vista justo cuando lo observo.
—Con mi marido, sí.
—¿Controla sus contraseñas, sus ingresos o sus desplazamientos?
—Diseñó el sistema de la casa. Eso no significa que me controle.
—No he dicho que lo signifique.
—Rodrigo no me haría daño.
La seguridad de mi respuesta parece agradarme más a mí que a ella.
Santana pregunta si ha habido amenazas durante discusiones, si alguna vez me ha impedido salir, si temo cómo reaccionaría al contenido de los mensajes que no he entregado. Digo que no a todo. En la última respuesta tardo un poco más.
—¿La persona que escribió esos mensajes conoce algo que su marido no sabe? —pregunta.
—No lo sé.
Esta vez sí miento.
Cuando Rodrigo vuelve a entrar, Santana no comparte mis respuestas. Él tampoco pregunta qué me ha dicho. La corrección con la que ambos respetan el procedimiento me hace sentir protegida y, al mismo tiempo, observada desde un lugar al que no tengo acceso.
La palabra vergonzoso no llega por casualidad. La agente me ha visto esconderme dentro de una frase.
Rodrigo entrega voluntariamente sus horarios, las matrículas, los permisos de propietario y los datos de su estudio. Añade los de Bruma, aunque nadie ha mencionado la lancha.
—Cualquier forma de entrar o salir de la propiedad —explica.
Santana lo observa con una atención distinta a la mía. No es deseo. Es la concentración profesional que provoca un hombre alto, sereno y preparado que responde antes de que haya que insistir.
—¿Usted sospecha de alguien? —le pregunta.
—Sospecho de cualquier persona que haya podido acercarse a mi familia.
—Le he preguntado por alguien concreto.
Rodrigo mira hacia mí.
—Mi esposa cree que su hermana puede saber más de lo que cuenta. Yo no tengo pruebas para acusarla.
Podría haber dicho Gabriel. Podría haber dicho Nora. Podría haber utilizado la discusión del estudio. No lo hace.
Cuando salimos, me entrega el teléfono sin comentar mi respuesta sobre los mensajes.
—Puedes preguntarme —digo.
—Cuando quieras contármelo, lo harás.
—¿Y si nunca quiero?
—Entonces tendremos otro problema. Hoy ya tenemos suficientes.
Debe recoger a los niños porque la declaración se alarga. Yo permanezco en el coche, respondiendo mensajes mientras él cruza la entrada del colegio. Varias madres lo ven. Las conversaciones se reducen al mismo tiempo, como si alguien hubiera bajado el volumen.
Una mujer con ropa deportiva se acerca y toca el antebrazo de Rodrigo. Habla demasiado cerca. Él escucha, da un paso atrás y señala el coche. Ella me descubre detrás del cristal y saluda con una alegría que no llega a los ojos.
Otra madre murmura algo a su acompañante. Las dos miran primero a Rodrigo y después a mí. Durante años esa secuencia me produjo orgullo: él entra, las mujeres reaccionan, yo soy la persona a la que regresa. Hoy siento que estoy viendo una campaña repetida hasta que el producto deja de parecer real.
—¿Qué quería? —pregunto cuando suben Hugo y Alma.
—Ofrecerse a traer comida si la necesitamos.
—¿Con la mano?
—Es posible que la comida pesara mucho.
Hugo pone los ojos en blanco. Alma pregunta si hoy cenamos con la señora. Rodrigo arranca sin mirar atrás.
Por la tarde, Santana solicita una exportación del registro de cerraduras. Rodrigo la genera delante de mí. Filtramos accesos de los últimos dos meses: familia, mantenimiento, empleados, aperturas manuales.
Un evento aparece marcado en amarillo.
DOMINGO, 11:16 — NORA SALAS — ACCESO DE EMPLEADO.
Fue el domingo anterior a la primera fotografía. Su día libre.
A esa hora nosotros estábamos en Pasito Blanco, a bordo de Bruma .
Nora nos había dicho que pasaría el día en casa de su madre.